Valdecañas y la sostenibilidad

Extremadura no tiene un problema medioambiental,sino de sostenibilidad. Somos pocos y no todos encontramos oportunidades para vivir aquí con dignidad. ¿Vamos a serlos extremeños de hoy los que cercenemos lasoportunidades de desarrollo sostenible de esta tierra?

FRANCISCO CASTAÑARESPresidente de AEEFOR

Extremadura no tiene un problema medioambiental, tiene un problema demográfico. Casi 4,2 millones de hectáreas apenas sostienen una población que supera por poco el millón de habitantes. Somos los quintos de España en superficie y los duodécimos en población. Sin embargo, contamos con algunos de los más valiosos ecosistemas de Europa y podríamos decir que no hay una sola especie de fauna y flora silvestre que esté en regresión. Solo una tiene problemas para mantener su población: la humana. Al menos en el medio rural.

Las administraciones llevan tiempo impulsando políticas para frenar el despoblamiento. Así vio la luz Isla de Valdecañas, un proyecto concebido sobre un cerro sin valor medioambiental que emerge sobre las aguas de una presa construida en los años cincuenta. La producción eléctrica que el franquismo necesitaba para el desarrollo de Cataluña, País Vasco y Madrid dio muerte a Talavera la Vieja, expulsó a sus 2.000 habitantes y encerró entre pantanos el río más importante de la península ibérica a su paso por Extremadura, abriendo una enorme herida sobre nuestro más importante ecosistema fluvial.

Aquella decisión generó un impacto ambiental y social irreversible, pero el lago artificial que se creó a partir de la construcción de la presa fue aprovechado por algunas especies ligadas al medio acuático, sobre todo las grullas en periodos de invernada. Y allí vuelven cada invierno para enseñarnos que el medio ambiente, como la materia, ni se crea ni se destruye, se transforma.

Y hace unos años nació un espacio de ocio que hoy conocemos como Isla de Valdecañas. Su ejecución permitió que volviera la gente, se creara riqueza y empleo, y el entorno experimentara una transformación positiva. La sorpresa, para algunos, es que las grullas siguen invernando allí, como se mantienen todas las especies que en su día se adaptaron a la existencia del pantano. Si alguien piensa demoler el complejo por razones ambientales, que sepa que las especies que nidifican o invernan en el entorno ya han dictado sentencia: no les molesta la urbanización ni las personas que en ella viven o trabajan. Si el medio ambiente puro no sufre ¿cuál es el problema, entonces? ¿Por qué habría que derribar?

La sentencia deja claro que el expediente se hizo mal por no estudiarse otras alternativas. Cierto es que el estudio de impacto solo analizó la opción finalmente aprobada. ¿Pero cabía otra posibilidad? Cualquiera que conozca la realidad del embalse de Valdecañas sabe que no. El complejo está sobre una zona de uso general que es compatible con cualquier actividad humana. Por tanto, si se hizo algo mal en la tramitación, obliguen a rectificarlo y sancionen, si quieren, a los responsables del desafuero, pero no creen un problema medioambiental, agravado con otro social y económico de grandes proporciones, donde solo hay un trámite administrativo mal hecho.

Decía al principio que Extremadura no tiene un problema medioambiental, sino de sostenibilidad. Somos pocos y no todos encontramos oportunidades para vivir aquí con dignidad. A mediados del siglo pasado, la ausencia de explotación de la tierra y la falta de desarrollo industrial expulsaron a un millón de extremeños. Ni en el improductivo modelo latifundista ni en la ausencia de industrialización tuvieron que ver nuestros antepasados. ¿Vamos a ser los extremeños de hoy los que, con una equivocada política medioambiental, cercenemos las oportunidades de desarrollo sostenible de esta tierra?

Si el principal problema que tenemos es la despoblación, las decisiones políticas tienen que orientarse a evitarla. Y en ese contexto cobran una importancia capital las Declaraciones de Impacto, que han de girar hacia la sostenibilidad. Una región como la nuestra, con un claro superávit medioambiental, debe huir del conservacionismo a ultranza si no queremos que sea una réplica del antiguo modelo latifundista, con las consecuencias ya conocidas.

Inversiones importantes que dinamizan nuestra economía, crean empleo y fijan población al medio rural, no pueden estar al albur de quien, con un planteamiento más ideológico que técnico, piense que «pueden causar molestias» a tal o cual especie de fauna silvestre. Porque lo más probable es que cuente con una población sobredimensionada, mientras los extremeños son expulsados de su tierra y condenados al desgarro de la emigración.

Puede que la justicia ordene la demolición del complejo, pero no digan que lo hacen por una razón medioambiental. Si quieren usar el medio ambiente como excusa, empiecen por derribar el muro del pantano de Valdecañas, y sigan con el de Torrejón y el de Alcántara… Liberen al Tajo de sus cárceles.

Como se exige para construir, la demolición requiere una Declaración de Impacto para evaluar también sus efectos ambientales, que los tendrá y no todos serán positivos. Tengan en cuenta, cuando hagan el estudio correspondiente, que han de analizar las alternativas técnicamente viables. No vayan a caer en el error ya juzgado y una nueva sentencia venga después a ordenar su reconstrucción por tan fatal olvido.