¿De verdad que hay que hundir Valdecañas?

El acoplamiento del sentido común y el sentido práctico es el que muchos extremeños hubiéramos querido ver frente al radicalismo de ciertos conservacionistas, que no consienten que se corte una rama ni se mueva una piedra

TERESIANO RODRÍGUEZ NÚÑEZPeriodista

A finales del año pasado me referí en este mismo espacio a dos temas que ya entonces estaban en candelero y lo siguen estando: y seguro que mantendrán esa preeminencia mientras no se les dé una salida tan razonable como definitiva. Se trataba de la central nuclear de Almaraz y de la urbanización Isla de Valdecañas. El conflicto surge de las posiciones encontradas de quienes defienden su continuidad y la de quienes tratan de hacerlas desaparecer. Creo que ambas empresas son importantes por lo que significan como generadoras de empleo, particularmente en una zona como Campo Arañuelo, donde no abunda el trabajo. Según se ha dicho, se apunta la salida a la central nuclear de Almaraz mediante la continuidad de la actividad por un período relativamente corto de tiempo –se habla de tres años– y luego... ya se verá.

Más enrevesado parece el otro tema, la urbanización Isla de Valdecañas, un complejo turístico/residencial en parte de un terreno que es casi una isla en las aguas del pantano de Valdecañas. El complejo está desarrollado hace ya unos años en cerca del 70 %, del proyecto, pero con las obras paradas por decisión judicial, pendientes de una solución definitiva. El proyecto fue aprobado en su momento por la Junta de Extremadura y, en virtud de aquella autorización, se iniciaron las obras. Pero con gran parte construida llegaron las impugnaciones, en base a que la llamada isla se halla en una 'zona de especial protección de aves'. Le hacen pensar a uno que la cuestión tiene que ser complicadísima, hasta el punto de que los órganos judiciales terminaron por recabar un informe del equipo técnico de la reserva de Doñana que, tocante a especies protegidas y toda clase de pájaros deben de saberlo todo y seguro que han analizado el asunto a conciencia, pues les ha llevado nada más y nada menos que ¡tres años!

No está en mi ánimo enmendar la plana a nadie y menos a los tribunales de justicia. Pero no me resisto a reflexionar en voz alta sobre un hecho que afecta a los promotores del proyecto, a quienes lo autorizaron, a los pueblos del entorno y de alguna manera a toda Extremadura. Esta es la razón por la que se está tratando con reiteración en este diario. Eran finales de enero pasado cuando un colaborador asiduo de este periódico, Alfredo Liñán, firmaba en estas páginas 'Atardecer en Valdecañas', un artículo en el que el autor manifestaba la grata sorpresa que le ha producido la urbanización y los efectos beneficiosos que está llamada a representar para la comarca. También Cipriano Hurtado, voz autorizada de persona involucrada desde hace años en el ecologismo extremeño, ha publicado 'Valdecañas, decisión embarazosa', un artículo en torno a los pros y contras que conlleva una decisión final. De cita obligada es así mismo el artículo '¿Qué hacemos con Valdecañas?' que firmaba Santiago Hernández: profesor de la UEx, involucrado en los movimientos ecologistas extremeños desde hace años y autor de no pocos trabajos sobre la materia, analizaba en su artículo todas las peripecias del proceso, hasta desembocar en el informe emitido por el equipo técnico de Doñana, que hace ya tres años (en marzo de 2015) le fuera solicitado por el TSJEx. «Algo se hizo mal»– concluía Hernández– y seguro que habría costado muy poco justificar esas dudas... porque no se trataba de una trampa, ni un timo, ni una ocurrencia: era una oportunidad para crear empleo en beneficio de los ciudadanos».

Uno no es técnico ni en temas medioambientales ni en cuestiones jurídicas. Pero para llevar de la mano el sentido común y el sentido práctico no son indispensables los títulos universitarios. Y ese acoplamiento de ambos sentidos es el que muchos extremeños hubiéramos querido ver frente al radicalismo de ciertos conservacionistas, que no consienten que se corte una rama ni se mueva una piedra en espacios donde un día se haya visto posarse un águila o unos cuantos cernícalos que tanto abundan y no digamos una cigüeña negra, aunque fuera de paso. Si por algunos fuera, toda Extremadura sería 'zona de especial protección de aves' o de otros animales, menos de seres humanos, que esos no parecen importarles mucho. Me retrotraigo a aquellos años finales de los 70 y década de los 80, cuando las páginas de este diario no sólo estuvieron abiertas a quienes se preocupaban del medio ambiente extremeño, sino que incluso se publicaron en forma de fascículos obras importantes, dando a conocer la riqueza y variedad de nuestra fauna y flora e instando a su conservación: y algo tuvo que ver en ello quien esto firma. Y creo que ese espíritu se mantiene. El problema es que las cosas se lleven al extremo de confundir los términos, tratando de convertir en absoluto lo que sólo es relativo. Que algunos, obsesionados por determinadas especies de nuestra fauna y flora, que según ellos hay que mantener a todo trance, se olviden de la especie humana, como si esta no tuviera importancia o sólo se les deba dar cabida en el grupo de los depredadores, es pasarse de rosca. ¿O qué otra cosa es lo que pretenden cuantos, en nombre de un conservadurismo mal entendido, intentan que se arrumbe la urbanización Isla de Valdecañas aunque tengamos que pagar los platos rotos todos los extremeños? Olvidan que la isla se formó gracias a la construcción del pantano de Valdecañas y que su vegetación más importante era ¡una plantación de eucaliptos! Item más: la urbanización que se cuestiona son tan sólo 133 hectáreas de las casi 7.500 de lo que en su día fuera declarado ZEPA (Zona de Especial Protección de Aves). A lo largo de los años han ido surgiendo sociedades protectoras de animales, en las que han cabido diferentes especies. Y está muy bien. Pero tampoco estaría mal que se crearan en determinadas zonas 'sociedades protectoras de seres humanos'. Ya sé que los jueces tendrán que tomar una decisión difícil. Pero sería cuando menos un detalle que alguien también pidiera el parecer de las gentes de El Gordo, Berrocalejo, Peraleda, el mismo Navalmoral. Y que todos fuéramos pensando en constituir 'sociedades protectoras de personas', con más razón que las existentes de animales. Hasta los jueces tendrán que pensarlo antes de tomar la última decisión. Porque arrumbarlo ahora y que los extremeños tengamos que pagar los platos rotos... no parece la solución más justa.

 

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