El tren Zafra-Villanueva del Fresno

El tren Zafra-Villanueva del Fresno

EN estos días en que las noticias sobre el ferrocarril saltan a los medios de comunicación nacionales (qué pena que Extremadura prácticamente salga en los papeles sólo por causas negativas), tal vez convendría dedicar unas letras a aquel tren que hizo albergar tantas esperanzas a los extremeños. Se trata, sin duda, del tren con más retraso de la Historia: más de un siglo esperándolo en el andén.

Me estoy refiriendo al ferrocarril Zafra-Villanueva del Fresno. Desde principios del pasado siglo comenzó a fraguarse la creación de esta línea férrea. Este trayecto continuaría en el país vecino, enlazando con Mourâo, y estimándose que, con su trazado, podría acortarse en unos 100 kilómetros la comunicación entre Sevilla y Lisboa. Ya en 1905 fue realizado el primer proyecto por el ingeniero Eduardo Castillo Lastrucci (hermano, por cierto, de Antonio, el escultor especializado en imaginería religiosa y al que, en Badajoz, debemos trabajos tan espectaculares como el paso del Descendimiento y el de Nuestra Señora de la Esperanza). Castillo Lastrucci no alcanzaba a comprender cómo a una «región tan rica y tan hermosa» no la cruzaba el ferrocarril. El subsuelo de la zona por la que discurriría el convoy -argumentaba-, es muy rico en minerales y otros productos de dudosa explotación si no se cuenta con una buena red de distribución tanto a la capital portuguesa como al puerto marítimo de Huelva.

En septiembre de 1923, el propio Primo de Rivera, tomó la idea con interés; pero de nada valieron sus buenas intenciones. Aunque las obras e infraestructura fueron construidas en más de un 75%, Villanueva del Fresno, pese a que tanto el camino de la vía como el propio edificio de la estación llegaron a terminarse, jamás vio cumplidas sus expectativas.

El tema volvió a reavivarse en los años 50 y 60 con idénticos resultados. Pasado holgadamente un siglo de incertidumbre e ilusión; perdida ya toda esperanza de que el tren discurriera por unos raíles inexistentes, y cansada de esperar la sala de espera de la estación, sus dependencias se han visto trasformadas recientemente en una preciosa y próspera industria hostelera. Desde los ventanales del vestíbulo y degustando una generosa ración de gurumelos, los clientes que hasta allí acuden miran hoy, sin ver y con nostalgia, el trazado de una vía de mentira, que podría haber sido ayer una estación de verdad.

La mediocridad, cuando no la apatía y desinterés de los últimos dirigentes ineptos y mentirosos que nos está tocando sufrir, unida a nuestra conformidad y escaso espíritu reivindicativo, hacen augurar que la realidad de un tren, no ya de alta velocidad, sino medianamente decente, va para largo. No nos engañemos: nos volverán a engañar. A veces pienso que, pese al tiempo transcurrido, Francisco Gregorio de Salas, el ilustre clérigo y poeta de Jaraicejo (Cáceres), que escribiera aquellas décimas que tanto nos duelen, sigue teniendo razón.