Zozobras primaverales

Estoy convencido de que antes de su entrada triunfal y programada, manda por delante bocanadas de su naturaleza empachosa para que nos vayamos preparando

Zozobras primaverales
JAIME ÁLVAREZ BUIZA

Hace muchos, demasiados años, cuando vivíamos en la calle del Obispo, teníamos un vecino que sentía un terror irrefrenable a las tormentas. Quizá por ello había desarrollado un sexto sentido y lograba presentirlas hasta tres o cuatro horas antes de que se presentaran. Nunca fallaba. Lucía a media mañana un sol esplendoroso y él, sintiendo que se le erizaban los pelos de la nuca, angustiado y descompuesto, vaticinaba: «Me cago en mi suerte puñetera: hoy va a haber tormenta. ¡Y de las gordas!». Y, efectivamente, a más tardar en la siesta, se abrían lo cielos y el dios del Antiguo Testamento lanzaba toda su furia contra nosotros. Antes de que se declarara el cataclismo, y con la imperiosa necesidad de estar rodeado de gente que solapara su pavor, el zahorí de las borrascas ponía rumbo a la cafetería 'La Marina', y allí se apalancaba hasta que el Yahvé iracundo se adormecía, seguramente cansado de atormentarnos. Traigo esto a colación porque algo parecido me pasa a mí con la primavera, estación a la que detesto sin paliativos. Parecería, a simple vista, que lo tengo mucho más fácil que él porque el calendario es el calendario y se sabe cuándo, astronómicamente, hará acto de presencia. Pero no es de equinoccios de lo que estoy hablando, ni de rigidez de fechas y horarios, sino de espíritu, de esencia melosa y presentida. Este año, según el Instituto Geográfico Nacional, la maldita ha hecho su entrada el miércoles 20 de los corrientes, a las 22 horas, 58 minutos, hora oficial hispano-peninsular. Pero yo llevo barruntándola y sufriendo sus estragos desde el mes de febrero. Porque estoy convencido de que antes de su entrada triunfal y programada, manda por delante bocanadas de su naturaleza empachosa para que nos vayamos preparando, y debo de tener ese sexto sentido del que hablaba para detectarla e, incluso, para somatizarla.

La sintomatología de este caso de prognosis posesiva viene a ser la misma año tras año. Empieza con un ligero tembleteo de los párpados, a veces alternativo, a veces sincrónico, acompañado de un malestar indefinible y móvil, una angustia imprecisa que, con frecuencia y para agravar el cuadro, alimenta hipocondrías yacentes. Eso conlleva la activación de mi ciclotimia crónica que, entonces, alcanza una virulencia extrema tanto en el grado como en la velocidad de sus oscilaciones y me hace pasar, sin solución de continuidad, de estados de un nerviosismo misantrópico casi histérico a otros de un abatimiento supino. Como es de suponer, ante semejante cúmulo de calamidades, mi humor sufre cambios bruscos e imprevisibles, siempre dentro de unos límites en los que no baja de los de un perro acorralado. Esta lamentable situación dura hasta que la susodicha eclosiona y se pavonea por calles y esquinas con todo su poderío edulcorante. Es, llegados a este punto, cuando estos males emocionales hacen crisis y mi mermada estabilidad psíquica va poco a poco normalizándose. Gracias a eso puedo dedicar todos mis esfuerzos a defenderme de los asaltos exteriores que se avecinan, segunda fase de esta operación de aniquilamiento que la naturaleza emprende contra mí cada año.

Las primeras avanzadillas de estos ataques son llevadas a cabo por el ejército de innumerables bichos asquerosos, voladores y reptantes, que aparecen con los primeros calores. Moscas, moscardones, avispas, abejas, abejorros, tábanos, mosquitos, avispones, chinches, hormigas, cucarachas, garrapatas, arañas, morgaños, chicharras, 'langostos', orugas y otros tantos más cuyos nombres ignoro, campan a sus anchas por tierra, mar y aire sin otro propósito que no sea mortificarme. A veces voy por las calles en un puro respingo intentando esquivar los embates de estas legiones de sabandijas. Respingos que, en ocasiones, acompaño con manoteos compulsivos alrededor de mi cara para espantar presencias urticantes reales o imaginadas. Después, o al tiempo, viene la agresión olfativa. ¿Hay un olor más repugnantemente empalagoso que el de las mimosas en flor? Pues sí, el de las mimosas unido al de las florecillas del cinamomo. Es una sobredosis almibarada que me lleva al borde del sopitipando. Peor que una sesión continua de Alejandro Sanz. Si a ello añadimos que hay criaturas omisas en el aseo que ignoran que en esta época, con la excitación de testosteronas y progesteronas varias, además del sudor, se activa el rezume de otros fluidos corporales a los que hay que combatir con ración doble de agua jabonosa, y que esta dejadez de la higiene les hace exhalar un penetrante aroma acre, la mezcla odorífera y confluyente de lo melifluo y lo agrio puede llegar a ser insoportable hasta la basca o la narcosis. De modo que ahí me verán por la calles de Badajoz, entre quiebros compulsivos, manotazos histéricos y amagos de vómito, presa de vahídos espasmódicos.

Si todo lo anterior no fuera suficiente, aún me queda por aguantar la suprema cursilada de aquellos que se empeñan en mezclar, en un revoltijo tópico y absurdo, primavera con poesía. No sé a quién pudo ocurrírsele semejante estupidez antiestética. Y antipoética. Al tal resabido lo condenaría yo a vivir en una constante efervescencia de verdor y olores nauseabundos, rodeado de bichos repugnantes, asediado por una bandada de pajarillos cagones y leyendo a Amado Nervo y a Rafael Pérez y Pérez por toda una eternidad. O incluso por dos eternidades, primo.