España invertebrada

La unidad y la solidaridad deben ser producto de la suma, nunca de la resta; solo así se entiende, además, nuestra cada vez mayor integración en la Unión Europea; y para ello hace falta, como sostenía Ortega, «un proyecto sugestivo de vida en común»

FERNANDO LUNA FERNÁNDEZAbogado

No es la primera vez que cito en estas mismas páginas al maestro Ortega y Gasset; con toda probabilidad no será la última, puesto que algunas de sus obras siguen teniendo hoy, casi un siglo después, plena vigencia, como sucede con el célebre ensayo que transcribo en el título de este artículo, publicado en 1921.

España invertebrada aborda la 'cuestión española' desde una doble vertiente: de un lado, Ortega elucubra sobre el origen y la formación de la nuestra nación; y de otro, realiza un diagnóstico sobre la situación socio-política del país.

Parte el filósofo de un concepto de nación intrínsecamente dinámico: una suerte de plebiscito cotidiano que repudia «toda interpretación estática de la vida nacional», para concluir que «no viven juntas las gentes sin más ni más. Los grupos que integran un estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos […]. No conviven para estar juntos, sino para hacer juntos algo». Esa finalidad y acción aglutinadoras las situó en el Imperio, de modo que cuando este quedó desarticulado resurgieron las tendencias centrífugas y destructivas. En esta misma línea, ya decía Fernando el Católico en los albores del s. XVI que «la nación es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que solo se puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden».

Fue entonces, tras la crisis del 98, cuando afloraron con más ímpetu los 'particularismos' (Ortega dixit) peninsulares y, en su versión extrema, los separatismos vasco y catalán en forma de fuerzas agitadoras y desordenadas del conjunto que avivaron un proceso desintegrador al albur de un argumentario construido sobre premisas identitarias, muchas de ellas manipuladas e incluso abiertamente falsas.

Tras la dictadura de Franco, que actuó como un elemento estabilizador aunque de manera alguna puede justificarse por la falta de libertades, en la Transición se optó por un modelo autonómico muy descentralizado y generalizado (el «café para todos») reactivo al centralismo franquista que ha exacerbado los particularismos orteguianos y favorecido los irredentismos localistas, de modo que «cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás», como auguró el erudito.

Con todo, el problema de España no es tanto un modelo territorial excesivamente disperso –que también, pues nunca debieron transferirse competencias como sanidad, justicia y educación, es decir, las que garantizan la igualdad de los españoles al afectar a nuestra dignidad personal–, sino la ausencia de una idea nacional vigorosa y seductora; o dicho sea en boca del maestro: de un proyecto en común.

Cierto: el modelo ha degenerado en tensiones e insolidaridades interterritoriales –casi tribales– dentro de las propias comunidades autónomas, entre estas y con el Estado, tanto de naturaleza económica y competencial como identitaria. Así las cosas, el separatismo catalán, al socaire de espurias motivaciones económicas («España nos roba»), ha acabado por abrir una caja de Pandora que ya no puede controlar: cualquier marcha atrás será percibida por la masa social fanatizada que lo apoya como una traición; en tanto que el nacionalismo vasco se mantiene apaciguado –no nos engañemos– gracias a la generosidad de los Presupuestos Generales del Estado.

Pero retomando la idea antes someramente esbozada, el problema radica en la propia idea de España como nación: ¿por qué se utiliza por parte de los nacionalismos y ciertos sectores de la izquierda circunloquios como «este país» o «el Estado español» si no es para laminar el uso político del concepto España? ¿Acaso desde los poderes públicos se ha potenciado esa España integradora y comprensiva de la riqueza plural que suponen las distintas regiones y nacionalidades, como garantiza nuestra Constitución? ¿No se ha producido un indecente mercadeo político, económico, fiscal y competencial con los nacionalismos excluyentes con tal de aprobar las cuentas públicas? ¿No se ha mirado hacia otro lado desde hace décadas mientras en Cataluña se arrinconaba el castellano con la excusa de la normalización lingüística y se adoctrinaba impunemente a la población en las aulas, desde los medios de comunicación e incluso desde los púlpitos? Concurre, pues, una responsabilidad clara en nuestros políticos que ha favorecido la formación de los «compartimentos estancos» de índole territorial que proclamaba Ortega.

La desventurada realidad patria es que, resurgido el secesionismo catalán, de la invertebración orteguiana, hemos pasado al intento de desvertebración actual, y que el elemento cohesionador se ha mantenido por la reacción de la Corona, de la justicia y de la sociedad civil, en lugar de por un estamento político siempre al rebufo electoralista del devenir de los acontecimientos y sin más iniciativa que la aplicación –tarde y mal– del artículo 155 CE.

La unidad y la solidaridad deben ser producto de la suma, nunca de la resta; solo así se entiende, además, nuestra cada vez mayor integración en la Unión Europea; y para ello hace falta, como sostenía Ortega, «un proyecto sugestivo de vida en común». Y ese proyecto ilusionante, inclusivo y solidario que hay que revitalizar se llama España.