Menores y política en Cataluña

Las escuelas catalanas se han convertido en 'madrasas' del separatismo en las que se adultera a los niños para su posterior utilización en pro de la consecución de una república con un sistema democrático apócrifo que solo representa a menos de la mitad de los catalanes

FERNANDO LUNA FERNÁNDEZAbogado

He leído recientemente en la prensa que algunos padres tuvieron que cambiar a sus hijos de escuela en Lérida y otros lugares de Cataluña por no comulgar con la manipulación escolar separatista; y asimismo, que se han organizado frente a las prisiones catalanas 'eventos deportivos' protagonizados por niños en apoyo a los golpistas en prisión preventiva. La exhibición consistía básicamente en una coreografía de un grupo de niñas ataviadas de amarillo –no puede ser de otro modo– que, tras la danza, ponían un lazo del mismo color en el suelo mientras sonaba 'Els Segadors'. O sea, al más puro estilo norcoreano, sin que faltaran los plañideros.

No es la primera vez que se producen circunstancias similares en Cataluña (recuérdese el uso de los menores como escudos ante la «represión del Rey y su policía» del 1-O, en las últimas Diadas, en TV3 o actos de propaganda secesionista, por ejemplo), pero no por ello acabo de acostumbrarme a esta práctica aberrante, pese a que siempre viene embozada hipócritamente por una aureola festiva. Y es que no existe peor maltrato hacia unos seres indefensos, en pleno período formativo de su personalidad, que su manipulación política –máxime si es con fines espurios y sectarios–, que bien podría ser considerada como acoso psicológico o trato degradante, conductas expresamente tipificadas en el Código Penal. Pero, además, esta praxis –ya devenida en costumbre– vulnera la Ley Orgánica del Protección del Menor, nuestra Constitución, la Convención de los Derechos del Niño de la ONU y, singularmente, el propio Estatut, cuyo artículo 17 proclama que «los menores tienen derecho a recibir la atención integral necesaria para el desarrollo de su personalidad y su bienestar en el contexto familiar y social».

La transgresión de todas estas normas es indicativo de que el Estado de Derecho no está plenamente vigente en una parte de España, y que los separatistas siguen haciendo de su capa un sayo, sin que nadie desde el Gobierno –el actual y los anteriores– salga en defensa de los valores de la infancia, es decir, aquellos que favorecen la convivencia, el respeto a la vida y a las personas, allanando –y no exacerbando– las diferencias entre los seres humanos, y cuya responsabilidad concierne a padres, educadores y poderes públicos.

La triste realidad es que en Cataluña se adoctrina impunemente en las escuelas a los niños, se los usa como armas arrojadizas contra el enemigo españolista, se les lava el cerebro y se les amedrenta e intoxica –por supuesto, jubilosamente–, mientras que, reitero, los sucesivos gobiernos banalizan este gravísimo problema con la excusa de «destensar» la situación.

A este respecto, cabe preguntarse en qué cajón de qué subdirección de qué ministerio duerme el sueño de los justos el 'Informe de la Alta Inspección de los libros de texto' de la época de Méndez de Vigo en el que se advierte, entre otras cosas, que existen manuales escolares que «contravienen los derechos, libertades y deberes fundamentales recogidos en la Constitución Española y en las leyes orgánicas educativas»; ejemplares de Primaria que «incitan al separatismo» e «ignoran la presencia de Cataluña dentro de España»; y libros de la ESO que «utilizan todos los elementos del discurso nacionalista soberanista» para «retorcer la historia» de «manera aleccionadora».

Esperemos que, dada la cómplice y cobarde inacción de las autoridades españolas, sean las europeas las que por fin pongan negro sobre blanco ante las justas reclamaciones de particulares valientes que desafían al nacionalismo lunático y excluyente, so pena de ser excluidos o señalados socialmente.

Los dos hechos que mencionaba al principio de este artículo son muy significativos, porque adoctrinamiento y uso político de menores van de la mano, de manera que, sin el primero, difícilmente se daría el segundo.

Conviene, no obstante, no perder el norte de cómo hemos llegado a esta situación. Cabe destacar que no es una cuestión nueva que haya surgido paralelamente al procés, sino que arranca mucho tiempo atrás. Fue Puyol el que, al socaire de la normalización del catalán, perpetró un meticuloso proyecto de ingeniería social con el fin de acotar la pluralidad política, lingüística y cultural para plegarla al ideario nacionalista, al tiempo que lo implantaba sutil y taimadamente en las escuelas aprovechando la permeabilidad de la mente infantil, su impronta emocional, su asimilación empática y su incapacidad para juzgar y protegerse. Nada que no hubiera inventado Franco y su Fomento del Espíritu Nacional.

Así las cosas, las escuelas catalanas se han convertido en 'madrasas' del separatismo en las que se adultera a los niños para su posterior utilización en pro de la consecución de una república con un sistema democrático apócrifo que solo representa a menos de la mitad de los catalanes, en la que no faltan falsos presos políticos y exiliados felones.

Es hora de decir basta al grito de «¡dejen en paz a los niños!».

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