Una gota climática

El desastre causado por el temporal invita a revisar el concepto y la intención misma de la declaración de zona catastrófica

El mes de septiembre es propicio a que la temperatura que alcanza el Mediterráneo al final del verano en el Levante español se tope con un cuadro de altas presiones sobre el resto de la península, concentrando un alto caudal de precipitaciones en la Comunidad Valenciana, Murcia, el este de Andalucía y Baleares, que estos últimos días han causado la muerte de varias personas, junto a cuantiosos daños y perjuicios a muchos miles de ciudadanos y empresas. Las trombas de agua han alcanzado volúmenes inéditos. Las previsiones sobre el fenómeno de la gota fría son aproximadas, por cuanto el grado de su virulencia y sobre todo su localización resulta imposible de pronosticar. De manera que si comparamos la catástrofe atmosférica con sus efectos sobre los habitantes de un territorio tan expuesto a la DANA, podríamos concluir que solo la prolija información disponible y la consciencia cívica de los levantinos han salvado la situación de consecuencias que podrían haber sido muchísimo más graves. Los conocimientos y destrezas de los servicios públicos comprometidos para atajar la catástrofe, cuya tarea no se limita en tales ocasiones al desempeño de responsabilidades competenciales tasadas, han permitido que la gota fría no haya desbordado mucho más que los cauces de ramblas y torrenteras. Nadie en España ha podido mantenerse indiferente a la suerte de localidades en las que millones de conciudadanos han buscado durante las últimas décadas momentos de descanso y disfrute. Los rincones que en los mapas del tiempo se siguen pintando con señales de alerta representan, además, el recuerdo de la desprotección que esos mismos conciudadanos sintieron en episodios de su pasado más o menos remoto. De ahí que la gota fría evoque momentos conocidos de siempre. Aunque los litros por metro cuadrado de las últimas jornadas desborden todo precedente. La imagen en blanco y negro de un sufrimiento pasado cuestionaría, en el recuerdo colectivo, la tesis de que se trate de un fenómeno propio del calentamiento climático. Son percepciones de una catástrofe descomunal que pocos años atrás se hubiera llevado por delante, con absoluta certeza, muchas más vidas. Porque si bien no hay evidencia alguna que establezca una relación de causa-efecto entre los factores de emergencia global y la sucesión de tormentas en el Mediterráneo español, lo ocurrido estos días describe a la perfección el escenario previsto por la comunidad científica en cuanto a la evolución climática de los acontecimientos. Lo que invitaría a revisar en adelante el concepto y la intención misma de la declaración de zona catastrófica.