Ideología Sánchez

Donde el presidente da muestras de concesión a sus aliados circunstanciales, debiera verse un propósito de siembra para trascender estos dos años de legislatura

El vuelco político que supuso la moción de censura de Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy, con la llegada del primero a la Moncloa, hizo realidad una alternancia inédita e inesperada; tanto para quienes se vieron relegados directa o indirectamente –PP y Ciudadanos– por tan repentina quiebra de mayorías, como para aquellos que se hicieron con el poder ejecutivo y para sus más o menos circunstanciales aliados. Es de suponer que Sánchez albergaba el deseo de un viraje en la España oficial, desde que se enfrentó a las primarias de su partido para recuperar la secretaría general del PSOE. Pero, una vez investido presidente, se enfrenta a los imponderables de la realidad. A la exigüidad de la representación socialista. A la diversidad de intereses de sus aliados de investidura. A los límites de la legalidad. A los de la economía y a los derivados de los compromisos en la Unión Europea. Y a las debilidades de la Unión Europea. Aunque, junto a todo ello, el Ejecutivo Sánchez ha de afrontar su principal desafío político: gobernar durante los dos años que restan de legislatura tratando de imprimir cambios de calado o, cuando menos, expandiendo semillas que contribuyan a la recuperación electoral de los socialistas en mayo de 2019 y un año después. La presidencia de Sánchez trata de escalar por ambas vertientes, porque entiende que todo cambio que logre introducir –léase en memoria histórica, igualdad de derechos, mejoras sociales– afianza sus opciones para aspirar a una victoria electoral dentro de dos años; aunque sea respecto a sus aliados de investidura. Y porque entiende que el simple enunciado de sus intenciones en ámbitos sujetos a una mayor complejidad –desde la distribución de supuestos beneficios sociales por la rebaja en los compromisos de déficit, hasta las reformas propuestas en materia educativa– contribuirán a su diferenciación alternativa en un escenario que apunta a la polarización. Siempre que la crisis catalana se oriente hacia la normalidad, y la diatriba identitaria conceda algún margen a las demás discusiones ideológicas. Pedro Sánchez se empeña en transferir las tensiones patrias de la integridad territorial al eje izquierda-derecha. Siempre con la idea de convertirse en referente indiscutible en el liderazgo del espacio que pudiera ir del centro hacia la izquierda. Donde el presidente Sánchez da muestras de concesión a sus aliados circunstanciales, debiera verse un propósito de siembra para trascender estos dos años de legislatura.

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