Este verano azul que nos acosa

ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

ME gusta escribir en verano. Bajo un árbol al son de las chicharras que es música de eternidad. O acunado en el vaivén cercano de las olas. O a la sombra del porche achicharrado. Soy un hombre llamado verano. A pesar de los sofocos, a pesar del cambio climático que alimenta los telediarios; a pesar incluso del vecino impertinentemente laborioso a quien algún depravado ha regalado un soplador de hojas con el que zaherir a la humanidad durmiente a la hora de la siesta. Por eso cada año, cuando desde la redacción tienen el detalle de preguntar si continuaré dando la vara en la canícula, siempre digo que sí; que cuando llegue septiembre ya veremos, pero mientras dure la diáspora veraniega y el periódico adelgace a ojos vista como doncella desabrigada, aquí estaré como un barbián haciendo guardia.

Y es que el verano era como un tiempo en puntos suspensivos, cuando los políticos se dispersaban por playas y perdederos para rumiar sus maldades mientras exponían al sol sus blancas chichas, y uno podía escribir sin echarles cuenta ni caer en la trampa saducea de hacerles el juego, aunque fuera mirándolos de reojo. Eso era así. Eso ha sido así verano tras verano. Hasta este desdichado verano del diecinueve en que parece haberles picado la bicha y no hay manera de que se marchen de una vez con viento fresco. Y así los ganapanes, echacuervos, tragantones, quimeristas, perillanes, majagranzas, rufianes y boca flojas que hoy dicen representarnos andan a la gresca con modos, traiciones, intrigas y estratagemas de una vileza que, de poder comparar, convertirían el patio de Monipodio en noviciado de monjas clarisas. Y para muestra el último acontecimiento hortera hasta la náusea del orgullo no se sabe de qué en el que mientras unos-y-unas-y-otros-y-otras-y-suma-y-sigue desfilaban a maricangallas desplegadas y bujarasoles al viento, hocicándose y luciendo hasta sus peludas islillas, los políticos rivalizaban por ver quién se apuntaba al dislate y quién era más quién, incluido el, a la sazón, ministro del Interior que en frase y media se ciscó en la democracia con el desahogo de neófito del prietas las filas. «Mala la hicisteis franceses en esa de Roncesvalles» que decía el poema de Ruiz de Aguilera.

Pero plugo al cielo entre tanta desolación de echarnos una mano y así hemos podido contemplar con arrobo la imagen del líder de ciutadans en figura adolescente y su María Lucía a la vera, como es de ley. Y es que no hay nada que una más que compartir la degradación de un ¡agua va! en donde toda grandeza queda empañada en el rebufo de la más grande miseria de quien como Don Quijote «comenzó a desaguarse por entrambos canales con tanta priesa que la estera de anea sobre la que se había vuelto a echar, ni la manta de angeo con que se cubría fueron más de provecho». Decía un viejo amigo mío que no hay hombre grande sentado en el retrete, pero no es cierto que el retrete es trono en donde han nacido grandes ideas y pensamientos y hasta elegido para morir por el rey Fernando VI quien precisamente se casara con Bárbara de Braganza en la catedral de Badajoz. Y así fue como la gentil mezzosoprano Malú vino a encontrarse con su Romeo y en el desconsuelo de la fiebre veraniega salir felizmente del entuerto. «Remendando mis heridas con jirones de tu piel».

Seguiré pues escribiendo en este verano azul, o rojo, o naranja o morado. Tanto da.