TÚ AL PUEBLO, YO A LA PLAYA

El viaje más feliz del año

José Manuel Gordo (de pie, con gafas), en la terraza del bar Turro, en Villa del Campo. Han picado embutidos y unos peces, y lo siguiente será un gamo guisado. /Palma
José Manuel Gordo (de pie, con gafas), en la terraza del bar Turro, en Villa del Campo. Han picado embutidos y unos peces, y lo siguiente será un gamo guisado. / Palma

«Hace años que no me baño en la playa», cuenta el maestro jubilado, que vive en la costa de Cádiz pero prefiere las piscinas naturales extremeñas

Antonio J. Armero
ANTONIO J. ARMEROCáceres

En el bar del Turro, al que todos señalan como una referencia no ya en el pueblo sino más allá, hay un ambientazo tal que supone un bofetón de realidad para quien se acerca a él con un cuaderno en la mano en vez de un botellín de cerveza helada. Uno de esos que sujetan con soltura varios de los ociosos que están sentados a esta mesa en plena calle, una terraza que se aparece al doblar una esquina del casco urbano de Villa del Campo (525 habitantes), la patria chica de Juan Manuel Gordo Gómez (68 años), maestro jubilado que vive en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) pero que cada año, al inicio del verano, huye de la costa andaluza porque su verano ideal está en el norte de Extremadura.

«Quince días antes de venirme, ya estoy con el hormigueo en el estómago, apuntando en la libreta todo lo que me tengo que llevar». Lo cuenta Juan Manuel sentado en la mesa camilla de su casa, que fue la de sus padres. Está a la entrada del pueblo, a poco más de media hora en coche de Plasencia y a veinte minutos de Coria. En esta ciudad estudió José Manuel cuatro años, en el Seminario. Después, otro cuatro en Cáceres. Acabó Filosofía y se volvió al pueblo, a trabajar en el campo por las mañanas y a seguir estudiando, por las noches. Aunque a él le hubiera gustado hacer Medicina, la situación familiar aconsejaba que hiciera algo que saliera más barato.

Se sacó la carrera de Magisterio, hizo el servicio militar en Aranjuez y al licenciarse, pidió que le concedieran alguna interinidad en la provincia de Cádiz, porque allí estaban varios paisanos. En enero del año 1973 llegó a Jerez de la Frontera, donde estuvo dos años, y de allí le enviaron a Sanlúcar de Barrameda, donde sigue viviendo más de cuatro décadas después. «Y en todo este tiempo no se me ha pegado el acento», comenta Juan Manuel, que efectivamente, conserva su deje extremeño.

«Desde que emigré, no he dejado de volver a mi pueblo no solo cada verano, sino también en Navidad y en Semana Santa», explica el hombre, que estos días tiene en casa a algunos de sus nietos. «Lo de venir al pueblo no es algo que me guste solo a mí, sino que también le gusta tanto a mi hijo como a mi hija, que nacieron ya allí, en Cádiz, y a mi nuera también le encanta, y lo mismo a mis nietos».

«¿No te bañas, abuelo?»

Hoy, los pequeños se han ido a la piscina con la abuela. Mañana, quizás les acompañe Juan Manuel, que en sus veranos en el pueblo acostumbra a «salir al campo, ir a pescar, ir a comer a la ermita con unos bocadillos o algo que llevemos de casa, a pasar el día con la familia en alguna piscina de la Sierra de Gata o de Las Hurdes...». Y está también la pandilla. Los amigos a los que ve cada vez que vuelve a Villa del Campo. Por ejemplo: el grupo con el que se encuentra en la terraza del bar del Turro.

El emigrante, su mujer y sus nietas, en la piscina del pueblo.
El emigrante, su mujer y sus nietas, en la piscina del pueblo. / Palma

Son casi una quincena, y todos menos uno viven durante la mayor parte del año fuera del pueblo. En torno a la mesa hay historias parecidas a la de Juan Manuel Gordo, que se jubiló en el año 2009, y que este verano llegó a Villa del Campo a finales de julio y se irá en estos días. «A finales de agosto son las fiestas de san Bartolomé, y esas no se perdonan», sonríe el maestro jubilado, que tiene tal apego a su tierra que en su casa de campo en Sanlúcar de Barrameda tiene plantadas varias encinas extremeñas. «Me llevé las semillas de mi finca del pueblo, para ponerlas allí», detalla el emigrante que por muchos años que pasen, sigue sintiendo ese nerviosismo de felicidad cada vez que se acerca la hora de volver a su pueblo para pasar una temporada larga.

«¿No te bañas, abuelo?», le pregunta una de sus nietas cuando pasa por la piscina para hacerse una foto con ellas. «Hoy no, mañana a lo mejor sí», contesta él en tono cariñoso. Probablemente lo haga. Según cuenta él mismo, hace años que no se baña en la playa, pese a vivir en la costa. Él prefiere las piscinas naturales de su verano extremeño.