Alcibíades en Iberia
Francisco J. Vaz Leal
Miércoles, 3 de diciembre 2025, 01:00
Aunque no disponemos de imágenes fidedignas, sabemos que Alcibíades era hermoso y de proporciones ajustadas a los cánones helénicos. Con una extraña habilidad para ubicarse ... en cualquier escenario, poseía un magnetismo personal que despertaba en sus conciudadanos fascinación e inquina al cincuenta por ciento. Tuvo buenos maestros (Pericles y Sócrates, sin ir más lejos) y desde muy joven supo utilizar en su provecho la habilidad para engatusar a los demás y para cambiar de bando cuando las cosas se torcían. Cuentan que, buscando salvar el pellejo, desertó las filas atenienses y se alineó con sus enemigos espartanos, para aliarse con los persas tras salir por pies de Esparta y regresar finalmente a Atenas, donde brillaría durante tres años, antes de ser asesinado (seguramente por encargo de espartanos y persas que no le perdonaban las intrigas del pasado, la afición por las alianzas de conveniencia y/o los amoríos importunos).
Con la historia de Alcibíades, la Antigüedad Clásica nos regala un ejemplo redondo de resiliencia política, al mostrarnos a un personaje capaz de reinventarse y adaptarse a cualquier entorno para persistir, como las cucarachas. Si algo destaca en él es su resistencia de manual, su pragmatismo y su capacidad de acomodar los principios a los intereses del momento.
Aunque no consta que el bello general griego se dejase caer por Iberia, tiene numerosos herederos en la España de hoy, afectados por lo que podríamos denominar el 'síndrome de Alcibíades', una dolencia caracterizada por el uso insidioso de la seducción, por la maleabilidad ideológica y la metamorfosis táctica, en un proceso de reinvención permanente. Compromisos y lealtades no cuentan; lo que vale es pervivir, aun a costa de dejar la coherencia y la dignidad olvidadas sobre la mesa en la que se ha negociado con los atenienses, los espartanos o los persas de turno.
Inmerso en mi segunda inocencia, viajé anoche con el pensamiento a Armórica y le pregunté al druida Panorámix si podía elaborar una poción mágica capaz de curar el síndrome de Alcibíades. «No es difícil», me respondió; «el ingrediente básico es la inteligencia, aderezada con humildad, sensatez y sobriedad (tres formas sutiles de sabiduría), para dar cuerpo a un brebaje que debe contener también solidez ideológica, concordancia entre ideas y conductas, autocrítica, desapego a la poltrona, disposición a aparecer en la foto en segundo plano, oratoria cortés y respeto por el que no piensa como tú, que ni es enemigo ni es tonto por ello... Y, como en toda poción mágica, existe un componente secreto difícil de encontrar, ni siquiera buscando en Internet durante el Black Friday o el Ciber Monday, cuando todo está a la venta».
Un ingrediente que no puedo desvelar, ya que le prometí al bueno de Panorámix mantener la reserva.
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