Heridas abiertas

Dos años después de los atentados yihadistas de Cataluña, el independentismo debería dejar de explotarlos como arma arrojadiza contra el Estado

El segundo aniversario de los atentados yihadistas perpetrados en Las Ramblas de Barcelona y en Cambrils se celebra hoy en un clima enrarecido por la enfermiza obsesión del independentismo en buscar réditos políticos en la masacre y por la fractura entre las víctimas, que participarán por separado en actos distintos y sin discursos. Los 16 muertos y 137 heridos que serán homenajeados merecen el recuerdo y la sincera solidaridad de todos los ciudadanos. Resulta repugnante que su dolor y el de sus familias sea utilizado de forma impúdica como arma partidista arrojadiza para manipular conciencias y ahondar la profunda brecha abierta en la sociedad catalana con un cóctel de mentiras descaradas y demagogia sin escrúpulos. En esta tentación han caído Quim Torra y otros líderes del secesionismo. Todos ellos darían una muestra de sensibilidad si en los actos previstos se volcaran en honrar la memoria de las víctimas y reconfortar a sus allegados, quejosos por su instrumentalización política y por el «abandono» que sienten de las instituciones. Y si, de paso, dejaran de utilizar la matanza como un ariete contra el Estado. Las investigaciones sobre ella en la Audiencia Nacional han entrado en su recta final. Como suele suceder en los grandes atentados, es probable que no aclaren por completo algunas lagunas que aún persisten. El hecho de que la mayoría de los miembros de la célula yihadista fueran abatidos por los Mossos d'Esquadra ha dificultado las pesquisas. Aún así, las circunstancias que rodearon los atropellamientos masivos en Las Ramblas y en el paseo marítimo de Cambrils, así como la identidad de sus autores materiales, inspiradores y principales colaboradores están suficientemente demostradas. También su vinculación con el terrorismo integrista que pretende dinamitar las libertades y la convivencia democrática. El mismo fanatismo salvaje del 11-M que tenía a España en su punto de mira desde entonces, aunque sus planes para causar nuevas sangrías se vieran frustrados hasta los fatídicos 17 y 18 de agosto de 2017 en Cataluña. Todo atentado rebela fisuras en los mecanismos de prevención y de seguridad asignados a la Policía y a los servicios de inteligencia, que deben ser detectados y corregidos. Pero media un abismo entre constatar esta obviedad y la delirante teoría de la conspiración azuzada por el independentismo, según la cual los aparatos del Estado habría consentido voluntariamente la masacre o incluso la habrían propiciado para combatir así el 'procés'. Una calenturienta invención carente de prueba alguna que refleja una bajeza moral sin límites.