Con el horizontea la espalda

Europa necesita una postura firme y unitaria frente a quienes esconden sus propósitos bajo el manto del euroescepticismo

ANTONIO GUTIÉRREZ LIMONESportavoz de la Comisión Mixta Congreso y Senado para la UE

En su libro 'Retropía', Zygmunt Bauman describe el estado de ánimo de una sociedad que ha dejado de creer en el futuro y se considera incapaz de conformar su porvenir. En palabras de Bauman, «la imagen de un progreso imparable presagia para ellos una amenaza de pérdida, más que un augurio de nuevos logros y de subida de posiciones en el mundo; hoy se la relaciona más con la degradación social que con el avance y los ascensos». Si el futuro se percibe como un espacio lleno de amenazas, la salida es refugiarse en el pasado, en una realidad imaginaria a la que aferrarse frente a esta «amenaza de pérdida» en la que se ha convertido el horizonte vital de muchas personas. Parte de nuestras sociedades añoran un pasado idealizado y fían buena parte de sus expectativas de mejora a un proyecto político de «restauración» de un mundo que, en la mayor parte de los casos, jamás existió.

Multitud de ensayos denuncian proyectos políticos basados en el miedo que irrumpen con fuerza en todo el mundo, cuestionando –en nuestro caso– los logros del proyecto político europeo con 'placebos' identitarios y promesas de seguridad. Intelectualmente no parece haber problema en desmontar los proyectos políticos populistas o xenófobos. Nos avalan los valores y logros de una Europa que se conjuró para dejar atrás las guerras promoviendo la democracia, el comercio y los derechos sociales. Pero, incluso desde el ámbito puramente doctrinal, la realidad resulta algo más compleja y la democracia, el comercio, el cosmopolitismo y otros valores centrales de nuestro proyecto están en riesgo por un motivo pocas veces enunciado: nuestras instituciones son construcciones sociales, no elementos de la naturaleza, sus raíces se nutren de los valores de nuestras comunidades, no en la naturaleza humana, y tal vez no lo hemos recordado lo suficiente.

Somos el esfuerzo consciente por salir del tribalismo, no la victoria definitiva sobre el mismo. El desafío, como dice Kwame A. Appiah, «es tomar la mente y el corazón formados a lo largo de los milenios en que vivimos en pequeñas comunidades, y equiparlos con ideas e instituciones que nos permitan vivir juntos como la tribu global en que hemos devenido». A esa dificultad, que exige una constante lucha por mantener vivos los valores que nos han permitido disfrutar de paz y prosperidad, se debe unir el reconocimiento de la realidad; algo estará pasando para que millones de personas, en todo el mundo, se vean dominados por la inseguridad.

El común de los estudios señala que la globalización y la extensión de la tecnología han conllevado, en las economías más prósperas, un incremento de la desigualdad y pérdidas en la calidad de los puestos de trabajo. «A medida que han transcurrido los años y la economía mundial ha continuado creciendo, ha quedado claro que la parte más ardua de alcanzar la utopía no consiste en averiguar cómo producir más. Eso lo hemos conseguido. La parte más ardua es la redistribución de la riqueza» (Ryan Avent. 'La riqueza de los humanos: El trabajo en el siglo XXI'). La UE vive momentos difíciles, una crisis existencial y una crisis social consecuencia de la crisis económico-financiera del bienio 2008-2009 y sus políticas de austeridad. Necesitamos un nuevo contrato social que dé respuestas a los que sufrieron y sufren sus consecuencias. Especialmente los jóvenes, que son la principal diana de los populismos.

Puede lamentarse que muchas sociedades están orientándose hacia soluciones políticas que prometen soluciones simples a problemas complejos; aducirse incluso que tales propuestas tienen referencias históricas acreditadamente desfavorables, por usar un término contenido. Con enorme probabilidad esto no bastará para afrontar nuestros problemas. El mundo que comparte nuestros valores se enfrenta, de nuevo, al reto de los irredentismos identitarios y España tiene una enorme responsabilidad, es el país de referencia en el sur de Europa; y, con Alemania y Francia, debe conformar el eje central de la construcción de la nueva Europa. El presidente del Gobierno ha expresado de manera reiterada que el proyecto europeo está en el corazón de la acción gubernamental.

Los populismos nunca tienen un final feliz. Da igual que sean de derechas o de izquierdas, siempre empiezan igual, con una farsa o una gran mentira, y concluyen en desastre o en algo aún peor, en tragedia. Tenemos, desgraciadamente, ejemplos presentes y pasados. A cuantos hoy cuestionan nuestros logros colectivos les pediría que indicaran cuál es su país de referencia, qué sociedades se han regido por sus principios, qué tipo de vida en común han construido… Son propuestas que suelen carecer de contraste. En Europa, la Democracia Cristiana o la Socialdemocracia, por ejemplo, pueden presentar un catálogo de contribuciones al bienestar de nuestras sociedades. Otros hacen afirmaciones sin base, que se desvanecen –el caso del 'brexit' es paradigmático– apenas empiezan a formularse las cuentas. Será más fácil clarificar los mensajes, si decidimos sobre los problemas uno a uno, si votamos qué queremos hacer con la frontera de Irlanda en lugar de hacerlo sobre un «pantano de emociones» como el 'brexit'.

Pero Europa, quienes la han construido, deben reaccionar. Los motivos de los problemas están razonablemente identificados, la crisis económica y la política migratoria deben tener una respuesta en positivo: un programa de crecimiento y una política migratoria común. Solo todos juntos podremos superar esta situación. No basta con denunciar a quienes fomentan e instrumentalizan el miedo y los problemas, tenemos que ser parte activa e ilusionada de la solución.

Europa necesita una postura firme y unitaria frente a quienes esconden sus propósitos bajo el manto del euroescepticismo. No podemos permitir que se erosionen nuestros valores fundacionales: Paz, Democracia y Libertades. En primavera afrontamos unas elecciones que, en muchos sentidos, serán un referéndum sobre Europa. Ya no es suficiente el consenso pasivo. Ahora hay que tomar partido entre una civilización que ha traído a Europa paz y bienestar; o la vuelta, camuflada, a los peores momentos de Europa. Debemos decidir si queremos vivir en sociedades libres y abiertas o en sociedades cerradas. De eso se trata.

 

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