Los pilares de Franco

Si miramos su imagen, vestido de militar y sacando el cuello de la camisa azul por encima de la guerra, atusado por la gorra roja de requetés, y bajo palio, contemplamos una estampa grotesta, pero absolutamente reveladora, de quien manejó a su gusto el Ejército, la Iglesia y la Falange

FELICIANO CORREAEscritor

Organizado por la Fundación CB asistí hace un tiempo a la presentación de la excelente obra de Enrique Moradiello 'Franco. Anatomía de un Dictador'. En el coloquio intervine, pero no pude desarrollar mi percepción de lo que Moradiello denominó 'Los pilares de Franco'. Mi tesis variaba algo de la propuesta del autor, pues yo sustentaba que el general Franco no se apoyó en esas tres instituciones, sino que utilizó al Ejército, a la Iglesia y a la Falange perversamente.

En una entrevista que mantuve con Pedro Sáinz Rodríguez, publicada en la REEx, me contó que Franco se negó tres veces, como Pedro, a aceptar el mandato que otros militares le ofrecían; pero, agrega Sáinz, una vez que lo tuvo creyó que debía permanecer en ese a costa de usar a su favor lo que fuera. Ahondemos en ello. El primer pilar manejado fue el Ejército, claro que había militares liberales, pero Franco odiaba al liberalismo, y se había posicionado, difusamente, en lo que José Pemartín llamó en su libro 'Lo Nuevo', que no era otra cosa que la corriente fascista en boga en Europa.

Oswald Spengler publicó 'La decadencia de Occidente', prologada por Ortega, cuestionando el sistema liberal-capitalista. Desde aquella intelectualidad se apostaba por una tercera vía entre el liberalismo y el comunismo: el fascismo. En esa 'novedad' se enrolaron pensadores como Martín Heidegger, Harold Laski, Gabriele D´anunzzio, Filippo Marinetti, Charles Maurras, George Sorel… Franco leía poco, pero se sumó a esta corriente de una manera grosera e indefinida. No estaba en las sutilezas ideológicas, de tal modo que hay que leer a Stanley Payne en 'Falange, historia del fascismo español' para mejor entender.

De la Iglesia también se valió con santo desparpajo. Recibió las alabanzas obispales, convencido de que tenía la misión de defender la fe católica frente al comunismo y los masones. Consintió la jerarquía que las enseñanzas en sus centros educativos fomentasen el nacionalcatolicismo. Con su poder absoluto nombró a Fray Justo Pérez de Urbel primer abad del Valle de los Caídos, pero cuando este benedictino se posicionó al lado de los tecnócratas, lo quitó, sustituyéndolo por Luis María Logencio, combatiente en el bando nacional. El abad Escarré, desde Montserrat lo criticaba, y acabó exiliado en Italia. Cuando el obispo Antonio Añoveros publicó pastorales denunciando las calamidades sociales, lo confinó en su casa bilbaina, mientras un avión le esperaba en el aeropuerto para deportarlo.

Claro que por el miedo de Franco al más allá y el temor a la excomunión, mandó desistir al presidente Arias. Para ese momento el obispo Tarancón ya había despertado al clero de la modorra subvencionada. Todavía la inercia dominante hizo que algunos quisieran prorrogar el 'franquismo sin Franco', y tenían en Cuenca dispuesto al obispo Guerra Campo, defensor del régimen que votó contra la Reforma Política, esperando que el proceso aperturista no cuajaba.

En cuanto a la Falange, una vez asesinado José Antonio, Franco pervirtió con un descaro atroz lo mejor de esa propuesta que anhelaba un socialismo de hombres libres, una justicia social, reforma agraria y de la banca. Propuestas que hay que buscar, no en el discurso fundacional, sino en sus intervenciones de 1935 en el teatro Calderón de Valladolid (3/3/1935); Círculo Mercantil de Madrid (9/IV/1935); Cine Madrid (19/IV/1935), etc.

En 1937 anuló Franco el punto 27 de Falange Española de las JONS, que impedía pactar con otras fuerzas, para unir también a los tradicionalistas bajo su mando. Eliminó de puestos decisivos a los falangistas Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar y Pedro Laín Entralgo, incitadores de un sistema participativo. Destituyó al ministro Joaquín Ruiz Jiménez por los disturbios estudiantiles de 1956. Domesticó a las fuerzas sindicales hasta estabularlas, ignorando la propuesta de Manuel Souto Vilas, catedrático de Filosofía al que conocí en Bilbao, que había escrito sobre 'Los Sindicatos nacionales' (Sobre él publiqué en El Correo: 27/IV/1975). Era Souto firmante de la Conquista del Estado junto a Ledesma Ramos, Giménez Caballero, Juan Aparicio y otros. Cuando el ministro José Luis Arrese le propuso separar la Jefatura del Estado de la del Movimiento (eso ya no era Falange, sino que se había convertido en el falanfranquismo (ver mi artículo HOY 20/V/2017), lo cesó; atándolo por ser arquitecto al Ministerio de la Vivienda.

La democracia vino a pesar del manejo sin medida de esos tres pilares; pues había ya una clase media y los reformistas del franquismo abrían desde dentro los candados del búnker.

Si miramos la imagen de Franco, vestido de militar y sacando el cuello de la camisa azul por encima de la guerrera, atusado con la gorra roja de requetés, y bajo palio, contemplamos una estampa grotesca, pero absolutamente reveladora, de quien manejó a su gusto esos pilares que la foto representa. El Ejército, la Iglesia y la Falange se hacían carne viva en una coreografía procesional donde los purpurados llevaban los varales del palio.

No puedo alargarme, pero he de señalar que con convocatorias tan interesantes como esta por parte del Foro CB, que pilota la mano de Emilio Vázquez, se propicia la ocasión para reflexionar sobre nuestro pasado reciente, algo tan necesario hoy para entendernos mejor.

 

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