Desafío al europeísmo

La renuncia de May hace que la UE deba arbitrar una pronta salida del Reino Unido para evitar que sus eurófobos la debilite

La dimisión de Theresa May al frente del gobierno británico –decisión que se consumará el 7 de junio– es la conclusión de una aventura que se ha demostrado imposible: la gestión del 'brexit' por parte de quien era contraria a la salida del Reino Unido de la UE, cuando los promotores de la ruptura se echaron a un lado tras el referéndum del 23 de junio de 2016. Se ha demostrado un contrasentido que la gobernación del ajustado plebiscito –51,9% frente al 48,1%– pasara a manos de quien se propuso atenuar sus efectos. La premier dimisionaria negoció las condiciones del 'brexit' con la UE sobre el abismo que le procuraban sus correligionarios; y ha tratado de salvar los resultados de la negociación hasta disponerse a la convocatoria de un segundo referéndum. Eventualidad inadmisible para las filas conservadoras, que en su amplísima mayoría se ven libres de Bruselas. Resulta paradójico que May se mantenga como premier unos días más para recibir a Donald Trump; cuando los designios del presidente estadounidense parecen cumplirse con el probable acceso de los eurófobos al puente de mando del Partido Conservador. Todo mientras la contraparte Laborista continúa desnortada en relación a la Unión Europea. La perspectiva de un 'brexit' sin acuerdo se abre paso de manera insoslayable. Pero ya no como efecto del marasmo parlamentario en Westminster, sino como política deliberada de un nuevo gabinete que podría prescindir, incluso, de realizar un mínimo esfuerzo para salvar las relaciones con la UE. Aunque posiblemente los eurófobos que en nombre del Partido Conservador tomen el relevo del ejecutivo de May traten de minimizar las consecuencias de una ruptura drástica mediante fórmulas de cooperación que hagan de la salida de la Unión un hecho consumado. La de ayer fue la enésima vez que los poderes del Reino Unido contrarían el proyecto europeo; pero es seguro que vendrán otras más. Empezando por el contrasentido que supondrá que la eurofobia británica ocupe un buen número de escaños en el Parlamento de Estrasburgo para socavar, en connivencia con fuerzas de extrema derecha, nacionalistas y populistas de otros países de la UE, la estabilidad de la Europa unida. Lo que obligará a las instituciones de Bruselas a arbitrar una pronta salida del Reino Unido para impedir que su presencia en la Unión debilite a ésta.