Los turistas vienen al barrio

Avenida de la Bondad, en primer plano, y barrios cacereños de Llopis, Moctezuma y Nuevo Cáceres. :: E.R./
Avenida de la Bondad, en primer plano, y barrios cacereños de Llopis, Moctezuma y Nuevo Cáceres. :: E.R.

Los viajeros se cansan de las calles globalizadas y buscan la autenticidad del extrarradio

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Durante la pasada Semana Santa, he visto algo inaudito: turistas por mi barrio. Vivo en una zona periférica tradicional de Cáceres, entre la calle Antonio Hurtado, donde nací, y el barrio de Moctezuma, un territorio muy tradicional lleno de carnicerías, fruterías, charcuterías con lotes de fiambres y embutidos a precio cerrado y una zona de bares con nombres modernos (Sal y Pimienta y cosas así) a la que todo el mundo llama con un nombre antiguo: la calle del Piquiqui. Además, hay mercerías con ofertas de bobinas de hilo y madejas de lana y tiendas de electrodomésticos donde se venden muchas mantas eléctricas y muchos braseros de siempre.

Se trata, pues, de un barrio normal parecido a todos los barrios de España, un barrio con parroquia y catequesis, con parque lleno de ancianos paseando perros, con estanco, muchas multitiendas y familias jóvenes que los domingos vienen a visitar a sus padres.

Si han leído hasta aquí, coincidirán conmigo en que mi barrio no tiene nada especial, sin embargo, bien mirado, en él todo es singular porque las tiendas, los vecinos y los espacios públicos tienen personalidad e historia. El barrio se ha ido haciendo a lo largo de los años y los bares y los comercios tienen una clientela antigua, que se conoce y se reconoce, que habla de lo que no se habla en la tele ni en el centro: las novedades que llegan de los pueblos, el eterno debate sobre el sabor de los tomates o los remedios caseros que permiten combatir la tendinitis, el ardor de estómago e incluso la ansiedad. «No pienses en ella y se quita», recetan las viejecitas sabias al panadero angustiado.

Pues bien, por mi barrio he visto esta Semana Santa grupos de turistas que lo observaban todo y parecían complacidos. Entraban a comprar morcillas de Arroyo y quesos de Carbajo a un precio, decían ellos, irrisorio, tomaban cervezas con pinchos estupendos y parecían estar descubriendo la esencia de Cáceres, como si en la ciudad monumental y las calles del centro no latiera la verdad, sino una belleza monumental muy bonita, pero masificada e impostada, calles llenas de comercios repetidos con recuerdos, ropas y detalles que te puedes encontrar en ese mismo momento en el cogollo de Ámsterdam, París o Bilbao.

Me sucedió lo mismo en Sevilla hace unas semanas. Salía por la zona de la Giralda, la Torre del Oro y las animadas calles del centro y nada me sorprendía: los monumentos, bellísimos, los tenía ya muy vistos, los turistas que se movían por la zona eran iguales a los miles de turistas de cualquier ciudad bonita, vestían igual, padecían el mismo estrés y tenían las mismas preocupaciones: buscar un buen sitio para comer, un buen ángulo para un selfi y una tienda barata de la que llevarse recuerdos para las cuñadas.

Así que no volví al centro en mis ratos libres y me dediqué a recorrer el barrio de la clínica donde pasaba los días. Y ahí sí que encontré lo inesperado y la Sevilla auténtica. Los nativos, escapando del centro, quedaban en las terrazas de los bares de aquel barrio a comer, conversaban de lo que interesaba en la ciudad y, poniendo el oído, entendías mejor Sevilla que dando mil vueltas por Triana. Además, las tiendas eran diferentes porque vendían lo que les interesaba en particular a los vecinos, no lo que le interesa a un turismo globalizado y repetido que llega a las ciudades atraído por sus emblemas monumentales y acaba haciendo un Inditex Tour, un Decathlon Urban Travel y un Burger King & Starbucks Experience que podrían haber realizado tranquilamente sin moverse de su ciudad.

Este movimiento de los turistas hacia los barrios crece cada temporada. No he visto que se promocione ni se mime en ningún sitio. Mejor así porque como se ponga de moda y se enteren los operadores turísticos y los cazadores de tendencias, llenarán mi barrio y todos los barrios de tiendas iguales como esa que tiene una vaca en la puerta ante la que se retratan los turistas del mundo entero como si hubieran descubierto la esencia de la originalidad. Que no se entere nadie, pero lo que de verdad sorprende a los turistas es Moctezuma, Valdepasillas, Nueva Ciudad. Turismo de barrio, turismo de verdad.