Váyase a la porra, con «m»

Váyase a la porra, con «m»
ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

Nâo vai mais». Se acabó. Punto pelota. Váyanse vuesas mercedes con viento fresco. Aller a la merde. Vai a farti fottere. Geh und fick dich. Go fuck yourself. Bendito traductor que nos permite desahogarnos a cencerros tapados, sin parecer rabadanes en riña de mercado. No va más. Ya no. Hoy sábado 15 de junio del año del Señor de 2019, cautivos y desarmados los incautos votantes, nuestros políticos han culminado sus últimos objetivos demenciales. La guerra ha terminado. La de las sillas. Ahora empieza la otra. La de malgastar los cuartos del prójimo en el menor tiempo posible. La de esquilmar las arcas oficiales a mayor gloria del zascandil de turno. La de cambiarlo todo para que todo siga igual. La de siempre.

Nunca, hasta ahora, fueron nuestros políticos capaces de tanta bellaquería, de pasarse la voluntad de los electores por el arco del triunfo con tanta desfachatez

Los «no me digas», los «no me lo puedo creer», los «no fastidies», los «¡anda ya!» quedan arrumbados, superados por una realidad difícil de imaginar. Las redacciones de los periódicos van cerrando, hartas de mentidos y desmentidos, ya ni siquiera asombradas por tanto disparate. Hasta ayer eran sospechas, casi maledicencias: «Estos son capaces de todo por un cacho de poder, que te lo digo yo». Hoy son certezas. Nunca, hasta ahora, fueron nuestros políticos capaces de tanta bellaquería, de pasarse la voluntad de los electores por el arco del triunfo con tanta desfachatez, de proclamar su precio sin el menor recato y hasta con céntimos. «Quiero una concejalía, pero de las de pago, y de las buenas». Y yo «tres liberados», cash. «Yo ofrezco hacer la carretera que nunca hice si apoyáis al mío». «¿Y por qué no repartimos, la mitad para cada uno?». «Pues ¡hala! ¡Todos contentos! ¿Y el de Vox? Pues habrá que darle algo, que el puñetero tiene la llave». «¿Y si se cabrea el francés?». «¿El tal Camrón?». «No, se dice Macrón». «Ufff. Pues te la han Colau».

Y la rueda sigue girando. «Nâo vai mais. 20 negro par y pasa». Pleno. Y los demás de mirones. Con los ojos chispeando de mirar la bolita en el zurriburri de los trileros. Nos dijeron que había que votar. Y votamos. Y alguien ganó las elecciones, el «nuestro» o el «otro», da igual. Alguien había ganado, aunque todos se apuntaran el tanto. Pero no. Hagan juego. Reunión de rabadanes, democracia muerta. Todo el mundo gana. Pero nosotros perdemos. Siempre. Por mucho que nos esmeremos en meditar el voto. En participar, en colaborar. Da igual. Después vendrán los mercaderes y durante horas y horas teatralizarán su «consenso» para que no parezca lo que es. Para que no parezca la estafa que es. Pudieron cambiar las reglas, esas que a nadie le gustan; pero que nadie cambia. Ambos peperos y sociatas querían; y tuvieron mayoría para hacerlo. Pero no lo hicieron. La dichosa Ley Electoral; la demencial norma que llena el congreso de minorías nacionalistas y expulsa a otras con el cuádruple de votos. La ley del trágala. Y se habla de cambiar el sistema; de poner segundas vueltas: de estudiar alternativas. Pero no. Tú vota y calla, carallo.

Pues no. No volveré a votar. Nunca más seré cómplice de esta panda de zanqueadores. Ya lo advertí: soy un exiliado político. A la porra. Con «m».