La nueva política

Los partidos emergentes se han dejado llevar por los hiperliderazgos cesaristas que criticaban en las demás fuerzas

El agudo desgaste del bipartidismo por la crudeza de la última recesión, combinada con el persistente estallido de escándalos de corrupción y fallas bien visibles en el funcionamiento de instituciones del Estado tendió una alfombra a la irrupción de nuevos partidos llamados a airear la política española y a corregir formas de proceder asentadas durante décadas. Aunque con altibajos, Unidas Podemos y Ciudadanos se han consolidado y aportado respuestas distintas a inquietudes de los electores con las que no supieron conectar las fuerzas tradicionales. Sin embargo, pese a las expectativas generadas, no solo están lejos de tomar el relevo al PSOE y al PP como los dos principales referentes nacionales, sino que comparecen a las urnas el 10-N debilitados en un mapa político cuya fragmentación –un signo de saludable pluralidad– ha derivado en un problema de primer orden para la gobernabilidad del país. El ombliguismo que caracteriza su actuación y un errático comportamiento al adoptar decisiones estratégicas han contribuido a que España se enfrente a sus cuartas elecciones generales en cuatro años. El PSOE de Pedro Sánchez y el PP de Pablo Casado también tienen su cuota de responsabilidad en tal fiasco. Sobre todo, el primero, que en vez de aplicarse en buscar apoyos para formar el Gobierno estable del que carece el país desde 2015 se ha inclinado sin pudor, tras la frustrada investidura de julio, por una repetición electoral al creerla beneficiosa para sus intereses. Un bipartidismo plagado de imperfecciones ha sido sustituido por un 'bibloquismo' monolítico en el que ni la izquierda ni la derecha tienen fuerza suficiente para gobernar por sí solas. Y en el que los posibles aliados de cada trinchera, al competir por los mismos votantes, se ejercen un marcaje mutuo tan intenso que frustra el entendimiento entre ellos o un acuerdo transversal. Los hiperliderazgos cesaristas de Pablo Iglesias y Albert Rivera y la depuración del disidente en sus filas sin contemplación alguna nada tienen que envidiar a las prácticas que criticaban con razón en los partidos tradicionales. Según las encuestas, ambos se arriesgan a pagar ahora errores de bulto, interpretados como tales por sus potenciales votantes y propios de quienes acostumbran a imponer su criterio y solo aceptan opiniones que coinciden con las suyas. El primero, al rechazar en julio el Gobierno de coalición que le ofreció Sánchez. El segundo, con un volantazo a la derecha que no ha entendido parte de su electorado. La nueva política no acaba de resolver los problemas de la vieja y ha creado otros nuevos.