La amenaza ultra

Los partidos tradicionales de la UE se equivocarán si intentan combatir la escalada de la derecha extrema con un acercamiento a sus postulados

El auge de los populismos de derecha extrema ha dejado de ser un fenómeno pasajero localizado en unos escasos focos para convertirse en una fiebre que azota el corazón de Europa y contagia con fuerza a un creciente número de países. Los ultras antisistema que hace apenas una década eran una peculiaridad de Francia, con el Frente Nacional de Le Pen, han extendido sus tentáculos de norte a sur de la UE con una virulencia que ha disparado todas las alarmas. Ya son una seria alternativa de poder en Alemania –hoy irrumpirán por primera vez, salvo sorpresa mayúscula, en el Parlamento de Baviera–, participan en la gobernación de potencias como Italia y preparan un frente común para condicionar la política comunitaria tras las elecciones europeas del próximo mayo. Esta inquietante explosión reaccionaria, cuyo denominador común es el odio al extranjero y a las élites, tiene su origen en el fracaso de los partidos tradicionales para dar una respuesta convincente a una recesión económica de colosales dimensiones, de la que ha salido una UE más pobre y con mayores desigualdades sociales. Un caldo de cultivo ideal, junto a la crisis de los refugiados, para desprestigiar las instituciones, demonizar la inmigración, alentar la xenofobia y resucitar, frente a la globalización, los nacionalismos que abrieron Europa en canal el siglo pasado. En definitiva, para poner en jaque los principios que alumbraron la Unión. La defensa de esos valores obliga a actuar sin complejos para desnudar la pulsión autoritaria que ocultan los caudillismos de nuevo cuño surgidos a lomos de la retórica del miedo. Las fuerzas políticas que han construido, con sus carencias y defectos, la Europa de la igualdad, la justicia y la solidaridad se equivocarán si, para recuperar el apoyo electoral perdido, aproximan sus propuestas a las de los nacional-populismos, expertos en plantear respuestas tan simples como falsas a problemas extremadamente complejos. El malestar social y la desconfianza hacia el sistema que la crisis ha instalado en amplios sectores han de ser combatidos con discursos renovados y atractivos, además de creíbles, que aprendan de los errores del pasado. Y con un comportamiento ético ejemplar que destierre las prácticas corruptas y, si se dieran, derive en una reacción implacable ante ellas. España se ha librado hasta ahora del impulso de la ultraderecha que azota la UE. Pese a su ofensiva, Vox –lo más parecido a esos fenómenos nacional-populistas– no parece en condiciones de alterar sustancialmente la actual estructura de partidos, salvo que un cúmulo de errores de sus adversarios le dé alas.

 

Fotos

Vídeos