Otra sorpresa:Trump resiste y sonríe

El bocazas y aquí detestado presidente no ha recibidoun repaso. El retroceso sufrido es normal en estaselecciones en la historia de EE UU, como le ocurrió a Obama

INOCENCIO ARIASDiplomático

Muchos de nuestros comentaristas, reproduciendo la antipatía crónica que tienen los españoles hacia cualquier presidente de derechas de Estados Unidos («es un machista, un abusón y un descerebrado»), han reaccionado ante las elecciones del martes casi como si el resultado fuera tan humillante para Trump como la manita que el Barcelona le infligió al Real Madrid hace dos semanas (5-1). Abundan los titulares como 'Derrota personal de Trump', 'Trump pierde su plebiscito', o 'Se abre la puerta para inhabilitar al presidente'. La realidad es bien distinta. El prestigioso 'Washington Post', progresista y poco amigo de Trump, titulaba: 'Empate'. Y eso es lo que ha ocurrido: los republicanos han perdido la mayoría en la Cámara de Representantes, pero han reforzado levemente la que ya poseían en el Senado, cuyo control, para muchos, es más importante.

El bocazas y aquí detestado presidente ni siquiera ha recibido un sorprendente e inopinado repaso. El repaso no existe, ha conservado el Senado y bastantes gobernadores de los treinta y tantos Estados en los que se escogía el puesto de jefe del Ejecutivo, un lugar vital para influir en las presidenciales de 2020. E inopinado menos aún; el retroceso es normal en estas elecciones en la historia política de EE. UU.: el partido del presidente pierde terreno en estas convocatorias, en una o en las dos Cámaras. El venerado Obama, su partido, reculó en ambas en 2010, perdió 63 escaños en la de Representantes y 6 en el Senado. Por tanto, pongamos que ha habido un empate o un atasco como apunta otro medio de información; un tercero señala que la ola azul (el color de los demócratas) ha resultado ser un pequeño remolino, una olilla. Ningún bando puede estar eufórico y en comentarios de sus dirigentes hacían ayer de la necesidad virtud.

Los demócratas, escaldados de la elección que perdió Hillary Clinton, no han subestimado a Trump como hacemos en Europa. Su nivel de aceptación, no muy alto, está en un 44% que para sí lo querrían algunos de nuestros líderes. Han aludido ciertamente al carácter impulsivo y machista del presidente, y a sus repetidas mentiras, rasgos que han movilizado a mujeres irritadas con sus exabruptos. Pero Trump también tiene partidarias –por primera vez entre los 425 miembros de la Cámara de Representantes hay 100 mujeres–, y han focalizado sus denuncias en cuestiones sensibles para el electorado, como una atención sanitaria costeable para los mayores, dado que en EE UU no hay un sistema sanitario que abarque a la mayoría de la población.

La sanidad y la emigración eran los temas que más preocupaban a los votantes. Trump ha explotado con fuerza y demagogia el asunto de la caravana de hondureños que quiere entrar en el país. Sabe que la inmensa mayoría de sus compatriotas, incluida la oposición, rechaza sin vacilación la entrada de ilegales, no la concesión de asilo político, y se pregunta por qué todos los desamparados centroamericanos han de ser admitidos sin más en Estados Unidos. Los demócratas, conscientes de que la izquierda radicalizada no vende –un político tildado de socialista que ellos traducen como comunista produce rechazo–, han escogido como candidatos a moderados, lo que aquí sería un centrista. No les ha ido mal. Buena indicación para 2020.

Trump ha hecho un gran esfuerzo personal en la campaña –con el mayor presupuesto de la historia para ambos bandos: lo gastado en unos pocos distritos californianos superaría con creces lo desembolsado en unas generales en España– y se ha pateado 11 estados claves en 8 días, lo que también le ha sido rentable. Artistas y cantantes millonarios se han volcado con los candidatos, más con los demócratas. A veces con resultado desconcertante. La cantante Taylor Swift –112 millones de seguidores en internet– apoyó sin ambages a la candidata demócrata para senadora de Tennessee, la señora Bredesen. Ha sido vapuleada, 10 puntos de diferencia, por la republicana Marsha Blackburn. Otro gran derrotado es el activista y carismático demócrata Beto O'Rourke, que ha mordido el polvo para senador por Texas a manos del cubano-americano Ted Cruz, antiguo rabioso enemigo de Trump en las primarias de su partido, y ahora reconciliado. Los candidatos negros progresistas han logrado resultados honrosos en el Sur, un signo alentador, pero tampoco ha habido una ola de color.

¿Qué pasa ahora? Trump no debe tener ningún berrinche mortal, hace días no vaciló en admitir que quizás perdería la Cámara de Representantes, pero tampoco puede brindar con un cava caro. Esa Cámara tiene el poder de crear comisiones de investigación, aunque habrá por ver hasta dónde llegan porque aunque el presidente es detestado por muchos demócratas la disciplina de voto no existe en aquel Congreso. Bush y Obama no pudieron aprobar importantes proyectos porque había miembros de su partido que no les seguían o votaron en contra. Con todo, si crean un comité que escudriñe en los impuestos del presidente o si el investigador especial de la conexión rusa con Trump aflora cosas comprometedoras la Cámara las pregonará y la reelección se volvería más comprometida.

Haber salvado el Senado le da tranquilidad. Allí se aprueban ciertos nombramientos, de ministros, embajadores y hasta los importantísimos de miembros destacados de la judicatura, el vital Tribunal Supremo, por ejemplo, y esa Cámara tiene la última palabra en el deseado en España 'impeachment'. Si se pretendiese iniciar el procedimiento de inhabilitación, la señora Pelosi, republicana y posible presidente del Senado, –que debe aprobarla por mayoría de dos tercios–, ha indicado ya que no cree que sea conveniente. Algo altamente improbable, para decepción de alguno de nuestros columnistas, a no ser que se descubriera que ha cometido traición o un delito grave. Tener más de 50 senadores y la oposición 48, cuando los que quieren derrocarte necesitan 66, te produce calma. Un empate pues aunque cause perplejidad.

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