En zafra tuvo que ser

En zafra tuvo que ser
ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

Jamás necesité excusa alguna para ir a Zafra. En bastantes ocasiones he interrumpido un viaje para pasear un rato por sus calles, respirar sosegadamente el aire de la historia en sus plazas -la chica y la grande- y dedicarle un guiño a la Virgen de la Esperancita en el Arquillo del Pan. Zafra, Sevilla la chica, es una de las pocas obsesiones sanas que, a estas alturas, me quedan. Y en Zafra tuvo que ser.

Pues resulta que en mi actual revoltijo de vida nómada me caducó el carné de identidad y, tras estudiar concienzudamente eso de la «cita previa» resultó que en la oficina de Zafra era en donde antes podían resolverme la cuestión. Y allí que me fui a punta de mañana, encantado de haber encontrado la excusa perfecta para volver. Puntualidad, atención irreprochable, aséptica profesionalidad. Ya ni te manchan los dedos en el tampón; ahora todo se escanea, los dedos, el alma, hasta el pensamiento imagino. ¡Con lo que a mí me gustaba eso de salir de comisaría con los dedos entintados, exhibiendo la marca del presunto delincuente que todos llevamos dentro! Sonrió amable al agente entregándome el documento: «Bueno, éste ya es el permanente; ya no tendrá que renovarlo nunca» «No parece una buena noticia» «Hombre, lo es que usted ha llegado a dónde no llegaron otros» «Ya. Gracias. O sea que ya soy oficialmente desecho de tienta» «Bueno…no tanto, digamos que se le autoriza a jugar la prórroga; suerte amigo, que llegue usted a los penaltis».

Y así con mi condena al bolsillo, convertido de golpe en excedente de cupo me llegué hasta el retablo del Arquillo. «Ya ves zagala, que me han dado la verde como en la mili y además en tu pueblo». Cosas de la edad, me pareció que la Esperancita me sonreía. No era hora de bares, ni quizá me hubiera atrevido en mi nuevo estado, temeroso de que algún desahogado mozalbete en función de barra hubiera osado recibirme con un «¿qué va a ser abuelo?». Y «a más a más» -como dicen en algún condado aragonés- imagínense si por mano de pecado decidiera subir a un autobús, o al metro o a algún tren extremeño cuando los hubiere y alguna real moza, en lugar de hacerme ojitos o mirar el paisaje, se levantara solícita ¡y me cediera el asiento! Se me pone la carne de gallina sólo de imaginarlo. Aún recuerdo el disgusto de mi hija en el colegio cuando una deslenguada monjita le aseguró que su padre no era inmortal como aseguraba. La muy urraca. Tuve que tirar de mi viejo manual de «el muchacho bien educado» para no enviarle sacrílego recado. Y ahora resulta que el mismísimo padre putativo en modo de legislador se atreve a marcarme con el punto final con tal desvergüenza que me ha borrado hasta la fecha de caducidad como ciudadano. Intentaré tenerlo muy en cuenta a la hora de pagar, que para eso sí que valgo, al parecer.

Más, una vez pasado el sofoco y quizá iluminado por mi Esperancita, di en mirar el nuevo carné para comprobar que, quizá como una gamberrada informática - «en el sistema» no cabe la eternidad- figura como fecha de validez el ¡uno de enero del año 9.999! Acabáramos. Volví sobre mis pasos y cuando al amable agente me preguntó que deseaba le aseguré que acudiría puntualmente en tal fecha para hacer la renovación y que confiaba en que me atendiera él mismo. «Pierda cuidado caballero, aquí estaré» Y quedamos para en Zafra y en tal fecha. Que se chinche la monja.

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Zafra, Dni