Tiempo libre antes de los 65

Tiempo libre antes de los 65

Cuando Telefónica va a prejubilar a parte de su plantilla, cuatro extremeños cuentan cómo ha sido su experiencia en una situación similar

José M. Martín
JOSÉ M. MARTÍN

Jubilarse antes de llegar a los 65 o 67 años, dependiendo de los casos concretos, parece un horizonte deseable. Finalizar la vida profesional a una edad a la que, en condiciones normales, se llega en un buen estado de salud facilita ocupar el tiempo libre en aficiones y amplía el abanico de actividades que se pueden realizar para llenar los días.

Sin embargo, todo depende de las condiciones que se ofrezcan a los trabajadores para prejubilarse. «De qué sirve tener tiempo para viajar, si no tienes dinero para hacerlo», ejemplifica Elisa Blázquez, que se prejubiló hace ya diez años.

En ese sentido, cada caso es diferente e incontables los condicionantes. Pero, aunque la oferta sea interesante desde el punto de vista económico -Telefónica ofrece un 68% del sueldo a los trabajadores que se inscriban en el plan de prejubilación- siempre se presentan dudas que van más allá del salario y, por lo general, quienes se han prejubilado siempre citan otras motivaciones para aceptar el acuerdo.

Cómo emplear el tiempo, abandonar una rutina que puede resultar cómoda e, incluso, agradable, dejar de formar parte de un colectivo y perder la relación con los compañeros de trabajo o sentir que se deja de ser productivo son las principales cuestiones que se plantean los trabajadores. Es paradigmático que en muchos casos no se unen al primer plan de prejubilación que se les presenta y sí aceptan si con el paso de los años vuelven a tener una oportunidad similar.

del salario es lo que ofrece Telefónica a los empleados que se unan al plan de prejubilación, que se destina a los trabajadores que tengan 53 años o más.

Vicente Clemente, Banco Santander, 3 años jubilado «Me sentía desadaptado e incómodo en la banca actual»
Palma.

Lo realmente raro es que Vicente Clemente (65 años) tuviera tiempo para cultivar todos sus 'hobbies' mientras estaba trabajando. Se prejubiló hace tres años y medio en una de las últimas campañas de bajas incentivadas del Banco Santander y no resulta sencillo concretar una cita con él para charlar por teléfono debido a la apretada agenda que maneja.

En la misma semana que atiende a HOY ha participado en una rueda de prensa convocada en el Ayuntamiento de Plasencia para la presentación de un libro editado por la Sociedad Extremeña de Arqueología y Patrimonio y en un coloquio con el escritor Sánchez Adalid en el Parador de la misma ciudad, además está ensayando 'El Mesías', de Händel, que el coro Ars Nova -en el que aporta su voz de tenor desde hace casi tres décadas- interpretará en Badajoz junto a la Orquesta de Extremadura en Navidad. «En muchos casos lo que me falta es tiempo», comenta.

Mientras estaba en activo dedicaba tiempo al ciclismo de carretera -que sigue practicando-, al coro y a la mencionada sociedad, que se formó hace unos 20 años y que ahora ha pasado a presidir. En la actualidad también acude a clases de flamenco y tiene tiempo de ir al gimnasio diariamente. «En mi caso la prejubilación ha supuesto una continuación de todas mis aficiones, pero con más tiempo», reconoce este placentino, que también se ocupa de las tareas de casa, porque «mi mujer sigue trabajando», añade.

Sin embargo, no fueron sus aficiones el motivo que le llevó a aceptar la prejubilación. «Estaba en el sector de la banca, que ha cambiado mucho desde que yo empecé; la banca que yo conocía no tenía nada que ver con la actual y consideré que estaba un poco desfasado, no en cuanto a técnica ni a trabajo, pero sí en la forma de actuar; yo tenía otra mentalidad y consideré que era el mejor momento para dejarlo», explica Clemente, al que ya se le había propuesto esa misma posibilidad diez años antes. «Lo cierto es que ya no disfrutaba trabajando, las condiciones eran diferentes, y con mi carácter me sentía desadaptado a la forma de trabajar, porque yo venía de otra forma de la banca que era más cercana y la que me gustaba», remarca.

Es una persona tremendamente activa. Con la sociedad realizan viajes para conocer lugares y monumentos, también organizan coloquios en los que consiguen traer a expertos arqueólogos hasta Extremadura y programan actividades para dar a conocer el patrimonio de Plasencia. «Para mí ha sido fácil; soy una persona con muchas aficiones», indica, aunque afirma que también conoce a algunas personas en su misma situación que dicen que se aburren.

