Los yayo 'indepes' y los yayo viajeros

Carteles anunciando excursiones a Zugarramurdi y a otros lugares en una marquesina de autobús. :: A. T./
Carteles anunciando excursiones a Zugarramurdi y a otros lugares en una marquesina de autobús. :: A. T.

Los jubilados lo mismo viajan a las 'manifas' del procés que al pueblo de las brujas

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Entrevistan en la radio a un grupo de señoras jubiladas de Lleida. Explican que ahorran cada mes 300 euros de su pensión para viajar a las manifestaciones del 'procès' y a Bélgica a ver a Puigdemont. Para ellas, la lucha por la independencia de Cataluña se ha convertido en una razón de vivir: hacen excursiones con conciencia y con un motivo, un ideal, una creencia.

Hace años, sentado en las gradas de Balaídos, viendo al Celta, me tocó al lado de un señor mayor enarbolando una bandera del Atlético de Madrid, que jugaba en Vigo y ganó. Entablamos conversación y me confesó que el Atlético era su razón de vivir. Todos los fines de semana, iba, bien al Manzanares, bien cogía la maleta y la bandera y viajaba al estadio que tocara, para ver jugar a su Atleti, convertido en el alimento que nutría sus aspiraciones, en la pasión de su vida, en una causa por la que levantarse cada mañana con entusiasmo.

En mi barrio, hay vecinos que guardan un pellizco de la jubilación para hacer excursiones a ver el Cristo de Medinaceli, visitar la Almudena, rezar ante Santa Gema Galgani y postrarse ante el sepulcro de Fray Leopoldo en Granada. De paso, compran en Xanadú o en Ikea y admiran la Alhambra en primavera.

La clave de la vida es encontrar un motivo para soñar y sentirse vivo. Leo en la prensa de Barcelona que los prejubilados catalanes de clase media-alta se han apuntado al 'procés' independentista con fervor. Es el activismo de la tercera edad: las manifestaciones se llenan de abuelos y Ómnium, entidad cultural independentista con toque religioso de Monserrat, ha pasado en diez años de tener 19.000 socios a contar con 130.000, la mayoría, yayos.

A este fenómeno, se le llama la rebelión de los yayopijos, catalanes de más de 55 años, más bien bastante más de 55 años, con prejubilaciones o pensiones sustanciosas, que no se pierden una 'mani indepe', acuden a pie, en silla de ruedas con estelada en el respaldo, apoyándose en un andador o en compañía de una asistenta ecuatoriana. Ya no están solo para recoger a los nietos y jugar la partida, sino que tienen ocupaciones más sofisticadas como hacer excursiones a Barcelona para comer con la peña de yayoindepes, digerir la 'escudella' manifestándose en el paseo de Gracia y hacerse selfis en Montjuich.

En Madrid y en el resto de España, los abuelos, conocidos como yayoflautas, han convertido la lucha por la calidad de vida, las pensiones y el futuro laboral y social de sus nietos en una razón para existir, en una lucha constante que los revitaliza. Es una pelea solidaria y universal que a todo el mundo complace y no hace daño a nadie. Tampoco dañan ni entrañan peligros colectivos, si no se dogmatizan, la afición del hincha del Atleti ni la devoción bien entendida a Fray Leopoldo y Santa Gema.

En mi barrio, los yayoexcursionistas están entrando en un proceso de sofisticación viajera que para sí quisieran los yayopijos del 'procès'. Esta primavera, las tradicionales expediciones religioso-consumistas para rezar y comprar han perdido pujanza para ser sustituidas por viajes culturales sumamente interesantes.

En las marquesinas del autobús urbano y en las cristaleras de las multitiendas, además de las clásicas excursiones de un día para visitar los patios de las flores cordobeses o comer en Elvas y comprar en El Faro, veo carteles anunciando expediciones de varios días con pensión completa por menos de 300 euros a los pueblos blancos de Cádiz (Ronda, Ubrique, Grazalema, Arcos, Vejer con visita a la finca La Cantora y Jerez), al País Vasco (Bilbao, San Sebastián y Vitoria) o un viaje que simboliza la heterodoxia definitiva y la superación de tantos años de periplos por santuarios y catedrales inacabadas: un viaje en el puente de las ferias de Cáceres al pueblo navarro de las brujas, a Zugarramurdi.

Cada yayo se lo monta a su manera y participa en las excursiones que le da la gana, el único problema es que ni las brujas ni el Atleti ni tan siquiera Fray Leopoldo hacen daño a nadie, pero el nacionalismo es una grave enfermedad que ha provocado a lo largo de la historia más desgracias que la peste.