Una democracia sin demócratas

Estamos acostumbrados a obedecer, y cuando se nos da el poder, solo pensamos en utilizarlo en beneficio propio. Por eso, los funcionarios no funcionan. Por idénticas razones, los partidos políticos anteponen sus propios intereses al bien común

LUCIANO PEREZ DE ACEVEDO Y AMOAbogado

El título puede parecer una 'boutade' pero, lamentablemente, es así; lo era, por obvias razones, en la época de la Transición, pero el problema es que pasados 35 años seguimos en las mismas o quizás peor.

Después de una Guerra Civil y 40 años de Franquismo, lo raro hubiese sido encontrar demócratas en España (a muchos esto les duele pero en su interior saben que esto es así, aunque todas las reglas admiten excepciones). Durante la Transición los políticos, o aquellos que aspiraban a serlo, hacían verdaderos esfuerzos para proyectar, al menos, un talante democrático que borrase su anterior adhesión –activa o pasiva (aquel orgulloso 'apoliticismo')- a la dictadura; de los simples ciudadanos, ni contar. En los mítines electorales la gente mayor preguntaba: ¿Este es de los nuestros o no? Sobraban explicaciones; a lo más que podíamos llegar los políticos que queríamos la democracia era explicar que se trataba de establecer un sistema político igual que el de Francia, Inglaterra, Italia, Suiza, Bélgica, Alemania, etc., esperando conectar con los antiguos emigrantes a países europeos, que ya sabían lo que era esto.

¿Pero que ha ocurrido en España para que después de un rodaje democrático de 35 años estemos igual o peor que entonces, con el agravante de que hoy tenemos un país moderno y antes no lo teníamos? Bien claramente lo pone de manifiesto la grave crisis institucional que estamos padeciendo.

Pues ocurre, sencillamente, que durante estos años no se ha educado a la gente en democracia sino en laxitud, permisividad, flojera intelectual, relativismo moral, populismo, materialismo puro y duro, basura televisiva –hasta el límite del enaltecimiento de una nueva 'aristocracia casposa', de la que es buena muestra la ínclita 'Princesa del Pueblo' y otras y otros dignos representantes del glamour carpetovetónico–.

La autonomía que, por otra parte, ha hecho cosas buenas, ha trabajado duro para lograr el despiste nacional más absoluto en relación con nuestro legado histórico, cultural, social y político, a base de promover los hechos que nos separan y no aquellas cosas que nos unen a los españoles, hasta conseguir que nadie sepa nada de nada. En aquellos territorios que funciona ese disparate que llaman 'inmersión lingüística', los ciudadanos terminarán por no entenderse, idiomáticamente hablando. Un verdadero desastre. Incluso tenemos un Senado 'subtitulado', en un país que cuenta con un idioma común con 600 millones de hispanoparlantes en el mundo y la tercera lengua después del inglés y del chino; el colmo de la estupidez. Así nos va.

Ha faltado pedagogía liberal, democrática, de tradición europea y occidental, de la que España, desgraciadamente, siempre careció. Nos ha faltado también promover ese espíritu de libre empresa, de libre concurrencia, de trabajo y sacrificio para la creación de riqueza que hizo grandes y poderosos a nuestros vecinos europeos y al mundo occidental. Aquí hemos llegado a ese bienestar que crea el Estado-Providencia –que, como decía, Walter Lippman, «es un remedio peor que la enfermedad»– a través de la mamandurria del proteccionismo, de la subvención, de la gabela oficial, de la corrupción, de la picaresca tradicional, con las excepciones que confirman la regla. Por esta razón ahora, en tiempos de vacas flacas, ni siquiera se produce reacción alguna, solamente conformismo.

Históricamente, perdimos el tren de la revolución industrial, primera y segunda, de la revolución científica y de la revolución política; por eso éramos todavía en los años 60 del pasado siglo un país agrícola, una sociedad rural y atrasada; y lo seguimos siendo todavía en muchas regiones españolas. Por estas razones la democracia tampoco funciona, porque no puede funcionar en un contexto así. Estamos acostumbrados a obedecer, y cuando se nos da el poder solo pensamos en utilizarlo en beneficio propio. Por esto, también, los funcionarios no funcionan y todos los españoles queremos ser funcionarios o pedigüeños y caza-subvenciones de más o menos categoría. Por idénticas razones, los partidos políticos anteponen sus propios intereses al bien común, y además, lo pregonan. Y esta es también la razón de que unos partidos quieran el poder para siempre y otros se acomodan en la oposición; y vamos tirando. Por eso nadie cumple aquí la ley, ni siquiera la ley suprema, la Constitución y no existe control judicial alguno, ni justicia independiente, cuando la democracia «es un juego de contrapesos, de topes», como decía Bertrand de Juvenel en la tradición de Montesquieu, Tocqueville, Comte y Taine, el mismo que dijo «el poder corrompe siempre; el poder absoluto corroe absolutamente».

Se critica a la Monarquía, la única institución que representa ya la unidad de España, porque «mi niño también podría ser Rey», o porque la Corona «nos sale muy cara». Por eso, otros, quieren borrar «la concordia» y regresar al odio, al resentimiento, que tanta sangre y lágrimas costó a los españoles.

Es lamentable, pero no hemos sabido hacer ciudadanos de verdad, cultos y virtuosos, expertos en las ciencias y las técnicas que hacen progresar a las sociedades, respetuosos con la ley y el orden; formar su conciencia individual y colectiva en nuestros principios y valores tradicionales, europeos y occidentales, en la libertad bien entendida y en la democracia; orgullosos de su patria y conocedores de nuestra historia y nuestra cultura.

Pero hay más, porque hoy España es una nave sin rumbo hacia un puerto inexistente en el océano de la confusión. Educación para la ciudadanía; alianza de civilizaciones, III República; memoria histórica; descristianización, laicismo y anticlericalismo; aborto y eutanasia; ataques a la Monarquía, la unidad nacional, el idioma español, la transición a la democracia, la Constitución y un largo etcétera no son más que meras abstracciones, utopías, modelos periclitados, relativismo moral, totalitarismo o políticas perversas que buscan objetivos inconfesables.

¡Qué pena!