El trágico destino de Fran Fragoso

Francisco Javier Fragoso, alcalde de Badajoz desde 2013./HOY
Francisco Javier Fragoso, alcalde de Badajoz desde 2013. / HOY
Antonio Tinoco
ANTONIO TINOCO

ESCRIBO estas palabras desde mi aprecio por el alcalde de Badajoz, Francisco Javier Fragoso, al que conozco desde que era estudiante en la Facultad de Económicas y uno de los líderes de la asociación universitaria I+D y yo el periodista que hacía en este periódico la información de la UEx. Lo he tratado, por tanto, desde sus tiempos universitarios (hará de esto unos 25 años) y siempre he pensado que su actitud ante la política no se ha parecido a la de un arribista. Fragoso tiene preparación para ejercer de alcalde y creo, además, que hasta ahora lo ha hecho con prudencia y respeto al cargo. Por resumir, coincido con lo que de Fragoso decía en estas mismas páginas el exconcejal socialista Fernando Carmona el pasado marzo cuando en una entrevista de despedida con la periodista Rocío Romero -por cierto, inolvidable por lo inesperadamente sincera-, mostraba su desencanto por el discreto nivel de la política que se hacía en el Ayuntamiento de Badajoz y, desde la distancia ideológica, alababa la preparación y capacidad de Fragoso.

¿Por qué Fragoso ha tirado por la borda su patrimonio político? Dos hipótesis: por lealtad y por animadversión

Pero veo lo que está haciendo desde el pasado 26 de mayo y no doy crédito. Demasiadas cosas ahora que no casan con su manera de ser. El cambalache de esa alcaldía por relevos, como con la inteligente ironía que le caracteriza ha definido el periodista J. López-Lago el inaudito pacto de repartirse el bastón de mando con Ciudadanos, como si la Alcaldía de Badajoz fuera uno de esos apartamentos de la playa que se tienen en multipropiedad y que cambian de ocupantes cada poco. O esa hemorragia de liberaciones, asesores, secretarios, sin ton ni son, que ahora no vamos a tener más remedio que dedicar nuestros impuestos a sostener. Imagino a Fragoso firmando decretos a tutiplén, aprobando sueldos para puestos inventados, padrino de un bautizo que, como parte del festejo, va tirando chucherías al aire para que los niños que lo acompañan se arrojen al suelo a cogerlas. Ver al ahora manirroto Fragoso justificar lo que durante toda su vida política el orgullosamente austero Fragoso hubiera combatido por parecerle un despilfarro supone un desencanto personal. No entraba en mis cálculos que fuera precisamente él, uno de los más sólidos políticos del PP en la región, quien diera la razón a quienes sostienen que la política es un servicio que sólo se conjuga en modo reflexivo.

Cuando he preguntado por qué el alcalde de Badajoz, en apenas cinco semanas, ha tirado por la borda su patrimonio político de años me han ofrecido dos hipótesis y ambas apuntan al corazón: la incapacidad de soportar que Ricardo Cabezas sea alcalde, es decir, la animadversión; y la incapacidad para desobedecer a su partido aun a fuerza de traicionar su conciencia, es decir, la lealtad. Dos hipótesis para un solo destino en cualquier caso 'griegamente' trágico, porque de lo que ha hecho se deduce que, con independencia de si es en la pira de la animadversión o en la de la lealtad, Fragoso ha elegido inmolarse. Alguien de su experiencia no es posible que ignore que al menos en Badajoz tiene, aunque ahora mismo lo mida en años, los días contados.