Los años más negros de Proserpina

Los años más negros de Proserpina

Hace 25 años de la eutrofización del embalse romano que derivó en el vaciamiento casi completo de sus aguas y la retirada de un millón de metros cúbicos de lodo

MARTA PÉREZ GUILLÉN

MÉRIDA. Muchos son los que al ver el camalote apoderándose de las aguas del Guadiana recuerdan que no hace tanto o sí, 25 años concretamente, las algas camparon a sus anchas por el embalse de Proserpina. Entonces, la proliferación de las plantas acuáticas sumado un proceso de eutrofización de las aguas provocaron el mayor impacto medioambiental que hasta ahora se conoce del embalse.

Fue precisamente la acumulación de las algas lo que alertó no sólo a los bañistas, que por entonces se contabilizaban en miles, sino también al Gobierno local de 1990, encabezado por Antonio Vélez, la Junta de Extremadura y a Confederación Hidrográfica del Guadiana, que ya velaba por la limpieza de sus aguas. Un problema, el de las algas, que parecía tener relación con la presencia de unos peces carnívoros que se alimentaban de otros peces y estos a su vez de esas plantas. Parecía, hasta que Confederación confirmó, allá por junio de los años 90, que se debía a los vertidos de la urbanización ubicada en Proserpina. «Tenía que ver el factor humano, y también el animal, todo acababa en el fondo del embalse», recuerda Antonio Vélez.

Los días pasaban, el verano se echaba encima, las algas seguían multiplicándose y los peces se iban quedando sin oxígeno. Los emeritenses sofocados por los calores de la capital autonómica buscaban otras alternativas donde darse un chapuzón, mientras que el Consistorio optaba por una medida faraónica. Vélez decidió atajar el problema vaciando Proserpina, desembalsando más de tres millones de metros cúbicos de agua, según fuentes de la época, con la intención de acabar con la plaga y proceder después a la limpieza de sus profundidades.

Lodos y hallazgo

Unas quince toneladas. En agosto, dos bombas de agua comenzaban a trabajar en el vaciamiento con financiación directa del Ministerio de Obras Públicas. «Aprovechando que Josep Borrel, ministro entonces, inauguraba la presa de Alange, le dimos la lata para que nos ayudara con el problema que teníamos en Proserpina», recalca Vélez. Más de mil millones supuso dar solución a la presa romana, entre el vaciamiento que tardó cerca de un año en finalizar, la evacuación de quince toneladas de peces y la limpieza con la retirada del millón de metros cúbicos de fango concentrado en el interior del embalse. No fue hasta 1992 cuando Proserpina comenzó a lucir de nuevo limpia, eso sí vacía y con un secreto en forma de hallazgo arqueológico en su muralla.

«Cuando inicias el vaciamiento de un embalse histórico como este lo primero que te preguntas es qué habrá o qué nos encontraremos», indica Vélez, quien reconoce que fue un jarro de agua fría. «Las leyendas que circulaban por Mérida sobre Proserpina, de cuevas y demás, eran todas falsas». Aún así, no todo iban a ser malos titulares. La catástrofe medio ambiental, y que derivara en el desembalse, propició que se dejara al descubierto una presa romana anterior a Cristo.

Y si de por sí costó vaciar el embalse, mucho más que las aguas volvieran a su cauce. Así lo recuerda también José Galindo, emeritense que vive en Proserpina, quien explica que el periodo de sequía no sólo ahuyentó a los bañistas de la zona provocando una imagen desoladora. También supuso un duro palo para los que vivían de sus negocios ubicados en la presa. «Y entonces, tras una lluvia torrencial de un 30 de diciembre de 1995, Proserpina se llenó de golpe», recalca Galindo. Tan de golpe que puso en peligro la estabilidad de la presa.

Y aunque parece una historia un final no muy desacertado, lo cierto es que lo que provocó la eutrofización de las aguas continúa dándose en Proserpina. «Sigue sin haber un sistema de depuración de las aguas residuales», explica Vélez, quien no descarta que pueda repetirse la situación de los años 90 si no se pone remedio y asegura que volvería a tomar las mismas decisiones que entonces.

Casi una década tardó Proserpina en volver a la normalidad y lucir como la playa de Mérida, después de sobrevivir a sus años más negros.