Córteme el pelo, pero, por favor, no me hable

Hay peluquerías que atienden a las clientas sin dirigirles la palabra./
Hay peluquerías que atienden a las clientas sin dirigirles la palabra.

L. GÓMEZ

Todo empezó en una lujosa peluquería de Gales que instauró la modalidad de la 'silla silenciosa'. A este negocio bien se le podría promocionar con el lema '¡Silencio... se peina!'. Entre secadores, champús y peines, hay una clientela a la que le gusta que le corten el pelo, arreglen las puntas o simplemente le tiñan las mechas sin tener que darle a la lengua o perder el tiempo en conversaciones insulsas.

En el salón de belleza Aveda Bauhaus de Cardiff son conscientes de que el sosiego reclama su tiempo y que hay muchas personas a las que no les gusta nada que le den palique. Por eso sus tratamientos silenciosos tienen como protagonistas a peluqueros que se dedican al arte de las tijeras sin decir ni mu.

Scott Miller, el propietario de este singular salón, no es ningún suicida ni tiene intención de echar por la borda su negocio. Ha llegado a la conclusión de que una «pequeña conversación» entre cliente y estilista es absolutamente necesaria, pero suficiente. «Entendemos que las personas llevan vidas ocupadas todo el día y que deseen algo de alivio cuando llegan donde nosotros -argumenta-. Se supone que un viaje a la peluquería es relajante y, aunque para algunas personas eso significa ponerse al día con lo que está sucediendo en sus vidas, no todos se sienten cómodos con una pequeña charla».

Saborear el silencio

La propuesta de Miller ha llegado a España. José Miguel Gallardo, fundador y alma de TeaCut, un establecimiento de Sevilla, ha seguido sus pasos. En su local los clientes reservan su asiento 'sin palabras', discuten el corte deseado y luego saborean el silencio, cerrando lo ojos y relajándose.

De imponerse esta tendencia, es posible que se acabe con la (mala) fama que persigue a muchas peluquerías, donde supuestamente se cuchichea de todo quisque. Según Gallardo, cada vez quedan más lejos aquellos tiempos en los que los clientes consideraban a sus peluqueros una especie de psicólogos «aficionados» con los que mantenían conversaciones profundas y trascendentales. Quizá sin pretenderlo, Miller ha puesto sobre la mesa un debate: ¿las peluquerías deben convertirse en una especie de balneario o seguir siendo esos lugares donde se habla de todo y de casi todos? Las 'sillas silenciosas' tienen mucho que decir al respecto.

 

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