Él no se arrepiente de haber aceptado la prejubilación. Más allá, anima a la gente a que lo haga. «Las condiciones son diferentes en cada caso y habrá quien no pueda perder un porcentaje de su jubilación; pero, para los que puedan, creo que es lo mejor que se puede hacer».

Francisco Arroyo, Bayer, 12 años jubilado «No tuve dudas, estaba quemado del día a día»
Pakopí

Ni tuvo dudas ni ha echado de menos el trabajo -«si exceptuamos a mis compañeros», dice- ni ha tenido un momento en el que se haya arrepentido de aceptar la oferta de prejubilación que le pusieron sobre la mesa hace ya doce años.

Francisco Arroyo traza una gruesa línea para separar las cuatro décadas de vida profesional como visitador médico de los años que lleva sin trabajar. Ahora tiene 72, lo que quiere decir que se jubiló con 60. «Mientras estuve en activo vivía para trabajar y desde que lo dejé, no puedo decir que soy una persona diferente, pero sí que mi día a día ha cambiado totalmente y para mejor», comenta con total seguridad este pacense.

Aunque sus últimos días como trabajador los pasó en la multinacional Bayer, desempeñó la mayor parte de su carrera profesional en la farmacéutica Schering. En 2006 se fusionaron ambas compañías. «A los trabajadores de más edad nos propusieron la prejubilación y yo no me lo pensé mucho, estaba muy quemado», explica Arroyo, que rememora la cantidad de viajes realizados por toda Extremadura y los esfuerzos por cumplir con los objetivos que le marcaba la empresa.

También recuerda que las condiciones fueron mejorando en su sector desde que él empezó a trabajar. «Al principio pasaba muchas noches fuera de casa, salía de viaje el lunes y volvía el sábado e hice muchos desplazamientos en autobús con el muestrario; luego viajaba con mi propio coche, y finalmente ya tenía teléfono móvil y vehículo de empresa», apunta.

Las exigencias de su puesto de trabajo impidieron a este visitador médico cultivar sus aficiones durante su vida laboral. Todo cambió con la prejubilación. Desde entonces no ha parado. «Lo que más me gusta es leer, viajar, estudiar y mi huerto», confiesa, al mismo tiempo que reconoce que su filosofía de vida le lleva a probar en diversas actividades. «Hago las cosas durante el tiempo en el que me divierten, cuando se convierten en una obligación las dejo», afirma.

Siguendo esta máxima, se matriculó en Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, aunque no concluyó los estudios, pasó un tiempo cantando en los coros de la Universidad y de Las Vaguadas, aprendió portugués en la Escuela Oficial de Idiomas, ha dado clases de guitarra y lleva cinco años en la Universidad de Mayores. «Ahora me he matriculado en Historia del Arte por la Uned, llevo un año y me gusta, pero me está costando mucho», asegura.

Además, ejerce como guía voluntario en el Museo Arqueológico de Badajoz y dedica buena parte de su tiempo al jardín que rodea su casa y al huerto en el que cultiva diversos productos. «En una casa como esta no falta nunca el trabajo», ríe.

Gracias a los viajes del Imserso ha pasado periodos de vacaciones en varias ciudades españolas, aunque también sale del país. El año pasado estuvo en Jordania y en noviembre tiene previsto ir Egipto, un destino que siempre ha tenido en la mente.

Elisa Blázquez, RTVE, 10 años jubilada «Fue difícil, creía que estaba en mi mejor momento»
Jorge Rey

Una década lleva prejubilada Elisa Blázquez. A finales de 2009, a los 52 años de edad, dejó de acudir a su puesto de trabajo en el centro territorial de Televisión Española (TVE) de Cáceres.

Dos años antes ya sabía cuál sería su último día pegada a la actualidad diaria, porque firmó el acuerdo con el ente público con mucha antelación. Eso hizo que el proceso fuese un poco más duro. «Durante mi último año de trabajo me levantaba por las mañanas y me daba pena porque pensaba que al año siguiente en esas fechas ya no tendría que ir a trabajar», reconoce Blázquez, que a renglón seguido puntualiza: «Ahora te puedo decir que no me ha dado pena ningún día», ríe.

Sin aportar datos, afirma que las condiciones económicas que le ofrecieron eran extraordinarias. «Un caramelo», define. Pese a ello, le costó mucho dar el paso. «Consideraba que estaba en una buena situación profesional; no solo tenía una buena agenda, si no que la gente a la que llamaba me respondía al teléfono, por lo que era capaz de trabajar con eficiencia y con buenos resultados», expone esta periodista, que tuvo que enfrentarse a la sensación de dejar de ser productiva para la sociedad.

