Hoy

TRIBUNA

Diez años sin Bernardo Víctor Carande

H ACE diez años Rocío Carande me llamó por teléfono para decirme que su padre, Bernardo Víctor Carande, acababa de morir. Al instante me desplacé desde Badajoz hasta la finca de Capela, el hogar donde vivió buena parte de su vida, para observar por última vez la imagen de quien se convirtió en uno de los personajes que con más perseverancia agitó el espacio de la cultura extremeña aquellos años.

La vida del hijo de don Ramón Carande, ante cuya magnitud intelectual no dejó de sentirse atrapado Bernardo, no se puede concebir sin atender a la multiplicidad de sus actividades, tanto meramente profesionales -las que dedicó al ajetreo laboral en su finca de Capela, entre La Albuera y Almendral-, como las que con más intensidad, supone uno, dominaron su instinto creador. De sus afanes agrarios se aprovechó, a la postre, para convertirlos en fundamento de sus libros. Nadie ha escrito en Extremadura con mayor objetividad, sabiduría, certeza y prestancia de las labores del campo que Bernardo Víctor Carande. En ellos, en sus libros del campo precisamente, podemos hallar el sostén de su literatura. De los otros, de los que imaginaba él podría valerse para alcanzar el esplendor literario, dejó muestras livianas en algunos textos narrativos ('Suroeste', 'El Abalorio', 'Memorias'), o en sus libros de poemas, no tan interesantes, dicen los críticos, en comparación con la supremacía de sus escritos campestres.

Como conocía de sobra los entresijos y las costumbres de las labores del campo, dejaba caer, como sin querer, en sus conversaciones pequeños apuntes, detalles de los trabajadores, del ganado, de la siembra, de sus ensoñaciones campestres, esbozos que siempre nos parecían a sus contertulios diminutas perlas que magnificábamos en soledad para dar cuenta del valor intelectual de nuestro amigo.

Yo lo conocí (me lo presentó el periodista José Joaquín Rodríguez Lara, autor del celebérrimo 'Conchito') en el año 1982. Me dedicaba entonces a otra labor más prosaica, la del fútbol, pero él asumió mi amistad sin tapujos, hasta el punto de exponer en su salón de Capela una fotografía del que suscribe, y que aún pervive, con galones blanquinegros. Desde entonces su morada vino a ser para mí un refugio en el que buscar los misterios -que tanto llamaban mi atención- de la literatura. Puso a mi disposición su biblioteca, donde se guardaban -ahí siguen aún, bajo el cuidado de sus hijos, de Victoria, de Manuel y, sobre todo, de Rocío- los secretos literarios de los mejores escritores europeos. Pero no fue menor para él el interés por la edición, por la fotografía (sobre todo taurina en sus años jóvenes) e incluso por la pintura. Uno, que no sabe hacer la u con un canuto, se sorprendió siempre de aquella facilidad y frescura para los óleos de que hizo gala Bernardo: ahí quedan sus cuadros con sus lunas y sus sombreros de copa y sus mares lánguidos.

Por lo que se refiere a su aliento cultural, la mayoría de principiantes asistimos entusiasmados ante la fecunda propuesta de su afán literario, ya fuera por la edición de sus revistas ("Nuevo Alor", "Alor Novísimo", "Capela"), ya por la homónima editorial, Capela -donde algunos publicamos nuestros primeros textos-, ya por su decisión de dirigir la Asociación de Escritores Extremeños, en cuyo afán entregó su paciencia y su capacidad creativa hasta inventarse un sorprendente desplegable: Boletín de los Escritores Extremeños, en cuyas páginas firmaron los mejores poetas y narradores de la región.

Los jóvenes de entonces encontrábamos las puertas abiertas de su editorial Capela, de las páginas de sus revistas, del interés generoso de sus propuestas: en cualquier momento te convertía en columnista de cualquiera de sus publicaciones, de sus boletines, mostrando admiración ante los textos que le enviábamos. «Genial», solía decir cuando alguien llegaba con los folios hasta el salón de Capela. Tenía Bernardo ese punto generoso, y acaso ácrata, que tanto nos convencía y nos enamoraba, esa ausencia de desliz político que agradecíamos quienes sólo buscábamos en su refugio empeños literarios.

Yo creo que tardará en aparecer en Extremadura una figura del talante cultural y la laboriosidad sin límites que caracterizaron a Bernardo. Asumiendo la importancia de su generosidad, decidimos valorar sus silencios, su disposición para la tertulia sólo cuando la ocasión lo requería. Dignificó la figura del animador cultural, cuyos pasos, a lo que se ve, nadie ha sido capaz de seguir.