España intermedia

Los grandes partidos tradicionales fueron concebidos para representar una clase media integrada. Ante su desaparición, deben prepararse para representar a una gran clase popular no integrada, formada por obreros, trabajadores industriales, autónomos, empleados públicos, jubilados y jóvenes titulados universitarios sin trabajo

JOSÉ MARÍA MOLINADoctor en Derecho

En lo que llevamos de año, la sociedad española vive una atmósfera de alta densidad política que, con las temperaturas del verano y la sobresaturación alcanzada por la presión añadida, derivada de las negociaciones que llevaron a la fracasada investidura para formar gobierno, parece conveniente intentar una reflexión sobre nuestra realidad antes de que finalice el pequeño paréntesis estival y los árboles vuelvan a impedir ver el bosque.

Para ello, de la mano de Chistophe Guilluy, autor francés, vamos a tratar de poner el foco en el escenario sobre el que operan los actores políticos y deciden nuestras vidas, que puede contribuir a la mejor comprensión de lo que está ocurriendo en la sociedad, cuya adecuada y atenta lectura resulta decisiva para entender la realidad presente y futura en el mundo occidental al que pertenecemos.

Como primera consideración hemos de recordar que por sociedad occidental se entiende el conjunto de normas sociales, valores éticos, costumbres, tradiciones, creencias religiosas, formas de Estado, sistemas políticos que tienen origen o están asociados a Europa y aquellos territorios cuya historia está fuertemente conectada a ella.

El sistema político está basado en la democracia liberal cuyas mayores cotas de progreso y bienestar se han alcanzado cuando se consolidó una clase media plenamente integrada, que ha sido el punto sobre el que ha pivotado el sistema, hasta que hace treinta años comenzó su debilitamiento y desintegración, que ha dado paso a la llegada de las organizaciones populistas que están en el origen de los movimientos que han encumbrado a Trump en EE UU, permitieron el éxito en el referéndum sobre el 'brexit' en el Reino Unido, la elección de Bolsonaro en Brasil o los 'chalecos amarillos' en Francia.

Las causas de esta desaparición de la clase media habría que buscarlas en el modelo económico mundializado surgido de la globalización (cuyo problema no es la creación de riqueza, que sí lo ha conseguido, sino la distribución del trabajo), en el que los empleos tienden a estar polarizados, unos muy cualificados y bien remunerados, concentrados en las grandes metrópolis globalizadas e internacionalizadas y, otros, precarios, dispersos entre quienes habitan fuera de ellas, en ciudades medianas y pequeñas, entornos rurales y semirrurales, o en los barrios menos desarrollados y periféricos de las grandes ciudades. Lo que ha supuesto un fuerte impacto en las capas medias y populares, mayoritarias, herederas directas de las antiguas clases medias, que ocupaban los empleos intermedios que se precarizan y en muchos casos, paulatinamente van desapareciendo.

En las metrópolis donde impera el discurso de una sociedad abierta al mundo y multicultural, habita la nueva burguesía, conservadora y progresista que, poco a poco, y ayudadas por los intelectuales, se va aislando del resto de la sociedad. Ya no son de izquierdas ni de derechas, sino que configura un bloque que se beneficia de la globalización y defiende su modelo económico. Mientras que los sectores populares tienen serias dificultades para subsistir en los entornos metropolitanos que es donde se crea el empleo cualificado y remunerado. Dando como resultado dos mundos, uno minoritario, el de las capas dirigentes y otro, mayoritario, el de los sectores populares, este último muy pragmático, poco ideologizado y no integrado en la nueva economía, pero depositario de los valores esenciales de la sociedad en los que descansa el conjunto de elementos que constituyen el edificio social y sus referentes, dotado de un sólido 'soft power' para ser dueños de su destino.

Los grandes partidos tradicionales fueron concebidos para representar una clase media integrada. Ante su desaparición, deben prepararse para representar a una gran clase popular no integrada, formada por obreros, trabajadores industriales, autónomos, empleados públicos, jubilados y jóvenes titulados universitarios sin trabajo.

En el mundo occidental actual la izquierda y la derecha sociológicas ya no existen. Han sido sustituidos por una postura, un discurso, que sirve para animar el debate y unir a las respectivas huestes en defensa de unas u otras siglas que cuando acceden a los gobiernos la gestión de los grandes temas en poco se diferencian.

La gran dicotomía actual es la que se da entre la nueva burguesía, minoritaria, metropolitana, globalizada, multicultural e internacionalizada, y las nuevas clases populares, sufridoras de los efectos de la globalización, que ocupan un ámbito no internacionalizado, habitan en medianas y pequeñas ciudades, entornos rurales o barrios menos desarrollados y periféricos de las grandes ciudades.

Esta situación demanda una política diferente, y quién sabe si nuevos modelos de partidos e instituciones, que sepan reconstruir la sociedad, basados en una alianza de la nueva burguesía compuesta de conservadores y progresistas, con las nuevas clases populares, en el marco de una sólida integración social, conscientes que no es posible una sociedad de los unos sin los otros, ni que existe modelo económico alguno que pueda subsistir en contra de los intereses de la mayoría.