A qué votamos

Una de las características de las épocas convulsas o queincuban algo, pienso, es el estrechamiento delas distancias y la similitud de solucionesentre los resentidos y los violentos.Por el escrache se empieza

FELIPE SÁNCHEZ GAHETEMédico y escritor

Alguien dijo que votar es un préstamo que el político nos tiene, nos debe devolver con intereses. El sociólogo Amando de Miguel me aclaró en dos folios –a un presidente le enseñaron economía en una tarde– cómo y por qué nos movemos las personas, fue en su artículo 'El resentimiento'.

El resentimiento es una carcoma que nos mueve a sentir hostilidad y a culpar a otros de algo que, así lo percibimos, nos tiene condenados a ocupar un sitio inmerecido para nuestra valía. Sentir así nos genera rencor e infelicidad.

Es como si el adolescente que presenta un trastorno dismórfico corporal le echara la culpa de su problema a todos los guapos y esbeltos. En el trastorno dismórfico nos atormentan los defectos percibidos en nuestra apariencia, aunque para los demás pasen desapercibidos. Nos obsesiona la imagen corporal hasta tal punto que nos angustia y nos interfiere la vida.

Mientras estos adolescentes intentan arreglar la anomalía que perciben, o no, el resentido es incapaz de someter su resentimiento y, como no reconoce su problema, hablarle de ello no le abre la puerta a una especie de terapia cognitivo conductual, sino echar sal en la herida.

Aclara Amando De Miguel que el punto de partida es «el problema insoluble que define y aflige a todas las sociedades humanas… no sólo, ni fundamentalmente, en el orden político», la desigualdad y, la peor, la del malestar que genera el éxito ajeno.

Salvo el sentido común, que debe estar muy bien repartido porque cada uno se siente satisfecho con el que le ha tocado, «el reparto es poco equitativo».

Ante esta «injusticia», «caben dos caminos opuestos… uno es la evasión, el extrañamiento y la automarginación… estaría aquí el trapense y el bohemio. El otro camino, mucho más transitado, la 'instalación'».

La mayoría nos instalamos, pero cada uno a nuestro modo. Para él, hay cuatro respuestas a lo que nos desazona: la integración, la emulación, la violencia y el resentimiento.

La integración supone su aceptación pasiva. Puede ir desde la más radical, considerando las desigualdades inevitables, como hacen los resignados, o innatas, como las aceptarían los fatalistas.

Otros, racionalizamos la situación, pensando que no son tantas y que se corregirán con el progreso.

Algunos, más activos, emulamos, «… es la disposición a reducir las desigualdades esmerándose cada uno por mejorar… representa una respuesta voluntarista, creadora». Desgraciadamente son los menos, sean empresarios o profesionales en general, artistas y deportistas –piensen, por ejemplo, en los toreros, no tanto en los futbolistas–. A veces, se pueden incluir aquí hasta políticos.

Otros, variante radical del activismo, se instalan en la violencia, a veces sólo verbal o gestual, a veces, física. Estarían incluidos aquí delincuentes, terroristas o «de manera más amplia y mitigada, los que desean cambios revolucionarios».

Pero, para este sociólogo, la forma más frecuente de instalarnos en la sociedad es el resentimiento y así como el éxito del prójimo le produce admiración al integrado y al emulador lo estimula, al resentido le produce envidia. Los resentidos rechazarían la desigualdad, pero, si no reaccionan violentamente, «se tragan el resultado».

Una de las características de las épocas convulsas o que incuban algo, pienso, es el estrechamiento de las distancias y la similitud de soluciones entre los resentidos y los violentos. Por el escrache se empieza.

Toda simplificación puede ser, si no errónea, injusta, por lo debemos entender su clasificación como un intento de entender conductas, no juzgarlas.

«No se vea un juicio moral sobre cuál de las cuatro salidas es mejor o peor. Con la exclusión de la extrema violencia física, todas son humanamente aceptables… Por ejemplo, a salvo de otras circunstancias, los niños suelen ser violentos… no tienen fuerza para agredir, pero lloran… El proceso educativo consiste en el intento de transformar la violencia cardinal en emulación… los jóvenes terminan como resentidos si no les integra el trabajo o el matrimonio. O pueden extremar la violencia… los jubilados constituyen la gran masa integrada»>. ¡En 1996, cuando lo escribió Amando, no se intuían los 15-M ni la revolución de los yayoflautas!

Identifica a los liberales, de ideología o de profesión, con la emulación, con la ética del logro individual. A lo que él llama izquierda moderada, con el resentimiento, e incluye aquí a los jóvenes mal instalados. La violencia acogería a los terroristas, activistas radicales, delincuentes, etc.

No todo es malo, dice, si entendemos «el resentimiento como la sublimación de la violencia… es un prodigio de civilización». Lo peor, ya digo, es si se acortan distancias y se acercan posturas.

Los programas no están para cumplirse, Tierno, pero, si sabemos separar el grano de la paja, nos dicen si están hechos desde la emulación o desde el rencor, incluso desde la violencia.

Al votante, desde su instalación, corresponde identificarse con el que más le guste. Después, no vale quejarse.