Sus dudas no se resolvieron solo desde el punto de vista económico. «Hubo dos circunstancias personales que me ayudaron a decidirme; si no hubiese sido así no sé qué hubiera hecho, porque mi trabajo me gustaba mucho y creía que estaba en mi mejor momento», declara.

Ahora, cuando mira al pasado se da cuenta de que hay otras muchas maneras de seguir aportando a la sociedad. En este sentido, la vertiente solidaria es una de las mejores formas que Blázquez ha encontrado para hacerlo. «Participo en la Plataforma de Mujeres por la Igualdad y también en la Plataforma de Refugiados de Cáceres», señala.

El gusanillo del periodismo lo mata escribiendo artículos de opinión para una revista digital, en la que también hace algún reportaje, sobre temas que le interesan. No se tiene que ajustar a los plazos que marca la actualidad diaria, de la que se distanció al dejar de trabajar. «Al principio tuve una desconexión casi total, a lo que ayudó que nada más jubilarme me fuese a Canarias, donde vivía mi padre, que estaba enfermo; pasé con él sus últimos meses, algo que no pude hacer con mi madre, y me sirvió de cura de humildad, porque te das cuenta qué cosas son verdaderamente importantes», asegura Blázquez.

Ese distanciamiento de la inmediatez con la que se trabaja en el periodismo ha hecho que ahora vea la profesión con otros ojos. «Me he vuelto mucho más crítica con la forma de trabajar; es algo que no detectas cuando estás dentro y ahora me parece que se pueden hacer las cosas de manera diferente, que es lo que trato de hacer con mis colaboraciones», en palabras de Blázquez, que también ha escrito una novela, 'La mujer que se casó consigo misma', «que ha funcionado muy bien, se ha agotado».

Alfonso Callejo Banc, BBVA, 4 años jubilado «Es importante llenar el día a día con aficiones»
Lorenzo Cordero

Como algo esperado en su sector define Alfonso Callejo la oferta de la prejubilación. Tras 37 años trabajando en banca no tuvo dudas a la hora de aceptar las condiciones que le planteó BBVA para dejar atrás su actividad profesional.

Fue hace cuatro años cuando le llegó la oportunidad. «En la mayoría de los casos se suele hacer a una edad en la que uno ya está un poco machacado; la gente lo desconoce, pero la banca es un sector muy estresante y con mucha presión, sobre todo en el área comercial», declara Callejo, que a los 57 años pudo olvidarse de los objetivos por cumplir, las horas extra y las reuniones a deshora. «Como las condiciones de la prejubilación no son malas, lo normal es que las personas de mi edad las acepten y así pasar los últimos años de la vida laboral de una manera más tranquila imposible», destaca.

Los cambios en su sector, que se ha tecnificado mucho y en el que los nuevos objetivos pasan por que los clientes vayan lo menos posible a las oficinas, también ayudaron a que él, como otros empleados más veteranos, se sintiera menos cómodo en su trabajo. «Éramos una banca familiar, que se conocía a toda la clientela, y los avances nos han cogido a una edad avanzada en la que se encajan peor los cambios tecnológicos», dice.

En su caso, no dispuso de mucho tiempo para pensar cómo sería su nueva vida, porque apenas pasaron dos semanas desde que se le ofreció el acuerdo hasta que dejó de trabajar. «Los primeros dos meses estás como de vacaciones, pero cuando va pasando el tiempo empiezas a ver la vida de otra manera sabiendo que no vas a tener la obligación que has tenido durante tanto tiempo», declara.

A la hora de adaptarse a su nueva situación, este antiguo empleado de banca reconoce que no fue un proceso ni mucho menos traumático. Sí cree que, antes de llegar a la prejubilación, es esencial que las personas cuenten con unas perspectivas claras de lo que quieren hacer y tengan unas aficiones, que a ser posible hayan compaginado con su empleo.

Pero aunque eso no exista, Callejo considera que cualquier persona puede disfrutar de la prejubilación. «Los compañeros que no han tenido una actividad paralela a su desempeño profesional suelen buscársela después; para ello hay asociaciones culturales y deportivas que pueden ayudar a llenar el día a día con aficiones, que es importante», aporta.

Él lo hace con la lectura, la escritura -es colaborador de HOY- y el senderismo. «También me gusta mucho el campo», dice horas antes de desplazarse a la zona de Moraleja para recoger las aceitunas de verdeo en un terreno de su propiedad. «Me ocupo del jardín de casa», añade Callejo, que siempre ha tenido un inclinación hacia temas culturales y ha estado colaborando con el Ateneo de Cáceres, entre otras entidades. «Eso no quita para que sienta algo de nostalgia cuando acudo a mi antigua oficina», reconoce.