Votaré sólo por ellos

ANTONIO TINOCO

Siempre he votado. Me ponen una urna por delante y no sosiego hasta que no veo mi voto dentro de ella. Los días de elecciones los vivo emocionado, no lo puedo (ni quiero) remediar. Es literal: entro en mi colegio electoral y se me ponen los ojos a punto de las lágrimas (ya ven lo bobalicón que uno puede llegar a ser) y no deja de brincarme en el corazón un dichoso sentimiento de novedad cada vez que voto. Es como si me quitara años. Las urnas me dan vida. Tengo la sensación de que estreno la democracia en cada elección y lo llevo haciendo ininterrumpidamente desde el 6 de diciembre de 1978, cuando voté la Constitución merced a un cambio de última hora en el Código Civil para que pudiéramos votar los que teníamos más de 18 años pero menos de 21. Yo no estaba muy de acuerdo con eso de la Monarquía, pero la posibilidad de vivir en libertad era una llamada irresistible. Y, oigan, acerté.

Les cuento esto porque yo iba a romper el próximo 10 de noviembre con ese comportamiento de 41 años acudiendo a las urnas como un clavo. Tenía firmemente decidido no votar. Uf, hasta me cuesta escribirlo, porque no votar es un asunto muy serio. Usted, y con razón, podría pedirme cuentas por mi abstención, como yo mismo estoy seguro de que me las habría de pedir, quién sabe si ya la misma noche electoral.

Pero es que ahora sentía que no tenía que votar. Más aún: que no debía. Justamente por las mismas razones por las que he votado siempre: por responsabilidad con mi país, por compromiso con la democracia, por poder criticar a quien encabeza el gobierno con la legitimidad del que cumple con su condición de ciudadano. Siempre he tenido muy presente aquello de Antonio Machado: «Haz política si no quieres que hagan política contigo». Lo recordó Javier Cercas en su discurso del Día de Extremadura invitando a los extremeños a que, si había elecciones (el pasado día 7 era una amenaza muy probable, pero aún sólo una amenaza), fuéramos a votar. Pues bien, yo no iba a votar precisamente por hacer política, porque creía que, en esta ocasión, no votar era la manera más eficaz de resistirme a que hicieran política conmigo.

El 10 de noviembre iré a votar, pero sólo por compromiso con quien me coge el sobre, lo mete en la urna y canta: 'Votó'

Y sin embargo votaré. Me comeré mi enfado y depositaré mi voto en la urna el 10 de noviembre. La razón me la dio Antonio Muñoz Molina en su artículo del sábado pasado en el diario 'El País'. Se declaraba conmovido por las cosas que funcionan en España: por una biblioteca, por un centro de salud, donde trabajan personas que no necesitan, al contrario que nuestros políticos, coincidir ideológicamente con sus compañeros para trabajar con eficacia. Hablaba también de los componentes de las mesas electorales, y de «la solvencia con que ejercen ese ritual sereno de la ciudadanía».

Y es verdad. No tengo derecho a no acudir a votar mientras ellos -es decir, varios de nosotros-, se afanan en hacer de la votación un ordenado ejercicio de civismo. Por responsabilidad con la democracia y sin importar la solvencia de los candidatos. Así que sí: iré a votar, pero sólo por ellos. Sólo por compromiso con quien me coge el sobre, lo mete en la urna y canta: 'Votó'. Pero que sepan los candidatos que me cuidaré de dejar constancia con mi voto que ninguno merece la victoria.