Un liderazgo débil

Ursula von der Leyen alcanza la presidencia de la Comisión Europea con una suma de apoyos trabajosa, que la somete al riesgo de defraudar

La elección parlamentaria de Ursula Von Der Leyen como presidenta de la Comisión Europea fue ayer resultado de la política en tanto que ejercicio de transacción, con sus limitaciones. La todavía ministra de Defensa de Alemania hizo de su necesidad virtud para trabajarse el primer puesto de responsabilidad de la Unión, sondeando la víspera las posibilidades de contar con el apoyo de socialdemócratas y liberales –recurriendo para ello a sendas cartas–, y enunciando sus propósitos en un discurso dirigido a convencer, o cuando menos a desarmar, a los grupos de izquierdas y ecologistas de la Eurocámara que se mostraban entre renuentes y opuestos a su designación. Todo para que en el tiempo de receso entre el debate parlamentario y la votación se adivinara que Von Der Leyen cerraba su particular 'acuerdo de investidura', con el reparto previo de las áreas de poder e influencia de la Comisión. Quien inicialmente parecía, a la vez, beneficiaria y víctima del fiasco en que acabó el «spitzenkandidaten» –que los cabezas de lista de las distintas familias políticas europeas se harían cargo de las instituciones de la Unión tras los comicios del 26-M– consiguió situarse al frente de una Comisión cuya paridad –14 hombres y 14 mujeres– comprometió. Los anuncios de Ursula Von Der Leyen en materia social –seguro de desempleo común, salario mínimo europeo, fondo de garantía juvenil– en materia ecológica –Pacto Verde europeo en 100 días, neutralidad climática para 2050, dotación de un billón de euros por parte del Banco Europeo de Inversiones– junto a un plan europeo de inversiones sostenibles, constituyen un programa tan ambicioso que solo su nominación por parte del Partido Popular Europeo concedería verosimilitud a un proyecto de tan amplio espectro, cuando generó incomodidad en las propias filas 'populares'. La primera mujer en presidir la Comisión Europea se alzó ayer sobre una mayoría parlamentaria que integra a las tres corrientes tradicionales del europeísmo, pero sumando solo 383 votos frente a 327 contrarios. Además, casi todos los puntos de su programa de actuación interpelan directamente a los Gobiernos nacionales. Circunstancias que no confieren un liderazgo fuerte. La candidata del Consejo Europeo para presidir la Comisión obtuvo ayer el favor parlamentario. Pero, paradójicamente, ahora deberá ganarse uno a uno a los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión para impulsar las medidas anunciadas –entre otras el mecanismo comunitario de verificación del Estado de Derecho en sus países miembro–, y en concreto para conceder a la Eurocámara una mayor autonomía legislativa en relación a la Comisión y al Consejo. Siempre a riesgo de defraudar a todos.