El voto de los aburridos

Gil Rosiña, Vara y Vergeles, a la izquierda; Jaén y Romero, a la derecha. :: Brígido/
Gil Rosiña, Vara y Vergeles, a la izquierda; Jaén y Romero, a la derecha. :: Brígido

Los resultados en Andalucía acongojan a la izquierda extremeña

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La izquierda solo vota en masa si hay emociones fuertes y el momento del sufragio se llena de connotaciones épicas. Si mi voto sirve para parar al fascismo, para cambiar el mundo o para acabar con la gran mentira, me levanto de la cama y bajo a votar al colegio de la esquina. Si no hay emociones fuertes por medio, me quedo en casita viendo 'Narcos', que ahí sí que me dan intensidad.

Los resultados en Andalucía tienen acongojada a la izquierda extremeña: «¿Qué pasará el 26 de mayo? ¿Cómo conseguir que nuestros votantes se levanten del sofá, dejen la tableta o el ordenador, aplacen el cicling o el running, pospongan la exhibición de máster chef familia y dediquen media hora a votar?».

La derecha vota porque tiene claras las ideas y sabe lo que quiere. La izquierda vota por razones tan peregrinas como las posibilidades reales de que su voto cambie el mundo, el pedigrí izquierdista sin mancha del candidato o la épica intrínseca en el sufragio: o voto o renacerá el fascismo.

En Andalucía, la verdad, ninguno de esos postulados se cumplía. Los socialistas llevaban 36 años cambiando el mundo y eso aburre mucho porque lo que cambian son las pequeñas cosas, no el mundo. Los eres manchaban cualquier pedigrí y, según las encuestas, el fascismo, entendido así, en general, sin matices de ciencia política, ni se olía. Además, quienes podrían parecer de izquierda pura, andaban a la greña y empezaban a tener algunas manchas que ensombrecían su pureza. Así que la izquierda se quedó en casa porque votar para seguir igual o avanzar lentamente en inmigración, políticas de género, enseñanza o sanidad pues como que no emociona.

Tras la derrota en las urnas, una parte de la izquierda, fundamentalmente la que no votó, salió a la calle a gritar contra el fascismo sin pensar que, teóricamente, no llega ningún fascismo y, en cualquier caso, lo que llegue, guste o no, es gracias a un derecho democrático al voto que quienes se manifestaban no habían ejercido.

Tras proclamar su irritación en la calle, la izquierda volvió a casa y se dedicó a lo que más le gusta: debatir sobre ella misma. ¿Por qué no hemos ganado en una región de izquierdas si tenemos la razón histórica? Y entonces llegan los razonamientos elaborados desde la superioridad moral: falta cultura política, los medios promocionan a la derecha, hemos perdido la calle y, sobre todo, quienes se presentan como de izquierdas no lo son en absoluto.

Me divierte mucho la absurda paradoja de que a un militante de un partido de izquierdas le moleste que lo acusen de no ser suficientemente de izquierdas, mientras que a un militante de un partido de derechas le moleste que lo acusen de ser de derechas. Los de izquierdas quieren serlo mucho, pero nunca lo son suficientemente para los suyos y entonces se irritan y argumentan para demostrar su pedigrí rojo. Los de derechas no quieren serlo y argumentan para demostrar que son de centro.

En este batiburrillo tonto que a los ciudadanos les trae sin cuidado, la izquierda acaba sus debates poselectorales con el propósito de reconstruirse. Son como el AVE en Extremadura: siempre están en obras. Reconstruyamos la izquierda, proponen a los postres de las cenas de parejas, en las copas de puretas tras el concierto indie, en los foros de runners con conciencia...

Tal vez, les bastara con ir a votar, aunque sea aburrido y sin un gramo de épica. A lo mejor, no hay que cambiar el mundo, sino cambiar lo cotidiano. Igual, no hay que soñar tanto y es preciso conformarse con mejorar lo básico. Quizás, todo se reduzca a menos utopía y más realidad.