Bendito trabajo

EVARISTO FERNÁNDEZ DE VEGA

Por fin un día de trabajo! Ya sé que suena un poco raro, pero es que las Navidades de este año están engulléndome sin piedad. A estas alturas debo valer el doble que el pasado 23 de diciembre, y no exagero ni un solo gramo, a no ser que mi madre se equivocara cuando me animaba de pequeño a devorar cuanto se cruzaba a mi paso: «¿Tú come, muchacho, que lo que se come es lo que se vale!».

Desde el primer día del año no paro de mirarme al espejo para convencerme de que aún estoy muy lejos de ese gordinflón con espíritu agnóstico que retrataba el genio de Larrey en la viñeta que clausuró el 2005.

Es triste reconocerlo, pero a estas alturas del año tengo ciertas dificultades para abrocharme el botón de los pantalones. No es la primera vez que me pasa, pero anoche me dijeron que comenzaba a lucir barriga de embarazado, lo que nunca.

Puede que tengan razón, pero me consuela pensar que no he comido más que las tres veces reglamentarias: una al levantarme, otra al mediodía y la tercera por la noche.

Aunque tampoco es cuestión de engañarse: si no he merendado es porque la comida casi se ha juntado con la cena, la cena con el desayuno, el desayuno con la comida Es lo que tiene pasar la Nochebuena con los suegros, la Navidad con los padres, el 26 con la familia materna, el 28 con los amigos de Badajoz, el 29 con los compañeros de la prensa, el 30 con los amigos de Almendralejo, la Nochevieja de nuevo con los padres, y el Año Nuevo con los suegros, por eso de compensar.

Por fortuna, y sin que sirva de precedente, desde ayer no tengo más remedio que pasar las sobremesas en la redacción del periódico. Sé que no es perfecto, pero al menos estaré alejado del jamón y los polvorones durante unas horas. Y de la máquina de los aperitivos no quiero ni oír hablar. Me da náuseas.

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