Trump cierra filas

La constante depuración que el presidente de EE UU aplica sobre quienes le rodean adquiere visos patológicos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, destituyó ayer de manera fulminante a su secretario de Estado, Rex Tillerson, en una demostración de hasta qué punto no está dispuesto a admitir el mínimo disenso en su Administración y de cómo la maneja cual si fuera una compañía de su propiedad. Entre relevos forzados y dimisiones, los apenas 14 meses que Trump lleva en la Casa Blanca han supuesto la revocación del que se presentaba como su equipo más cercano. Una semana después de que prescindiera del consejero económico, Gary Cohn, Trump se deshizo de Tillerson sin siquiera comunicárselo personalmente. Como si las evidencias de su mutuo distanciamiento fuesen suficientes para que el titular de las relaciones exteriores se diera por despedido. El presidente republicano advierte así de que no tiene tiempo que perder discutiendo su política con quienes le rodean. Su clamorosa falta de experiencia institucional y en asuntos internacionales no le impide tomar decisiones; sobre todo, cuando éstas son drásticas o desconcertantes. Le basta con un tuit. Aunque Tillerson dijo no saber cuál era el motivo de su destitución, Trump reveló que se debía a las discrepancias que mantiene respecto a la renovación del acuerdo con Irán, que el ya exsecretario ha gestionado con el apoyo de los titulares de Defensa y Seguridad Nacional frente a los recelos del presidente, y que ahora queda en entredicho. Pero la falta de sintonía se ha extendido a otras muchas vertientes de la acción exterior estadounidense, entre los que resulta especialmente llamativo el anuncio por parte de mandatarios de Corea del Sur de un próximo encuentro entre Donald Trump y Kim Jong-un sin que el presidente se encomendara a nadie de su Administración, y siempre a espaldas de Tillerson. Pero, más allá de la arbitrariedad y el exabrupto, Trump se dispone a cerrar filas depurando su Gobierno de aquellas personas que pudieran cuestionar siquiera parcialmente sus designios. Cerrar filas ante los procesos electorales que se avecinan y en los que el actual presidente no solo se juega la victoria de los republicanos en la renovación de Congreso y Senado y en la designación de gobernadores, sino que necesita que ese eventual éxito se le atribuya personalmente. Aunque se trate de una operación política a cara o cruz. Cerrar filas frente a la contestación de ciudades, estados –como California– y jueces, impidiendo que las dudas hagan mella en el Gobierno federal.

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