Leiva: «Hay guitarras hechas para ti, y yo he encontrado la mía»

Leiva: «Hay guitarras hechas para ti, y yo he encontrado la mía»

CARLOS BENITO

Leiva no ha olvidado sus primeras guitarras, que en realidad ni siquiera eran suyas. Su hermano mayor, Pablo, que le saca seis años, era «un melómano» que poseía dos instrumentos: una española y una eléctrica con un amplificador pequeñito, de marca Sinmarc. «En serio, la marca era Sinmarc, así que imagínate», se ríe el músico. El Leiva adolescente tocaba la batería, pero se fue acostumbrando a dar tientos cada vez más frecuentes y a menudo clandestinos a las guitarras de su hermano, allá en el piso familiar de la Alameda de Osuna, al noroeste de Madrid.

El regalo más bonito

«La española me la dejaba, pero la eléctrica y el ampli tenía que usarlos a escondidillas, no le molaba mucho. Yo la cogía cuando él no estaba y se la afinaba, porque encima el cabrón era muy malo y la tenía siempre desafinada», recuerda. Cada uno de aquellos instrumentos tuvo su importancia en la trayectoria de Leiva: con la acústica aprendió acordes y empezó a dominar el arte de construir canciones, mientras que la eléctrica le hizo, en cierto modo, sentirse roquero. «Con 13 años, estaba yo tocando encima de los discos: la primera canción que me aprendí fue el 'Light My Fire' de los Doors y después el 'You Really Got Me' de los Kinks, las cosas más facilitas, aunque una de las que más ilusión me hizo sacar fue 'Always On The Run', de Lenny Kravitz».

La española acabo 'heredándola' y todavía anda por ahí, hecha polvo por los años y el uso, en una casa que Leiva tiene en el campo. ¿Y cuál fue la primera guitarra suya de verdad? «Una Telecaster que no era Telecaster, una imitación Squier, porque el precio de una Telecaster de verdad era absolutamente inalcanzable para mí. Me marcó una dirección, porque después siempre he tocado ese modelo. Cuando he podido permitírmelo, me he comprado muchas Telecaster». Aquel instrumento se acabó perdiendo en un lance de juventud. «No la conservo, no. En aquella época, mi barrio era muy musiquero y hacíamos trueque: aquella guitarra la cambié por una batería Thunder. Nos íbamos intercambiando instrumentos unos a otros, ni siquiera nos los vendíamos».

Actualmente, Leiva ha acumulado una bonita colección de una treintena de guitarras, pero dos de ellas se han vuelto especiales para él y han acabado convirtiéndose en sus fetiches. De alguna manera, reproducen aquel esquema que se forjó en su infancia, la doble vía hacia la música que le abrieron las guitarras de su hermano. Una de ellas es una acústica Gibson J-200. «Es grande, como la de Elvis, del año 70 y pico. Se la compré a un ginecólogo gallego que colecciona guitarras antiguas y es muy amigo mío: de vez en cuando, me voy a su casa y le compro alguna, o cambiamos. Con esta empecé a hacer canciones de verdad: es con la que escribo y nunca la saco de casa».

Alguna camarera

Su otra guitarra talismán es un caso peculiar, porque la relación entre ambos empezó como un amor de alquiler. «Sí, es una Telecaster blanca que yo alquilaba en una tienda de Madrid que se llama Call & Play. Mira que tengo muchas Telecaster antiguas, caprichos que me ha costado buscar, conseguir y arreglar, pero esta es una Telecaster de los 90, normal: es la guitarra más barata que tengo y es con la que siempre toco, la que nunca me falla, la que me da exactamente lo que quiero. Con ella toco y grabo, nos hemos hecho inseparables y estoy siempre con ella». Tuvo que insistir mucho en la tienda para que accediesen a vendérsela, por unas doscientas mil pesetas, pero lo logró porque resultaba evidente que estaban hechos el uno para el otro.

«Sí, es que hay guitarras hechas para ti, que solo encuentras una vez en la vida, y yo he dado con la mía. La tengo reventada por detrás por los golpes con mi cinturón». ¿No habrá llegado al extremo de ponerle nombre, verdad? «De momento no, pero algún día que me enamore mucho de una camarera le pondré su nombre».

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