El fracaso de la intransigencia

Se supone que nuestros políticos han sido elegidos en las urnas con la finalidad manifiesta de solucionar los problemas y lacras que aquejan al país y, sin embargo, en lugar de contribuir a su resolución, ellos mismos se han convertido en un serio problema

LUCIANO LÓPEZ NIETOFilólogo y escritor

Me pregunto en qué estado han estado los políticos de este estado para terminar convirtiéndose en todo un problema de estado, si me permiten este irónico juego de palabras. Se supone que nuestros políticos han sido elegidos en las urnas con la finalidad manifiesta de solucionar los problemas y lacras que aquejan al país y, sin embargo, en lugar de contribuir a su resolución, ellos mismos se han convertido en un serio problema, el segundo en importancia tras el paro, si prestamos atención a las encuestas, por lo que parecen ser más bien parte del problema que parte de la solución.

Resulta evidente que los ciudadanos españoles no han querido otorgar la mayoría absoluta a ningún partido político en estos últimos comicios nacionales, de lo que podemos deducir obviamente que exigen a sus representantes que se pongan de acuerdo en una serie de puntos mínimos fundamentales que permitan asegurar la gobernabilidad y la estabilidad del país. Para alcanzar estos acuerdos, los negociadores protagonistas deben mostrarse dispuestos a ceder en sus pretensiones partidarias, compartiendo el poder y la responsabilidad con sus socios y aliados con la vista puesta en el bien común de la mayoría, es decir, deben comportarse como verdaderos hombres de Estado, tal y como lo hicieron los artífices de la Transición, políticos españoles que se encontraban en algunos casos profundamente distanciados en sus posiciones ideológicas, citemos como ejemplos a Manuel Fraga y Santiago Carrillo, y que tuvieron que entenderse en una situación muy complicada, tremendamente presionados por los poderes fácticos y lo que quedaba del antiguo régimen.

Las tres últimas elecciones generales en España, por el contrario, nos muestran la escasa habilidad de nuestros diputados para lograr acuerdos, más preocupados en defender intereses partidistas, más interesados en provocar enfrentamientos personales a base de insultos y descalificaciones, más ocupados en consolidar en sus partidos una posición hegemónica que les proporcione un control absoluto, libres de voces críticas que pongan en tela de juicio decisiones personales más que discutibles en algunos casos. Esto último podría aplicarse por igual a los cuatro grandes partidos, provocando que en Podemos y Ciudadanos se hayan apartado del partido los miembros menos radicales, y que en el PSOE y PP apenas tengan ya peso las figuras más representativas de los presidentes anteriores. Tengo la impresión de que el Consejo de Ancianos ha sido desterrado de la tribu y que los belicosos aspirantes al poder, divididos en dos bandos irreconciliables, se dedican a guerrear entre ellos sin ser capaces de llegar a acuerdos, a lo peor resulta que todos están haciendo el indio.

A todo esto, la convocatoria de nuevas elecciones supondría el reconocimiento vergonzoso de que nuestros representantes no se merecen nuestra representación y de que son unos ineptos sectarios; la consecuencia más lógica sería el aumento de la abstención y del voto en blanco, la pérdida de credibilidad de unos políticos que ya no llegan al aprobado en ningún caso, la idea generalizada de que todos son iguales y la peligrosa creencia de que la democracia no sirve para nada. Señores congresistas, tras suspender estrepitosamente en la convocatoria de junio, espero y deseo que tengan un mejor desempeño en la convocatoria de septiembre para alivio y descanso de la ciudadanía.