Una 'influencer' muy poco influyente

Arii, la 'instagramer' estadounidense, en una visita a París. :: r. c./
Arii, la 'instagramer' estadounidense, en una visita a París. :: r. c.

Arii tiene 2,6 millones de seguidores pero no ha logrado vender 36 prendas de su colección de ropa. «Soy irrelevante», se lamenta. El brillo de las estrellas de Instagram es cada vez más cuestionado

I. CUESTA

Ala joven estadounidense Arii, una de las muchas 'influencers' que pueblan el planeta mostrando a sus 'followers' lo que deben hacer, pensar y comprar, el tiro le ha salido por la culata. Con nada menos que 2,6 millones de seguidores en su cuenta de Instagram a sus tiernos 18 añitos, creyó que era el momento perfecto para lanzar su propia marca de ropa, comenzando con una bonita colección de camisetas. El problema, tal y como ella misma ha contado, es que su supuesta capacidad de liderazgo sobre tan nutrido grupo de admiradores resultó ser muy inferior al previsto. A pesar de sus cada vez más desesperados llamamientos, Arii no pudo conseguir ni tan siquiera el mínimo de pedidos -36-que le exigía el fabricante para comenzar a confeccionar las prendas y realizar los envíos. Tamaño fracaso, además de dejar a la chica al borde de una depresión, ha reabierto el debate sobre las burbujas que algunos 'influencers' hinchan en sus propias cuentas y su poder real de crear tendencia.

El prestigio de Arii sufrió un durísimo golpe cuando decidió sincerarse en las redes sociales. «Hola. Me rompe el corazón tener que escribir este 'post'. Sabéis que lancé mi propia marca de ropa. Entregué mi corazón para conseguirlo. Para la sesión de fotos, además de alquilar un estudio profesional, traje en avión a un fotógrafo y a una artista de maquillaje, la planeé durante semanas, y tengo tanta suerte que conseguí que mis amigos realizaran el diseño», desgranó en Instagram. «Sin embargo, la empresa contratada para la fabricación de las prendas condiciona su trabajo a los resultados de tu primera venta tras el lanzamiento. Para poder enviar las órdenes y hacer mis productos, incluso para poder seguir trabajando con ellos, tenía que vender al menos 36 piezas».

¿Se pincha la burbuja?

No parecía un reto difícil de superar para alguien con tal legión de acólitos. Y, sin embargo, apenas consiguió 27 desganados pedidos. «Estaba recibiendo tan buenas impresiones de personas que se mostraban fascinadas con lo que veían y que decían que iban a comprar... Sé que la gente está ocupada y no puedo ser la prioridad número uno, pero pensé que me apoyarían», se lamentaba la 'influencer', antes de concluir, amargamente, que nunca creyó ser «tan súper irrelevante».

Arii destilaba autocompasión cuando desvelaba la traición de amigos con capacidad de movilización en las redes a los que envió paquetes promocionales y les pidió que le ayudaran a comercializarlos. «Sé que suena rencoroso -añadía atinadamente-, pero yo he apoyado la música y todo lo que me ha pedido todo el mundo y ni siquiera nadie compartió mis publicaciones; y eso que lo único que les pedí era eso».

Para colmo de males, su letanía de agravios, en vez de cosechar simpatías y consuelo, solo obtuvo mofas y 'memes' en las redes que la han obligado a retirarla.

La historia de Arii recorre hoy un mundo que se pregunta si la burbuja de los 'influencers' se está desinflando. Por el momento, parece que no: el dinero que mueven, sólo en España, supera los 37 millones de euros anuales. Mucho más, por ejemplo, de lo que consigue hacer el cine en este país.

Sin embargo, este caso pone de manifiesto que su capacidad real de movilización, especialmente en términos económicos, es cuestionable. Y también que detrás de algunas de las supuestas reinas y reyes de Instagram hay mucho fraude; no solo por el conchabeo habitual de favores y promociones mutuas que se refleja en la nota de Arii, sino también porque pone en entredicho sus cifras reales de seguidores.

Un asunto tan serio como para que Instagram haya comenzado ya a utilizar herramientas que detectan y eliminan cualquier tipo de comentario, 'like' o 'follow' proveniente de cuentas que utilicen servicios de terceros para engordar ficticiamente sus cifras. Lo tiene difícil: el mercado acaba de rendirse a lo que ha bautizado como 'microinfluencers'; sujetos con entre 10.000 y 100.000 seguidores, con comunidades mucho más fieles.