Si no hay wifi, nos vamos

Un cartel del restaurante del museo Vostell de Malpartida. :: E. R./
Un cartel del restaurante del museo Vostell de Malpartida. :: E. R.

En los manuales de Educación para la Ciudadanía no hay un capítulo sobre el móvil y el WhatsApp

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Pregunta el cliente: «¿Tienen wifi?». Responde el camarero: «Sí, caballero». Solicita el cliente: «Pues póngame un café con leche». La conversación la escuché este fin de semana en una cafetería de la parte antigua de Cáceres. Ya no se habla de los bares para alabar su café o destacar su gran oferta de vinos y cervezas, sino para resaltar sus excelencias tecnológicas: «Es un tugurio, tío, la cerveza sabe a pis caliente y ponen unos pinchos de chochos que no me molan nada, pero el wifi funciona que te cagas». Perdón por la escatología, pero reproduzco fielmente otra conversación escuchada a unos antiguos alumnos.

En Cáceres, cuando la biblioteca pública está muy llena, los estudiantes no se desesperan y bajan al Pans & Company situado frente al Gran Teatro: mesas amplias y wifi estupendo lo convierten en el lugar perfecto para trabajar con el ordenador y, de paso, tomar un café. A veces, reina en este local un silencio tan respetuoso que dan ganas de ponerse a estudiar.

Hace un lustro, hice un reportaje sobre el wifi en los hoteles cacereños y la mitad no contaba con este adelanto. Hoy, ya no se considera un adelanto, sino algo imprescindible: o tienes wifi o es mejor que cierres el alojamiento. En Extremadura, tienen wifi hasta las pensiones más humildes. Es más, puede ser que el baño sea compartido y el calor provenga de una estufa del siglo pasado, pero el wifi no falta. Y en los comentarios de TripAdvisor y de Booking da lo mismo que critiquen la dureza del colchón o los ruidos de la calle, pero como los clientes dejen claro que el wifi no llega a algunas habitaciones o si llega lo hace sin fuerza y no permite ver Netflix, el establecimiento tiene un grave problema.

En algunos novios, la ternura surge más fácilmente mirando al móvil que mirándose a los ojos

Un bar sin cobertura es peor que un bar sin cafetera y nadie se extraña si desayuna rodeado de parroquianos que hablan, pero no con los compañeros de mesa, sino con el móvil. Dicen que solo cuando los clientes llevan unos vinos o unas cervezas, empiezan a darse cuenta de que lo que realmente reconforta es hablar a voces con tus colegas de mesa y no con tus colegas al teléfono. Si la ebriedad te acerca a la verdad, habrá que convenir que la vida está a tu alrededor, no al otro lado de un auricular.

Cuando se popularizaron los correos electrónicos, la novedad nos pilló por sorpresa y enseguida surgieron carencias educativas: en las reglas de urbanidad que aprendimos el siglo pasado no explicaban que había que responder a los correos para tranquilizar al emisor. Es insoportable responder con un Ok 40 veces al día, pero es imprescindible para no quedar fatal.

Los avances tecnológicos nos han desbordado sin habernos educado y en las clases de Ciudadanía de los institutos no hay un capítulo con las reglas de urbanidad que hay que aplicar al móvil, al correo, al WhatsApp, al Facebook, al Instagram... ¿Si te ponen un me gusta o te comparten, debes tú compartir y manifestar tu gusto obligatoriamente o solo si crees que lo que ves y lees te gusta y te dan ganas de compartirlo? Si saludas con un buenos días incluso a quienes detestas, quizás debas darle al me gusta incluso cuando quisieras darle al te detesto. En fin, un lío.

El caso de los móviles en los bares es otro capítulo del nuevo reglamento no escrito de la educación moderna. El colmo de los colmos son esas parejas que están juntas en un bar y se comunican por WhatsApp. Lo he visto en Cáceres, en Badajoz y en Beja. No lo puedo comprender, pero sospecho que en los novios jóvenes, la ternura surge más fácilmente mirando al móvil que mirando a los ojos. Quizás llegue un día en que sea más excitante un 'emoticobeso' que un beso de tornillo.

En el otro lado de la balanza, están esos grupos de colegas que cuando se juntan dejan todos el teléfono sobre la mesa o restaurantes como el de la foto, en el museo Vostell de Malpartida de Cáceres, donde no tienen wifi, pero tienen cerveza, «que hace la comunicación más fácil».