Podemos ante Europa

La economía es vista por Pablo Iglesias como un juego de suma cero, donde lo que unos ganan, otros pierden. Ni se le ocurre pensar que un crecimiento pueda favorecer a todos

ANTONIO ELORZA

Pablo Iglesias está desarrollando su intensa campaña electoral con gran habilidad, lo cual no supone que lo haga con gran claridad. Más bien, como ocurriera en los debates ante las elecciones generales, su discurso organiza los distintos temas cual si estuviera montando un baile de máscaras: como Iglesias es conocido por su radicalismo, las garras quedan bien escondidas en un guante de terciopelo, predicando buen sentido y concordia a los demás; como es sabido su propósito de cambiar «el régimen del 78», y con él su Constitución, convierte ésta en un recetario de buenas políticas, y como ha repetido una y mil veces que el problema catalán solo se resuelve a corto plazo con la autodeterminación –«consulta pactada», optando él por un sí a España, y su portavoz allí es abiertamente independentista–, nueva ración de expresiones vacías, sin aclarar qué política catalana cabe diseñar a partir de esa doblez. Lo curioso es que ha logrado pasar indemne por delante de todos, cronistas y observadores, como si ese zigzag no existiera.

Ante las inminentes elecciones europeas, está sucediendo lo mismo. Aquí la tarea de encubrimiento es más sencilla, por coincidir las europeas con las municipales y de varias comunidades. El tema es espinoso para Podemos, ya que quiere formar parte de un gobierno de coalición presidido por Sánchez, y no va a repetir la oferta provocadora del pasado donde Iglesias exigía a Sánchez los ministerios claves –Interior, Economía, 'Plurinacionalidad', etc.–, evocando la primera fase de ocupación comunista del poder en las democracias populares de 1945-1948. Pablo Iglesias es, mejor ha sido, profesor de Ciencia Política y en función de ello cita siempre a Maquiavelo, pero su lectura mutila su alcance teórico, porque son borradas la vida institucional y los intereses sociales, esa complejidad de la relación entre sociedad y Estado que sí existía en los 'Discursos sobre la primera década de Tito Livio' del florentino. Todo es lucha descarnada por el vértice del poder, y esto no es Maquiavelo, ni siquiera de 'El Príncipe' reducido a esquema, sino maquiavelismo tipo 'Juego de tronos', ejecutado por paranoicos del mando. Los dislates de Pablo Iglesias en 1915-1916 responden a esa visión deformante.

Ahora le conviene no repetir errores de forma: si la cuestión europea se sitúa en primer plano, sería difícil justificar cohabitación con el PSOE. En cualquier caso, esa atención asimétrica no determina incompatiblidad. Iglesias nos presenta un mundo económico y social partido en dos, ricos explotadores y pobres –«la gente»– que solo estalla el 15-M y a partir de entonces encuentra su guía en Podemos. Como el propio Iglesias explicaba ante el Forum Economía en 2014, unos viven en hoteles para privilegiados, o en mansiones de lujo, cabría añadir, y otros sobreviven con sueldos de miseria. La economía es vista así como un juego de suma cero, donde lo que unos ganan, otros pierden. Ni se le ocurre a Iglesias pensar que un crecimiento pueda favorecer a todos. Es Marx reducido a «pobres contra ricos».

Por eso tampoco se le ocurre pensar que sobre Europa pueda incidir algo como la globalización. Eso le obligaría a pensar en el problema de fondo de la economía europea, más allá de reducirlo todo al tópico de los poderes financieros contra los pueblos. La Europa de Iglesias vive suspendida en el espacio, y si bien es cierta en su interior la hegemonía del capital financiero, lo que documentara 'Inside Job', su existencia se transforma en su caricatura, con todos los políticos puestos en pie de igualdad al convertirse, según el programa de Podemos para las elecciones del día 26, en marionetas neoliberales (Merkel, Macron, Rajoy, el PSOE de Zapatero a Sánchez y Borrell). El PP y el PSOE vendrían a significar lo mismo en política económica. Fino análisis. La crisis de 2008 no habría sido un gravísimo problema para Europa, sino una ocasión para materializar el odio de los de arriba: nada menos que «detuvieron voluntariamente el progreso y bienestar de nuestros pueblos y nos han hecho perder (sic) toda una década». Y como Iglesias funciona encadenando falsas evidencias no hay manera de discutir su visión, perfectamente desechable, dirigida a movilizar el malestar social.

La posición de Europa en el mundo de hoy no le preocupa: tendría que pensar en otros términos, que destrozarían su diagnóstico maniqueo, dado el deterioro de la posición europea en el mercado mundial. Además recomienda como objetivo primordial «la buena vecindad con Putin», algo sorprendente, como en tiempos lo fuera su vínculo con Ahmadineyad. Ve en la UE una trama opresora al servicio del neoliberalismo, ¿y qué representa el militarismo agresivo de Vladimir Putin ? Acaba de suceder la crisis austriaca, y todos conocen la presión intervencionista, disgregadora, de Putin sobre la Unión Europea, enlazando cada vez más con su capital financiero, cosa que nuestro tribuno no quiere ni ver. Iglesias debiera disipar la sombra provocada por ese acercamiento a regímenes como el ruso, ricos en experiencias de Servicios Secretos y de contaminación de espacios democráticos. Su propuesta de organizar una reunión entre europeos y Rusia «para un desarrollo social y económico común», le viene como anillo al dedo a Putin, quien al modo de Iglesias habla de normalizar relaciones económicas y políticas con Europa, mientras se centra en el previsible enfrentamiento con Trump.

Así que toma la vestimenta del arbitrista y propone medidas y cambios internos en la UE de acercamiento a la democracia directa, sin curiosamente proceder antes a algo muy necesario: la crítica rigurosa de la burocracia europea, premisa para las necesarias reformas. Como repiten sus seguidores, «hay que darle la vuelta a Europa». ¿Qué puede hacer el europeísta Sánchez con semejante socio en el gobierno?