Una tonelada de solidaridad para la princesa Ana

Rocío, Ana y Jon posan sonrientes en el salón de su casa. :: j. m. romero/
Rocío, Ana y Jon posan sonrientes en el salón de su casa. :: j. m. romero

Ana es una niña de seis años que sufre un 65% de discapacidad y que necesita terapias para conseguir hablar y comer por sí misma

M. Ángeles Morcillo
M. ÁNGELES MORCILLOMérida

Ana es desde hace seis años la reina de su casa. Y desde hace unas semanas también se ha convertido en la princesa de Mérida. La princesa Ana, como ya la conocen muchos vecinos de la ciudad gracias a las redes sociales, es una pequeña que ha movido muchos corazones.

Gracias a las solidaridad de cientos de ciudadanos, se están recaudando kilos y kilos de tapones de plástico en todos los rincones de la ciudad para cambiarlos por dinero. Una inversión que irá destinada a algunas de las terapias que necesita recibir la pequeña.

Esta forma de ayudar a la economía familiar se les ocurrió a sus padres. Rocío Sánchez y Jon López son dos jóvenes que luchan diariamente por dar lo mejor a su pequeña, que necesita mucho más que los otros niños de su edad.

Cuando tenía cuatro meses y medio, la pequeña pilló una gripe que le dejó en coma

«Fue ponerlo en Facebook y la situación pronto se desbordó. Se puso en contacto conmigo gente de todos los sitios de España. Y también se ha volcado todo el mundo en Mérida», indica Rocío.

Las terapias que actualmente recibe Ana son logopedia, terapia ocupacional... Pero son insuficientes. La pequeña necesita más. Algo que le potencie la psicomotricidad como fisioterapia o terapia acuática. «Pero los gastos son muchos y necesitamos ayuda para desarrollar las capacidades de Ana», dice su madre.

Todas las asociaciones de vecinos de Mérida, muchas empresas, ciudadanos anónimos e incluso Ayuntamientos como el de Aljucén, Mirandilla o Calamonte se han involucrado en esta causa. También varios colectivos han organizado talleres y actividades que se destinan a este fin. «Además de sacar alrededor de una tonelada de tapones, aunque no nos reportará mucho dinero, unos 215 euros, nosotros nos quedamos con la ola de solidaridad que ha surgido en Mérida en torno a nuestra hija», explica Rocío.

Cree, o al menos eso espera, que esta campaña de recogida de tapones sea solo el inicio de otras acciones solidarias que puedan hacerse en la ciudad a favor de Ana. «Ver que tanta gente nos ha ayudado y se ha implicado en este jaleo de los tapones nos ha dado una fuerza para seguir adelante... Porque estas terapias son algo que acaban de empezar y que van a durar toda la vida. Yo me doy cuenta de que, cuanto más crece, más necesita. Y a mí me gustaría luchar por lo público para poder cuidar a mi hija. Muchas veces nos sentimos impotentes porque no podemos darle todo lo que requiere. Y se pasa mal, muy mal».

Lesión cerebral

Ana nació en agosto de 2012 en un parto normal. Era una niña muy deseada. Rocío había sufrido ya cinco abortos. Todo iba bien. Pero, estando en reanimación tomando pecho, tuvo una especie de muerte súbita, una parada cardiorespiratoria. Cuando la estaban reanimando, Ana empezó a convulsionar. Fue entonces cuando los médicos se dieron cuenta de que había lesión cerebral.

Pero la fuerza de Ana, después de muchos esfuerzos y pruebas, ayudó a que volviera a reaccionar. Tras un mes en la UCI y otro mes en neonatos, la vida de Rocío y Jon se convirtió en una dinámica de entradas y salidas constantes al hospital. En una de esas visitas le pusieron una sonda nasogástrica.

Sus padres, Rocío y Jon, han puesto en marcha una campaña de recogida de tapones de plástico para recaudar dinero

«Cuando tan solo tenía cuatro meses y medio y estaba más o menos bien pilló una gripe. Le hizo caer en coma. Los médicos nos dijeron que si salía iba a ser muy difícil. Y, por supuesto, Ana salió», relata emocionada su madre.

A partir de ese momento, todo volvieron a ser idas y venidas al hospital. Porque Ana no comía nada. Entonces decidieron implantarle el botón gástrico, una sonda de silicona transparente que se coloca a través de la piel del abdomen hasta el estómago. Sirve para alimentar, dar medicación y descomprimir el estómago. Y le operaron para evitar los reflujos que sufría. Porque al mismo tiempo que vomitaba, se lo volvía a tragar y eso le afectaba al pulmón. «Así estuvimos unos dos años. Dos años muy duros. Cualquier cosa que pillaba, aunque fuera un leve constipado, le hacía mucho daño», relata Rocío.

A esa edad comenzó a acudir a Plena Inclusión. Allí trabajaron mucho con Ana para ayudarla a ponerse de pie, a gatear, a andar. Pero no consiguió ni comer ni poder hablar. Es por lo que luchan ahora sus padres.

Ana comenzó el cole a los cuatro años y acude todos los días al Suárez Somonte. «Mi niña tiene una capacidad de aprender alucinante. Ya se sabe los números, los colores, las formas. Ahora también estamos intentando que aprenda a leer», dice Rocío. Cuenta además que, para el próximo curso escolar, ha pedido una educación combinada para su hija. Es decir, un colegio de Educación Especial para unos días y su centro actual para otros. «Aunque quieran y hagan todo lo posible, los colegios no están preparados para enseñar a estos niños. No disponen de herramientas para su desarrollo. Y creo que esta opción va a ser la mejor para Ana», dice Rocío.

Compañeros alucinantes

Reconoce que los compañeros del cole de Ana «son unos niños alucinantes que siempre están ahí para ayudarla. Tienen asumido que es una niña especial y, como tal, la tratan. Y lo mismo puedo decir de los padres y de los profesores. Me siento muy arropada por todos ellos».

Rocío cuenta que su día a día «es muy difícil». Pero lo intentan normalizar y llevar lo mejor posible. «Intentamos hacer una vida normal con Ana, aunque siempre dentro de sus limitaciones».

Aunque sufre un 65% de discapacidad, Ana tiene un nivel de comprensión «muy bueno», cuenta Rocío. «Sabe acatar las órdenes. Pero el mayor problema que tiene es que no habla, así que todo lo expresa a través de pictogramas. Muchas veces se siente impotente y se enfada mucho».

Pero no todo es malo. Porque desde hace más o menos un año toma los líquidos por la boca. Y ese es un gran paso para Ana. También fue un gran paso que la pequeña consiguiera reír y empezara a gesticular con la cara. Y aunque empezó tarde, ahora puede hacerlo. Otro gran logro. Como el de no llevar pañal y poder hacer sus necesidades como cualquier otro niño de su edad.

Rocío no trabaja y se dedica las 24 horas del día a cuidar a Ana, labor que también comparte con Jon, aunque él tiene un empleo fuera de casa, que es lo que económicamente les da para vivir. «Toda esta evolución de mi hija tiene muchísimo trabajo detrás y mucha dedicación».

Por ahora, todo el que quiera colaborar con Ana puede llevar tapones de plástico a cualquiera de las sedes que las asociaciones de vecinos tiene en Mérida.

Ana quiere hablar. Porque reír ya lo hace. Tardó en aprenderlo pero lo consiguió. Y su sonrisa es la que hace que Rocío y Jon luchen por ella cada día. Por la sonrisa de la princesa Ana.

 

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