España en positivo

DIEGO HIDALGO SCHNUR

EL 4 de junio di una conferencia en Zafra sobre un tema agradable y bonito. ¡Qué gratificante es presentar buenas noticias! Existen, aunque en estos tiempos haya que hacer un esfuerzo para encontrarlas. Es más fácil encontrar las malas: de ello ya se encargan los medios de difusión y aún más los políticos que se descalifican unos a otros. Por supuesto que un análisis válido requiere ver todo en su conjunto, cosas buenas y malas, para no caer en autocomplacencia. Que en el mundo hay pobreza y desigualdad, fallos democráticos y de seguridad, peligros para la habitabilidad del planeta, y para la salud global y gobernanza mundial. Y también hay problemas y limitaciones en España. Pero también buenas noticias.

España: las valoraciones requieren una comparación. ¿Con qué comparamos la España de junio de 2015? ¿Con la de 1975? ¿La de 2007 precrisis? Evidentemente la España de hoy está mucho mejor que en 1975; estos 40 años tal vez hayan sido los mejores de nuestra historia. La España precrisis de 2007 (como casi toda Europa) parecía próspera pero estaba asentada sobre columnas de barro. Pero tal vez sea más relevante comparar España con otros países de nuestro entorno. Creo que nuestra situación y perspectivas son mejores que las de la mayoría de ellos. Para otro artículo podríamos hablar de los enormes problemas de Francia e Italia, por ejemplo. De modo telegráfico enumero lo positivo.

Aspectos políticos: tenemos sin duda la mejor Jefatura del Estado en Europa, la más competente y austera y que mejor nos representa en el exterior. Los problemas de secesionismo que tantos titulares han acaparado parecen casi descartados para el corto y medio plazo. No tenemos ningún partido de extrema derecha como casi todos los países de nuestro entorno; además el racismo y la xenofobia se han convertido en tabús sociales. La efervescencia del año electoral y la incertidumbre están teniendo efectos negativos a corto plazo (fugas de capital) pero la situación acabará por estabilizarse en 2016. El capitalismo feroz que se ha desarrollado con la globalización es inmoral, injusto y se autodestruirá. Pero el sistema que rige el mundo hay que cambiarlo a nivel global y no desde un país. Para quienes temen una alianza de partidos «todos contra el PP», o una radicalización del PSOE pactando con Podemos, pienso que el pragmatismo postelectoral acabará imponiéndose porque, así como es necesario que nuestra sociedad proteja más a los vulnerables y desfavorecidos, no hay margen de maniobra para cambiar de política económica. Cualquier cambio fundamental llevaría a un país al abismo, como se está viendo en Grecia.

Segundo: nuestra calidad de vida es alta, pese a los problemas de pobreza, con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo; esperanza de vida elevada, clima privilegiado, y un orden público con bajas tasas de criminalidad.

Finalmente en nuestra economía las buenas perspectivas parecen superiores a los riesgos (desempleo estructural, crisis demográfica, crisis institucional, y altísimo nivel de deuda). Hace ocho meses Hans Joachim Massenberg, alto directivo de la Banca Alemana, anuncio que España podría convertirse en «la locomotora de Europa» a partir de 2015. Crece la demanda interna con más construcción, crédito bancario y empleo aunque -como en todo el mundo- sea más precario. Crece el sector exterior, con exportaciones ayudadas por mayor competitividad y un Euro más devaluado, y con una capacidad inigualable de nuestro país para atraer turistas por su clima, gente acogedora, gastronomía, historia, cultura y medio ambiente. Nuestro patrimonio cultural está entre los más importantes del mundo, disponemos de un entorno natural en buen estado, y algunos de los biotopos, ecosistemas y parques naturales más especiales del mundo están en España.

Mientras que hace 25 años apenas había multinacionales españolas, hoy España es sede de algunas compañías con capacidades técnicas y tecnológicas que se cuentan entre las mejores del mundo, en sectores como las finanzas, ingenierías, nuevas tecnologías, energías renovables y convencionales, y obra pública.

Y hay un potencial creciente para atraer inversión extranjera, con nuestros buenos profesionales y escuelas de negocios. Y para atraer a científicos que impulsen sectores tecnológicamente más avanzados, pero para ello el Gobierno debería priorizar la I + D + i, y el establecimiento en España de importantes fondos de capital-riesgo. Parece que nos esperan varios años buenos, de crecimiento y creación de empleo. La OCDE generalmente prudente acaba de subir de 1,2% al 2,9% sus estimaciones de crecimiento para España en 2015.

Hay tres maneras de ver el presente y el futuro: pesimismo, optimismo, y realismo. Para pensar en posturas opuestas recuerdo a los dos analistas de mercado que la compañía francesa de zapatos BATA envió a África a principios de los años 60 a zonas semiurbanas y rurales de Congo y de Camerún. Uno de ellos telegrafió a la central desde Kinshasa: «mercado nulo aquí todos descalzos, nadie lleva zapatos». El otro también telegrafió desde Duala: «mercado fantástico e inmenso. Todos van descalzos y necesitarán zapatos». En España el pueblo es solidario, pero las clases privilegiadas son en general poco filantrópicas. Los que más tienen son quienes más pueden contribuir a mejorar nuestra sociedad pero aún responsabilizan al Gobierno y a la Iglesia. Como el vendedor de zapatos optimista pienso al no haber apenas filantropía en España, sólo puede ir hacia arriba.

Finalmente en cuanto al mundo, junto a los riesgos de deterioro planetario, del terrorismo y de lo difícil que será el cambio de gobierno global hacia un sistema más regulado y justo que el actual de feroz capitalismo, también hay muy buenas noticias. La primera es el Papa Francisco: no sólo está cambiando la Iglesia y su percepción sino que tiene un potencial enorme para actuar positivamente sobre el mundo: juventud más preparada y solidaria que en ninguna época anterior, mejoran la salud y la esperanza de vida, los Objetivos del Milenio hasta 2015 han sido casi cumplidos en reducción de la pobreza extrema, educación primaria, y mejoras en sanidad, salud global, mortalidad infantil... y, con excepciones, se reconoce que el papel de la mujer es cada vez más fundamental en la paz y estabilidad del mundo.

En otro momento podremos hablar de problemas, que los hay y graves, tanto en España como en el mundo en general, siempre que aportemos sugerencias y posibles soluciones, pero esta visión del mundo me parecen antídotos necesarios contra el fatalismo o la creencia errónea de que «cualquier tiempo pasado fue mejor».

 

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