Hoy

TRIBUNA

Refugiados, el mundo del dolor y de la incomprensión

EN el tomo III de 2007 de la 'Revista de Estudios Extremeños' publiqué un extenso trabajo sobre el exilio extremeño en México, en colaboración con el dirigente socialista y sindicalista Antonio Rodríguez Rosa, exiliado en aquel país, tras la Guerra Civil española de 1936-39.

Por los testimonios de este histórico republicano, los otros muchos que recogí entonces y la bibliografía y documentación que consulté, pude palpar el dolor de aquellos refugiados, huidos a través de la frontera con Portugal, el norte de África y, principalmente, por los Pirineos hacia Francia.

¿Qué les esperaba en las tierras de «acogida»? En el Portugal salazarista de entonces, la más que probable devolución a la España franquista. En el norte de África dominada por Francia y en este mismo país vecino (a donde se dirigió casi el 90 % de los más de 500.000 exiliados), las condiciones más penosas de miseria, incomprensión y dolor.

Isidro Fabela, diplomático mexicano, denunciaba en un extenso informe de 1939: «En Argelès (sur de Francia) se concentraron aproximadamente 100.000 hombres. Esta enorme avalancha humana quedó instalada frente al mar, sin otro límite que la playa y una cerca de alambre con púas fijadas en una extensión de dos kilómetros y medio de largo por uno y medio de ancho».

Tampoco la posterior acogida en Rusia y en México, así como otros países latinoamericanos, fue un «camino de rosas», sino que al sufrimiento del desarraigo, la separación familiar, la pérdida de seres queridos en la guerra. se unió la falta de comprensión y solidaridad incluso de gente cercana en los lugares de acogida. El gran poeta exiliado León Felipe lo retrata en unos versos desgarrados: «los españoles del éxodo de ayer / que hace cincuenta años / huisteis de aquella patria vieja para no servir al Rey / y por no arar el feudo de un señor. / y ahora. nuevos ricos, / queréis hacer la patria nueva / con lo mismo, / con lo mismo / que ayer os expatrió».

Esa es la historia de la gente sencilla, que sufre la ignominia y ha de huir hacia un destino inseguro donde no se les quiere, y que ahora contemplamos en aquellos que nos llegan desde distintos territorios de África en conflicto tras el abandono de las potencias coloniales de Occidente; de las naciones del Oriente Próximo, que han tenido la «mala suerte» de estar geoestratégicamente situados en un lugar excepcional y además tienen codiciadas reservas de petróleo.

Nuestros campos de internamiento, nuestras «alambradas» están situadas en los bordes del conflicto: Grecia, Croacia, Eslovenia, Turquía. que han de hacer de «muro de contención», de escenario donde se representa el espectáculo trágico de la deshumanización.

Los gobiernos de Occidente (que tanta responsabilidad tienen en la inestabilidad de estos territorios) discuten qué hacer con tal cantidad de refugiados, en tanto los empujan al abismo. Y así, asistimos a diario a las escenas más brutales de contención de masas humanas desesperadas, concentración en zonas insalubres, cargas policiales contra los más desesperados, desolación y muerte de inocentes, entre los que los niños se están llevando la peor parte.

Ahora como entonces, como siempre. Las lecciones que nos da el pasado sirven de poco, de nada incluso, porque por encima de cualquier otra consideración va primando -en los que todo lo manejan y dirigen- el egoísmo, la más inhumana insolidaridad. Decimos muchas veces: «hay que conocer los errores de la historia, para no repetirlos»; pero parece que conocemos los errores de la historia para empeñarnos en profundizar aún más en los terribles despropósitos que tanto -al estudiarla- nos asombran.