Vuelve

Vuelve
CHAPU APAOLAZA

Pablo Iglesias regresa el 23 de marzo después de su baja paternal. Sin él, andaba Podemos extraño, esquivo y receloso como un perro que corre por la cuneta. Se ha conocido que «se va a reencontrar con la gente», así en general. El partido lo ha comunicado en un cartel en el que aparece él de espaldas levantando el puño como si fuera Rocky. En primera fila alguien ha encontrado el rostro de Carmen Lomana, pero eso es lo de menos. Podemos ha resaltado la E y la L del mensaje «vuELve». Vuelve él, quieren decir, y ese él contiene todo: el gallito del corral, el líder único, el Hércules intelectual que regresa de nuevo a pelear contra el neoliberalismo después de este tiempo de hastío de biberones y cortacésped. Vuelve él a imponer el orden mundial y Galapagar se queda sin hombres.

Es extraño como en todo este tiempo en el que se hizo cargo del partido Irene Montero, Iglesias estuvo presente. De alguna manera, Montero -que piensa, se mueve y habla como él-, remite a su marido y al universo de La Navata, que es la herida por la que se desangra el tingladillo ideológico de la nueva izquierda. Este asunto del cartel del regreso, que ojalá fuera el de José Tomás en Las Ventas, llega en la semana del ocho de marzo. A veces se diría que a los partidos políticos les diseña la estrategia el enemigo, aunque estoy convencido por algunas experiencias paranormales en algunos grupos, que las organizaciones protagonizan estos giros impensables porque en realidad están mostrando su verdadero ser, la verdad intrínseca que llevan dentro y que más tarde o más temprano, aflora. El ciudadano entonces se enloquece incrédulo y se quiere arrancar los ojos ante este tipo de muestras de sinceridad torpe, por ejemplo cuando preguntan por qué los partidos terminan por tratarles como si fueran imbéciles: les confieso que lo hacen porque los partidos piensan que los ciudadanos son imbéciles.

El cartel expone algunas paradojas en torno a Podemos. Una de ellas es que se ha pretendido siempre como una organización horizontal -y con esto no me refiero a sus asuntos de alcoba- frente a los partidos viejos y verticales, y en cambio, a la hora de la verdad, se comporta una organización manejada por un mesías todopoderoso, casi papal. También que se muestra como un partido pretendidamente mujer frente al poder casi fálico de la alianza de la plaza de colón pero a fin de cuentas está liderado por un hombre tan hombre: él.

En Iglesias late una masculinidad tremendamente masculina. Siempre ha tenido esa manera de sonreír picarona como la del fontanero de la porno, como si él supiera algo que los demás, no. Tengo ganas de verlo ya en los dúplex del prime time de la mañana, con esa mueca lobuna, como si se fuera de un momento el giro argumental en el que el cine erótico se convierte en erótico.

Él. Lo recuerdo subiendo a los escenarios del invierno, arrebatador como un bandolero. En Vistalegre II, se movía como Javier Bardém en 'Jamón-jamón'. Miraba muy serio como si le debieran dinero y se arremangaba la camisa por España. Porque en Carabanchel hacía un frío como de Soria, pero él iba en mangas de camisa. Hoy él, leñador de la nueva izquierda, el macho alfa y beta y otras letras, vuelve a pastorear a su pueblo de mujeres y de gente esnortada que lo echa de menos. Podemos es él. ÉL.