Parálisis legislativa

La clase política no ha sido capaz de ordenar el caos ni de formar un Gobierno estable

Con la entrada en vigor del decreto de disolución de las cámaras decaerán también todas las iniciativas legislativas presentadas durante esta efímera legislatura de menos de cuatro meses. De hecho, el Parlamento ha estado paralizado en la práctica desde las elecciones generales de diciembre de 2015, cuando el bipartidismo imperfecto se convirtió en pluripartidismo. Desde entonces, el conjunto de la clase política no ha sido capaz de ordenar el caos, ni de formar un Gobierno estable, ni ha habido modo de mantener una actividad parlamentaria normal. Algunas omisiones son tan llamativas como peligrosas, sobre todo a las puertas de una posible crisis económica. Todo el periodo que abarca desde 2016 al día de hoy ha sido de gran esterilidad legislativa, y prueba de ello es que en todo este tiempo tan sólo se ha podido aprobar una Ley de Presupuestos del Estado. Si se exceptúan algunos decretos leyes y algunas leyes orgánicas u ordinarias que son transposiciones de directivas europeas, el balance es prácticamente nulo. Cuando se disolvieron las cámaras en marzo para las elecciones de abril decayeron unas 300 iniciativas legislativas, y ahora han corrido la misma suerte 49. Algunas de ellas, como la proposición socialista de regulación de la eutanasia, han decaído ya dos veces, y en muchos casos la cancelación ha afectado a asuntos que disponían de mayoría sobrada para salir adelante. Pero la incapacidad para conseguir los consensos mínimos que posibilitan el contrato social sobre el que se desenvuelve toda democracia parlamentaria ha frustrado tales designios. Algún bromista ha insinuado que, como en Italia en ocasiones, la buena salud de la sociedad y la economía se debe precisamente a la ausencia de gobierno. Y la tesis es disparatada: el Estado y sus instituciones desempeñan un papel vital en el crecimiento de las comunidades, y no sólo protegen a los más desvalidos sino que les incumbe capear las crisis, ponerse en cabeza de la modernización y la reforma, asegurar la eficiencia de los recursos obtenidos mediante nuestros impuestos. Este vacío que padecemos es fruto de un imperdonable fallo de la superestructura política, y sus principales líderes deberían mostrar ya su decisión de poner fin a cualquier precio a este periodo de insoportable interinidad.