Taurofilia

Taurofilia
SALVADOR CALVO MUÑOZ

MEdice el chico 'urdu' que me prepara el kebab: «¿Te gustan los toros?». Le contesto: «Mucho». Y sigue: «Eso es maltrato animal ¿no crees?». Le digo: «¿Ah, sí? Entonces la ternera y el pollo del kebab mixto que me estás preparando se morirían enfermos ¿no?». No sabe por dónde voy y no me molesto en darle más explicaciones. Aclaremos: El chico es un paquistaní de un lugar cercano a Islamabad; su lengua madre es el 'urdu'; lleva varios años en España y habla español perfectamente. Me dice luego que en su instituto le hablan mucho del maltrato animal; e incluyen a las corridas en el susodicho maltrato.

Aclaro ahora por qué le contesté «mucho». No es que me gusten las corridas; es que me gustan hasta las plazas vacías, los burladeros y el portón de los sustos. Ni qué decir tiene que me encantaban los toros de mi pueblo, aquellos de talanqueras, tablaos, rehiletes y garrochas. Lo del toro no es fácil explicarlo. Dudo de que lo haga con la precisión y la diafanidad propicias.

Sánchez Dragó lo explicó bastante bien en aquel 'Gárgoris y Habidis' que leímos hace ya los quirios. El atavismo taurófilo viene de la noche de los tiempos; le pasa como (aquí me meto en otro bohonal) a la caza: el que la siente, la siente y ya pueden darle vueltas, razonamientos y aleluyas contrarias.

Pero hay algo más, algo que nos fascina y embebe: los toros en la dehesa ¿Qué siente uno mirando una raña encinada en la que pacen y deambulan unos animales tan bellos y de mirada inquietante? Nunca sentí adrenalina tan intensa como en aquella ocasión en la que, sin darme cuenta me metí, buscando la caza, en una finca con toros bravos; en 'Las Tiesas', la que tiene Vitorino, ahí cerca de Portezuelo. Cuál sería mi pánico cuando vi que a cincuenta pasos tenía un grupo de seis o siete torazos que pastaban tranquilamente. Levantaron la cabeza, me miraron y no se dignaron tomarla conmigo. Cuando me sentí a salvo, me sequé el sudor de la angustia que me atenazaba la garganta.

Por gustar me gustaban los desenjaules a los que asistí en la plaza de Salamanca. De joven corrí por las calles de Coria a tontas y a locas, y en los toros de mi pueblo, en cuanto tuve estatura, los veía desde la talanquera para sentir los bufidos del toro cuando pasaba a medio metro. Uno cree que su devoción por el tótem ibérico es asunto de cariz genético ¿No tendrá algo que ver que mis antepasados paternos nacieron y respiraron los efluvios del campo charro? Mis genes, parte de ellos, provienen de algún lugar entre Ledesma y Vitigudino. Algo tendrá eso que ver con esta devoción inexorable.

¿Por qué tantas dificultades, en algunas ciudades de rancia tradición torera, para la celebración de corridas en los días feriados? Sin duda influye esa subrepticia campaña antitaurina que se extiende, como la yedra, por despachos, aulas, diarios y recovecos sociales. ¿Que crece? ¡Que crezca! Llegara el tiempo en que los contrarios acabarán con los toros, se prohibirán las corridas, se desmoronarán los cosos taurinos; pero desaparecerá también el toro bravo, el tótem de Iberia, el perfil especialísimo de las dehesas del occidente peninsular.

Las seis de la tarde. Clarines. Se abrió el portón y salió un morlaco de más de quinientos kilos lanzando llamaradas en sus ojos y con dos alfanjes en la testuz. Corrió el pánico por los burladeros y las gradas. El hombre era Rivera Ordóñez, en un arranque de valor, apretó los dientes y le plantó cara. ¿Cómo olvidar esos gestos? Taurofilia.