Vivir, qué difícil

Vivir, qué difícil
Tomás Martín Tamayo
TOMÁS MARTÍN TAMAYO

Un amigo que con esfuerzo, inteligencia y contención ha logrado una fortuna considerable, suele decir que «saber tener dinero es muy difícil», asignatura que él parece dominar porque no se nota que lo tiene, no va sobrado, se permite pocas ligerezas, es de los que miran el ticket en el restaurante y calibra las propinas. ¿Tacaño, rácano, miserable? No lo es, pero tampoco va a poner un puesto de dispendios porque ha subido muchas escaleras y en cada euro identifica un escalón, que lo suyo no es de herencia. Tiene dinero y sabe tenerlo, pero en esta hermandad todos los cofrades no visten la misma túnica.

Tengo otros amigos que conocieron momentos de esplendor económico y, con naturalidad, se acomodaron a la nueva situación, estableciendo un vaso comunicante entre lo que ganaban y lo que gastaban «porque al dinero hay que darle aire», y al llegar épocas de vacas flacas apenas pudieron sostener la caída. ¿Dónde está la razón? El primero tiene la tranquilidad de tener y los demás la tranquilidad de haber tenido y disfrutado. ¿Un «que me quiten lo bailao»? ¿Confieso que he vivido?

Vivir tampoco es fácil, saber administrar la vida es una carrera larga y complicada porque solemos torpedear nuestra existencia con rabietas infantiles. Malgastamos la calma, no valoramos el sosiego, derrochamos la fortuna de la felicidad y vamos tan deprisa que el paisaje que vemos está desdibujado por la velocidad. «Debes saborear cada puesta de sol», aconsejaba Trásilo a Tiberio. Tampoco apreciamos la extraña fortuna de la salud, olvidamos que los días de penurias llamarán a nuestra puerta, que no hay que correr para buscar problemas porque estos conocen el camino y llegan solos. Todo nos iría mejor si supiéramos sentarnos, abrir los poros y respirar. Eso, «saborear cada puesta de sol». Saber tener dinero es difícil y vivir no es fácil, aunque algunos ponen mucho de su parte.

Mi amigo Jose (sin tilde), 'El Campeón', aprendió de la vida a base de darse mamporros contra ella, en ocasiones de forma literal, besando la lona de un cuadrilátero de ring. Llegó a ser campeón de España de los pesos ligeros y demostró su notable inteligencia cuando, tras recibir una paliza importante, supo decirse «hasta aquí he llegado». Bajó de un ring para subir a otro, pero con la piel curtida como para no dejarse aguijonear con alfileres romas. Para él «precipitarse es cosa de alpinistas». Está de vuelta, no se altera con el papeleo, los formalismos burocráticos o las nuevas tecnologías no le quitan el sueño porque sabe encogerse de hombros, que entre sus prioridades no está la de complicarse la vida. Al Campeón, preocupaciones las justas, monsergas que a los demás suelen quitarnos el sueño, no le alteran. No tiene carnet de conducir, no sabe encender un ordenador, dice que eso de las redes sociales le suena a «trampas para pájaros», que el WhatsApp es un estornudo y no tiene móvil, lo que no le impide estar informado de lo que de verdad le interesa, llegar a dónde quiere y encontrarse con quien le apetece.

Pero como hay tantos colores, tengo otro amigo que vive en la angustia de vivir, en el tormento de cada día, perseguido por fantasmas y con miedos que le impiden mirar una puesta de sol. No hay día bueno ni noche de calma y cada salpullido es una enfermedad mortal. Nació para estar preocupado y hasta en la risa de sus nietos oye campanas de duelo. La vida.