Maduro, en caída libre

Venezuela ha de transitar hacia la democracia plena mediante elecciones presidenciales libres y supervisadas por observadores

Las dos últimas respuestas que Nicolás Maduro y el régimen chavista han dado a la profunda crisis que atraviesa Venezuela y a la proclamación parlamentaria de Juan Guaidó como «presidente encargado» muestran el carácter dictatorial de su poder y, al mismo tiempo, las dificultades que presenta el tránsito a un sistema de libertades. La orden judicial prohibiendo que el presidente del Parlamento abandone el país, haciéndose cargo de sus bienes y congelando sus cuentas bancarias, confirma la naturaleza antidemocrática del poder que irradia el Palacio de Miraflores. La disposición de Maduro a dialogar sobre una disolución del Parlamento para dar paso a nuevas elecciones legislativas, refleja hasta qué punto la tenacidad autoritaria puede llegar a confiarse en su propio cinismo. Las movilizaciones de ayer evidenciaron que la situación es insostenible para Maduro y los suyos. Pero ello no significa que los reconocimientos de Juan Guaidó como presidente –tanto los expresados hasta la fecha como el anunciado por parte de los países de la UE, comenzando por España– comporten la inmediata caída de su régimen. El autoritarismo populista y violento con el que Maduro insiste en perpetuar el chavismo como opción única de gobierno, haciéndose con el poder judicial y ninguneando al legislativo, solo puede venirse abajo por implosión. No es casual que el propio Guaidó se haya empeñado en erigirse en «presidente encargado» en virtud de las previsiones contenidas en una Constitución promovida por el chavismo; o que tras las medidas impuestas por el Supremo contra la libertad y los derechos personales del presidente del Parlamento de la República, él mismo advirtiera de que el chavismo es una fuerza política ineludible para dibujar el futuro próximo del país. Maduro se atrinchera, consciente de que la soberanía territorial le asegura la permanencia en el poder frente a la presión internacional, y de que la aguerrida defensa que los afectos al régimen harán del mismo –y de sus particulares privilegios– le concede algún margen de ventaja frente a los requerimientos de unas elecciones presidenciales inmediatas. Es imprescindible que la comunidad internacional comprometida con la democracia no deje duda alguna respecto a la condena sin paliativos de su ejecutoria y del régimen en su conjunto. Pero el objetivo inmediato ha de ser la convocatoria de elecciones presidenciales libres y supervisadas por observadores, para pasar página de casi tres décadas de autoritarismo y de corrupción gubernamental anterior en Venezuela.