Volver

Imagen de archivo de una representación de cuatro amigos en la terraza de un bar. /
Imagen de archivo de una representación de cuatro amigos en la terraza de un bar.
JUAN FRANCISCO CARO

Volver adonde vivimos--habiendo sido felices o no, porque hasta de los malos momentos quedan algunos posos agradables - conlleva la añoranza de lo que fue y que ya solo existe en el recuerdo porque las coordenadas de tiempo y lugar no coincidirán nunca más. Sentimos curiosidad por saber cómo seguirán las personas que conocimos y los edificios y paisajes por donde anduvimos, pero puede suceder que la imagen que guardamos se derrumbe estrepitosamente con el reencuentro.

Los lugares nos parecerán más pequeños y nos costará trabajo reconocer a quienes en la mayoría de los casos ganaron volumen, arrugas y canas o perdieron pelo. En el instante del reencuentro se produce el pase vertiginoso de una película que se rodó en nuestra ausencia, intentando nuestro cerebro unir las últimas escenas que vivimos entonces con las que tenemos delante y en esa vorágine de sensaciones es fácil despeñarse por el barranco de la realidad.

Estos días de vacaciones he tenido ocasión de saludar a amigos que hacía tiempo no veía. ¡Qué bien te conservas! ¡Tú sí que estás bien! Un intercambio de halagos acompañados de una sonrisa a medio camino entre la sorpresa y el espanto, disimulando como mejor podemos la mentira piadosa que nos estamos echando.

Agrada que te digan lo bien que te mantienes, pero no hay tomárselo al pie de la letra, no vaya a ser que, subida la autoestima, confíes al elogio lo que el cuerpo no presta y puesto a saltar una zanja, pongamos por caso, te quedes a mitad de trayecto porque la masa ya no está para pico ni el horno para bollos.

Los cumplidos son prácticas sociales que hacen más grata la convivencia, aun sabiendo que nos están dando una mano de barniz adulador. Es más satisfactorio que te digan lo bien que te encuentran que qué mala cara tienes o que si todavía alcanzas a abrocharte los zapatos con el barrigón que sobresale tanto de la cintura que casi te impide verlos.

Hay una historia de una pareja de amigos que un día volvieron a saber el uno del otro por las redes sociales. Tuvieron una relación de afecto, pendiente de materializarla en abrazos. Muchos años después empezaron a chatear y se citaron para charlar y tomar algo después de tan largo tiempo. Los dos fueron ilusionados al encuentro.

Él llegó primero y entretuvo su espera paseando por una calle adyacente al lugar de la cita. Se detuvo a mirar un escaparate con amplias lunas que lo reflejaban. En ese momento pasó la compañera y tras dudar lo reconoció. Miró y sin decir nada pasó de largo y se fue. Él también la vio en el cristal, pero no tuvo valor de darse la vuelta. Tuvieron miedo de deshacer bruscamente la imagen ideal que tenían uno del otro. Mejor seguir en la cueva de Platón. Ella le comunicó que por motivos imprevistos no podía acudir a la cita. Él le respondió que le había pasado lo mismo. Quedarían para otro día que nunca más llegó.

Cantaba Carlos Gardel un tango con letra de Alfredo Lepera que describe esta situación: «…y tuve miedo de aquel espectro que fue mi locura de juventud» «…busqué un espejo y me quise mirar; había en mi frente tantos inviernos que también ella tuvo piedad».