Manosear los Ceres

ÁNGEL ORTIZ

El día 6 de septiembre de 2012, un editorial de HOY celebraba los resultados del primer Festival de Mérida dirigido por Jesús Cimarro, el de la 58 edición. Se titulaba 'Los éxitos de una buena gestión' y valoraba especialmente cómo se había logrado conciliar cultura y rentabilidad, después de años de pérdidas económicas, merma de espectadores y varios gestores demasiado laxos con el control de las cuentas. También defendía el papel de los Premios Ceres y que se invirtiera recursos en una gala de esas características. Yo mismo, tres días después, en una carta dominical como esta, elogiaba la apuesta del presidente, José Antonio Monago, por un modelo -entrega de los Ceres incluida, apostillaba- que en años siguientes ha ganado solvencia y aplausos, lejos de empobrecerse o decaer. Recuerdo todo lo anterior para que al menos nadie me tache de oportunista. Hace ya tres años, un servidor se mostró partidario del 'modelo Cimarro'. Con todo lo que ello implica. Los Ceres, por ejemplo. Mi perspectiva es la del observador que comprueba cómo algo roto se ha ido recomponiendo, gusta a la gente y recupera el pulso. Hoy por hoy, la cita artística más valiosa de la región cuelga carteles de no hay billetes. Y si algo crea y alimenta fuera de nuestras fronteras eso que pudiésemos llamar marca Extremadura es este programa teatral, su marco arquitectónico y el mensaje que proyecta de Extremadura y los extremeños. ¿Entonces cuál es el problema con los Ceres? Primero, que Cimarro no fue capaz de explicar claramente, desde el primer instante, qué papel juegan estos galardones y su entrega. Segundo, que llegaron en un momento en el que la Junta que los promovía al mismo tiempo reducía las plantillas de maestros, subía impuestos, suspendía ayudas, cerraba puntos de atención continuada... El contraste daba tanta dentera que todavía no ha sido posible quitarle a la diosa Ceres el apodo de derrochona. Faltó sentido común. Como el que le ha faltado, por cierto, al incauto o incauta que ha invitado a la última representación de este año, y en sitio vip, a Iván Redondo. O sea, al símbolo de las mayores desgracias padecidas por el PSOE regional. Y no solo por el PSOE. Cada uno es muy libre de segregar adrenalina como le parece. Los hay que corren encierros, que doman orcas, caimanes, juguetean con cobras reales... Y luego está quien invitó a Redondo. ¿O me equivoco? Tercero, y fundamental, que el anterior Ejecutivo se abonó a la cartelería, el logotipo, el eslogan y el faranduleo. Había cosas serias que el Gobex presentaba como si en cualquier momento fuesen a aparecer los Milli Vanilli. No es de extrañar, por tanto, que las críticas supuren en cuanto se enciende un foco de esos que se mueven solos. ¡Pero es que en los Ceres los focos son fundamentales!

Habría que corregir todo lo corregible -el presentador para empezar- sin olvidar, no obstante, que manosear este modelo es arriesgarlo cuando está funcionando bastante bien. Por lo demás, yo no me pondría exquisito con la financiación privada. Ni entiendo además que sea el PSOE, precisamente, quien se empeñe en la esponsorización de este acto por parte de un banco o una eléctrica. ¿Aplicamos el mismo criterio a otras iniciativas dudosamente productivas en el corto plazo, como la televisión pública, el deporte, los museos, las fundaciones? ¿Patrocinamos el Premio Felipe Trigo y su acto de entrega? ¡No es lo mismo! ¿Seguro? ¿Se lo preguntamos a José Sacristán? Resines ya opinó sin necesidad de preguntárselo. Se trata de apostar o no por un modelo de festival, en este caso público y privado, de calidad, fiel a su espíritu y que no abra agujero tras agujero como antes. Si fue un error imponer por las bravas unos Ceres de 600.000 euros en mitad de una tormenta de recortes, también lo es sostener que con otros de 400.000, como los del pasado jueves, pagamos no sé cuantas rentas básicas.